En unos pocos siglos, las religiones, las razas, todos los pueblos que forman la humanidad terrestre, se unirán por los lazos de una estrecha solidaridad y un profundo afecto y avanzarán de progreso en progreso hasta conseguir que este planeta sea un mundo solidario, de paz y felicidad. Así se cumplirán estas divinas y grandiosas palabras: “No quiero la muerte del pecador, quiero su transformación”.
Nada impide a los católicos concebir los sufrimientos purificadores del alma, como una consecuencia de sus vidas posteriores; para aceptar la realidad de las vidas sucesivas, debe introducirla en sus creencias religiosas.
Los primeros cristianos sabían esto y lo practicaban. La Iglesia suprimió esta verdad, pues ella hubiese tenido como consecuencia la confirmación de la pluralidad de existencias del Espíritu, produciendo la ruina de la institución de las indulgencias, generadora de grandes provechos para los pontífices romanos.
Nos dice Pablo apóstol: “Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad”. (S. Pablo l, Timoteo 2:3 y 4)
Satanás es una alegoría, es el símbolo del mal. Pero el mal es un estado transitorio de los seres en proceso de evolución.
En el Universo no existe ninguna imperfección. La Creación Divina es armónica y perfecta. El ser humano, en su vida presente, sólo es la planta de un hermoso árbol que tiene que crecer para dar buenos frutos. Para tener una idea exacta de la evolución de su Espíritu, tendría que tener el conocimiento necesario, para medir la cadena de los mundos que aún tiene que recorrer y la sucesión de existencias que le esperan a lo largo de los siglos venideros. Este grandioso conjunto escapa a sus concesiones, y de ahí nacen sus dudas y la errónea interpretación de sus juicios.
Siempre que nos enfrentamos a una desgracia que nos produce dolor o sufrimiento, decimos que el mal nos persigue; pero es necesario comprender que el mal lo creamos nosotros y después sufrimos sus consecuencias, pues éste nos enseña a diferenciar y analizar sus sensaciones.
Por el sufrimiento, el alma llega a su pleno esplendor, a la total conciencia de sí misma. El dolor rompe la cadena de las fatalidades materiales y derrama sobre el Espíritu un resplandor que le deja entrever la vida superior.
El Espíritu empieza su evolución en lo más bajo de la escala animal, el hombre, el ser pensante, ignorante al comienzo de su evolución, tiene que desarrollar su inteligencia con su actividad y esfuerzo continuo. Tiene que luchar con la Naturaleza para sobrevivir en un ambiente difícil, y a lo largo de esta lucha se fortalece su energía y su Ser moral se afirma y engrandece. Gracias a esta lucha se realiza el progreso y la elevación de la humanidad, subiendo de etapa en etapa, hacia un estado mejor de elevación.
Así podemos comprobar, que bajo el látigo de la necesidad, bajo el sufrimiento de la pobreza y del dolor, el hombre marcha, progresa, se eleva y de vida en vida, de escalón en escalón llega a conseguir finalmente su redención espiritual.
El mal físico es la consecuencia del mal espiritual, es también un aspecto pasajero, una forma transitoria de la vida universal. El ser humano comete el mal por ignorancia, por debilidad, y sufre las consecuencias de sus actos; pero del mal y del dolor un día brota la felicidad y la virtud.
Cuando el alma haya vencido las influencias materiales, será para ella como si el mal jamás hubiese existido. El alma humana busca su camino entre las sombras; se esfuerza por afirmarse en su personalidad creciente y después de muchas luchas, caídas y nuevos intentos, domina sus vicios y consigue la fuerza moral para seguir el nuevo camino, en el camino de la verdad y de la vida que nos enseñó nuestro Amado Jesús.
El mal aún no está extinguido en el mundo, la lucha no ha terminado. Los vicios y las pasiones aún están latentes en la mente de nuestro Espíritu. La lucha es a veces necesaria para arrancar al hombre de su entorpecimiento y de sus goces groseros, tan comunes en un mundo tan materializado como el nuestro.
La humanidad continuará en su marcha ascendente conquistando nuevos valores. El Espíritu moderno se liberará de las preocupaciones o prejuicios del pasado; y del choque de estas pasiones surgirá un nuevo ideal, una forma más elevada de la justicia sobre la cual moderará la humanidad sus instituciones.
El Espiritismo, la nueva Revelación, enseña al ser humano a conocerse y a conocer la naturaleza del alma y su destino. Con este conocimiento, el hombre moderno siente aumentar en sí mismo la conciencia de sus deberes y su valor. Esclareciendo su mente comprende el poder que tiene sobre el mundo de la materia y sobre el mundo de los espíritus.
Todas las incoherencias, todas las aparentes contradicciones de la obra divina quedarán explicadas para él. Todo lo que él entiende como un mal físico o moral, todo lo que él considera la negación de lo bueno y de lo justo, comprenderá que está dentro de la obra divina, fuerte y poderosa, con la armonía de sus leyes sabias y profundas.
Se disipará en sueños espantosos de la condenación con la terrible figura de Satán. Es entonces cuando el hombre que sólo es un Espíritu encarnado comprenderá que la salvación depende sólo de nosotros, de nuestra conducta y nuestro comportamiento.
Dios en su infinita Bondad, siempre nos da una nueva oportunidad para rectificar el mal que hemos hecho, y nuestro inevitable destino es alcanzar nuestra elevación espiritual.