Ante esta grave situación el Mundo Espiritual se moviliza y revela un nuevo ideal; el Espiritismo que con su evidencia puede desvelar todos los misterios, iluminar las conciencias, consolar a los afligidos y reunir a todas las criaturas en una sola creencia: la fraternidad, el amor y la tolerancia; en un mundo de paz y armonía, respetando los derechos y creencias de cada pueblo.
Durante más de mil años la Iglesia ha dominado a su gusto al ser humano, ha modelado su alma, la sociedad entera ha seguido sus normas. Todos los poderes han estado en sus manos, la autoridad dependía de ella. Disponía con entera libertad de los espíritus y de los cuerpos, reinaba por la palabra y por el libro, por el hierro y por el fuego. Era soberana absoluta en el mundo cristiano. Ningún poder jamás ha sido superior al de ella.
Pues bien, ¿qué ha hecho de esta sociedad que es obra de ella?. Los abusos, los excesos, los errores del sacerdocio han engendrado la duda; la imposibilidad de creer en los dogmas por ella creados es lo que ha llevado a esta humanidad a la duda y a la negación.
La enseñanza de la Iglesia no ha conseguido satisfacer a las inteligencias ni a las conciencias.
Sus seguidores se adaptan a ella porque es fácil y cómoda, pero en el fondo no hay fe, no hay convencimiento, porque sus manifestaciones son exteriores y materiales; la pureza del Cristianismo ha sido sustituida por unos dogmas infantiles y fantasiosos que han perturbado la mente de algunos e introducido la duda en otros.
Esto sucede porque los obispos viven en las riquezas de sus palacios, intervienen en la política y en los negocios; con su comportamiento ellos mismos desmienten todo lo que dicen que enseñan.
Con sus principios la Iglesia ha instituido un reino en este mundo, todo lo contrario de lo que Jesús le dijo a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo”.
Para ser verdaderos cristianos deberían renunciar a este reino convirtiéndose, a semejanza de Cristo, en sublimes misioneros enseñando a sus adeptos el verdadero Evangelio de paz y de amor, entonces, la humanidad creería en ellos y la Iglesia Romana sería cristiana.
Pero La Iglesia no está interesada en cumplir y seguir estos enseñamientos evangélicos. El Espíritu de Cristo parece abandonarla cada día más. Ya casi no queda en ella más que una forma exterior, una apariencia bajo la cual sólo se encuentra el cadáver de una gran idea.
Las iglesias cristianas sólo se mantienen por lo poco que les queda de la moral evangélica. La concesión que tienen del mundo, de la vida y del destino no es más que letra muerta.¿Qué se puede decir de una doctrina que aún mantiene la teoría de que el único medio de volver a la vida es cuando resucite el cuerpo muerto? Esto no se puede calificar ni como un sueño infantil.
La Iglesia Católica Romana, desde sus principios utilizó el nombre de Dios para conseguir sus fines, para convertirse en el estado más poderoso del mundo, sin reparar en los medios que tenía que utilizar para conseguir su objetivo.
No es esto lo que enseñaba Jesús cuando hablaba del Padre, cuando afirmaba que el único, el verdadero principio del Cristianismo; es el amor, el perdón, la caridad y la fraternidad universal.
Si estos preceptos evangélicos hubiesen prevalecido en la Iglesia, el Cristianismo estaría en el apogeo de su poder y de su gloria. Por esta razón es necesario volver a las puras enseñanzas de Cristo que en realidad es la verdadera Religión Universal, necesaria para esta desengañada humanidad. La religión del miedo, de la amenaza, del castigo y de la intolerancia, tiene que renovarse o morir.
Los principios verdaderos y la base real del Cristianismo, son: la justicia, el perdón, la misericordia y el amor.
José Aniorte Alcaraz