No se pueden explicar de una manera sencilla, clara y racional todos los dogmas del catolicismo, que tienen su origen en la doctrina enseñada en los primeros siglos, y que hoy es difícil comprender su verdadero sentido. Sabemos que los dogmas modernos, sólo son el producto de la desmedida ambición sacerdotal; y sólo han sido promulgados para ser más completa la esclavitud de sus fieles.
Hoy con la llegada del Espiritismo, las leyes superiores y el destino del alma, son revelados por las voces de los espíritus que habitan en el Espacio y gozan de la vida espiritual que será la nuestra también después de la muerte.
Esta doctrina reveladora, servirá de base para las creencias del porvenir, pues demuestra sin ninguna duda la existencia del Mundo Espiritual, al cual aspira el alma y que las religiones han presentado siempre bajo formas incompletas, quiméricas y dudosas.
Hoy la inteligencia humana ha conseguido lograr un mayor desarrollo, pero la intransigencia sacerdotal se manifiesta aún en nuestros días con esos ritos bajo los cuales la idea de Dios se oscurece; con ese ceremonial pomposo cuyo lujo y esplendor cautivan los sentidos y apartan el pensamiento del elevado fin que debe perseguir.
Si la doctrina de Jesús fuese explicada y enseñada por unos sacerdotes que en realidad la practicaran, sería entonces mejor comprendida, sería amada y practicada, volviendo a la sencillez y sinceridad primitiva, ejerciendo una acción eficaz sobre los hombres y mujeres.
Así como lo están haciendo apartan al hombre del estudio profundo y de la reflexión, con el fin de desarrollar en él la vida contemplativa. Las oraciones largas y el brillante ceremonial ocupan sus sentidos, mantienen la ilusión y se acostumbran a no pensar.
Todos los rituales de la Iglesia Romana son calcados de las religiones del pasado: sus ceremonias, sus vasos de oro o plata, sus cánticos, sus procesiones y el agua lustral son una herencia del paganismo.
Del Brahmanismo se ha tomado el altar, el fuego sagrado que en él arde, el pan y el licor que el sacerdote consagra a la divinidad.
Del budismo ha tomado el celibato de los clérigos y la jerarquía sacerdotal.
La casulla fue una imitación de la utilizada por los sacerdotes del Sol; la sotana negra fue una copia de la que llevaban los oficiantes de sacrificios de la religión mazdea; la casulla dorada era usada en los templos egipcios; la mitra tuvo su origen en el culto de los magos de Caldea, y la cruz entre los augures romanos.
En todas partes se injertó un culto nuevo sobre el antiguo, que bajo otros nombres no fue más que una reproducción del anterior. Sólo la Iglesia Católica se mantiene aferrada a sus viejos dogmas, superados y desmentidos por la ciencia de hoy.
Los autores de los Evangelios, seguramente, no habían previsto ni los dogmas, ni el culto, ni el sacerdocio. Jesús nunca manifestó ninguna inclinación sobre el Espíritu sacerdotal, nadie ha estado más alejado de las formas y de las prácticas exteriores.
Todo en Él es sentimiento, elevación de las ideas, pureza de corazón y sencillez. Los que se dicen sucesores de Él, han ignorado sus intenciones y sus ideales; dejándose dominar por los intereses materiales, y han sobrecargado a la religión católica con un aparato pomposo bajo el cual ha quedado sofocada la verdadera idea cristiana.
Los papas se hacen llamar su santidad y se dejan incensar.
Se han olvidado de las palabras de Jesús :“Pero vosotros no queréis que os llamen Rabí, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo y todos vosotros sois hermanos”. (Mateo 23: 8).
Es lamentable que después del progreso que la humanidad tiene alcanzado, aún nada sepa sobre su porvenir, nada de la suerte que le espera al final de su vida. Es muy débil la fe que se tiene en la inmortalidad, aún en aquellos que se llaman cristianos; a veces, sus esperanzas vacilan bajo el soplo helado de la duda, por falta de pruebas y convencimiento, porque la fe ciega es poco convincente.
El obispo y el Sacerdote tienen conocimiento de esta realidad, pero no tienen argumentos para convencer a sus fieles porque ellos mismos son víctimas de la duda; ellos conocen su debilidad y que están sometidos a su ignorancia, lo mismo que aquellos a quienes tienen la pretensión de dirigir y si no fuese por no comprometer su situación material y su propia dignidad, reconocerían su equivocación, impuesta por su iglesia, y dejarían de ser ciegos guiando a otros ciegos, porque no saben nada de la vida futura ni de sus verdaderas leyes, y se atreven a hacer de conductores de los demás, es el ciego que citan en los Evangelios: “Y si un ciego guiase a otro ciego, ambos caerían en el hoyo”. (Mateo 15:14).
Las sombras han invadido el Santuario. No hay un obispo que explique algo sobre las condiciones de vida en el más allá; una realidad que no se puede ocultar más.
Los Espíritus se manifiestan por todas partes, nos revelan la existencia de un mundo que la Iglesia Romana se empeña en negar, y dentro de ella reina la duda, la indiferencia y la incredulidad. Esta situación ya afecta al ciudadano común que se deja influenciar por un sentimiento de incredulidad.
El ideal cristiano, tan manipulado y falseado, ha perdido su influencia sobre el pueblo, y la vida moral se ha debilitado. La sociedad, ignorante del verdadero objetivo de su existencia, se arroja sin miramientos a la conquista de los goces materiales.
Ha empezado un periodo de desorden y de descomposición, periodo que conducirá a la negación total de todos los principios evangélicos.