Así es que si el esposo encuentra mala esposa, si la mujer encuentra un mal marido, no es casual, sino sabiamente ordenado; si un padre bueno tiene hijos malos, no es castigo, sino el resultado de una ley justa, por eso, el espiritista que sabe todas estas cosas y muchas más, no debe tomar la vida como paraje de recreo, sino como una sucesión de hechos que le herirán hasta en lo más íntimo de su alma, que le harán sufrir, que le causarán sufrimientos y lágrimas, pero el espiritista debe ser fuerte, animoso, compasivo, abnegado, caritativo para todos y muy en particular para los defectos de sus hijos, depósitos sagrados que el Padre le hace para que sea su protector y guía, a fin de hacerles dar un paso, en caso de no poder hacer más.
Todo espiritista debe proceder con mucho cuidado en la misión de padre, sin dejarse arrastrar nunca, ni por una atracción desconocida en su causa para unos, ni por la frialdad que puede sentir por otros; la justicia y el deber deben ser el regularizador de esas afecciones o repulsiones secretas que siente el alma.
Ya hemos dicho que un hijo nuestro puede ser un gran enemigo de otras existencias, como un amigo cariñoso, y no hay duda que, dentro de los secretos de nuestra alma, resuenan aún las impresiones de lo pasado; por eso el Espiritismo es tan eficaz para hacernos progresar, porque su última solución es amar, amar y amar.
Amar al que nos quiere, al que nos odia, al que nos protege, al que nos persigue, al que nos hace el bien, al que nos quiere mal; y este mandamiento, que es ley practicarlo entre la humanidad, lo es aún más practicarlo entre su familia.
El espiritista que su ley y su práctica sea el amor, no verá tinieblas, su vida se deslizará con la mayor paz posible en la Tierra, y después alcanzará la felicidad.
Si el espiritista, en lugar de tener esposa e hijos, tiene aún padres, no debe olvidar el deber de tenerles toda clase de respeto, cariño y amor; considerar que han sido los representantes de la Providencia en la Tierra para él, y está obligado a darles paz, consuelo, protección, amparo; está obligado como hijo, a hacer por sus padres lo que ellos hayan hecho por él, y si sus padres no se le hubiesen portado bien, no está menos obligado, porque, en este caso, ellos pertenecerían al orden de espíritus inferiores y el espiritista debe ser el ejemplo constante de virtud y abnegación, para que aprendan los que aún no sabían o no han sabido cumplir con sus deberes.
En resumen: creemos que el espiritista, en todas las situaciones de la vida, ha de cumplir como buen hijo, como buen esposo, como buen padre, como buen hermano y como buen ciudadano; así, siendo práctico en la ley divina, cuyo sentido práctico está en la ley proclamada y practicada por el Señor y Maestro, será luz que iluminará a los que estén a su alrededor, será mensajero de paz y de amor entre todos, y llevará la paz de las moradas de luz entre los hombres de la Tierra.