Amalia Domingo Soler

NO TODOS LOS QUE ANDAN VIVEN

Imagen de una flor de loto
Foto de Amalia Domingo Soler

Son muchos los seres que cruzan la tierra sin haber vivido un solo segundo, (metafóricamente hablando) porque para nosotros no es vivir el satisfacer únicamente las necesidades materiales, que otro alimento necesita el alma, más nutritivo aunque es más impalpable.

Hace diez años que conocimos a una niña que entonces tendría seis primaveras; sin saber porqué, nos inspiró profunda simpatía; vivía en el piso bajo de nuestra casa y continuamente oíamos su vocecita, cantando como los pajarillos que anidaban en un viejo ciprés de un jardín contiguo al nuestro, ya lanzando lastimeros ayes y conmovedores gemidos.

En honor de la verdad, era más el tiempo que empleaba en llorar que el que se ocupaba en reír; he aquí la razón porqué siempre que la veíamos le hacíamos una caricia y mirábamos largo rato su melancólico semblante.

De constitución endeble, casi raquítica, su cuerpecito enflaquecido apenas lo cubría un vestidillo de percal hecho jirones, sus cabellos rubios siempre estaban enmarañados, su carita blanca y pálida rara vez dejaba al descubierto la tersura de su cutis puesto que nadie se ocupaba en lavarla ni en cuidar de su aseo.

¿Era huérfana?

Quisiera Dios que lo hubiese sido, porque quizá no se hubiera visto tan desamparada.

Tenía madre, pero ésta no cuidaba de su hija; frívola y mal inclinada pensaba en otras afecciones, deshonrando la memoria de su marido que no fue digno de que así olvidaran sus excelentes cualidades, su inocente hija no consiguió conmover el corazón de su madre, ésta no cuidaba de ella más que para golpearla brutalmente; y la infeliz Pepeta si quería satisfacer el hambre tenía que decirlo a los vecinos para que le dieran un poquito de pan.

¡Pobrecita!.

Qué lástima nos inspiraba cuando la veíamos sentada al pie de un árbol llorando con el mayor desconsuelo después de haber recibido una gran paliza, o temblando que viniera su madre y se encontrara que había roto un plato o que había perdido alguna moneda de las que le daba para comprar, pues a pesar de su corta edad le hacía desempeñar el trabajo de una mujer, yendo a la compra y fregando los platos los que casi siempre lavaba con sus lágrimas.

Para Pepeta no había días de fiesta; jamás la vimos peinada y arreglada como las demás niñas de la vecindad.

Cuando no la necesitaba, su madre la dejaba ir a la calle donde muchas veces la vimos sentadita en el umbral de su casa sin tomar parte en los juegos de sus compañeras; parecía como si la infeliz se avergonzara de verse tan sucia entre las demás niñas, que todas aunque pobremente vestidas iban bien peinadas y en comparación de Pepeta parecían grandes duquesas; porque la limpieza es el mejor adorno en la niña, en la joven y en la anciana.

Pepeta, como todo ser desgraciado, era cariñosa y ofrecida, siempre estaba dispuesta para hacer mandados a todas las vecinas de la calle, y más de una vez tuvimos ocasión de hablar con ella sondeando su pensamiento.

Era un espíritu reservado y bueno a pesar que de su madre no recibía más que malos tratos, cuando pedía pan siempre añadía que si tenía hambre era porque su madre no tenía dinero para comprar; no carecía de inteligencia, que bien cultivada hubiera dado sazonados frutos, pero del modo que crecía Pepeta sólo le sirvió para comprender que su madre tenía amores ilícitos, y que tenía que obedecer las órdenes de un hombre que en medio de todo era más humano con ella que su madre.

Siempre que la veíamos andando por el jardín de su casa decíamos con profunda tristeza:

¡Qué porvenir le espera a esta pobre criatura una melancolía, una mancebía en su juventud y un hospital para morir!

¿Qué ha visto en su infancia?

La prostitución de su madre, ¿Qué educación ha recibido?

Ninguna, ella ignora todo lo bueno y en cambio sabe todo lo malo; para ella su madre no ha tenido besos ni halagos, siempre la ha llamado con los más repugnantes apóstrofes, ¿Para qué habrá venido esta infeliz a la Tierra?

Su destino es horrible, ante sí no tenía más que el caos, si se muriera ganaría ciento por uno, pero no murió ¡No!

A pesar de su tisis hereditaria Pepeta resistía las mayores privaciones.

Su madre cambió de casa y dejé de verla.

Pasaron tres o cuatro años cuando un día vino a vernos Pepeta completamente transfigurada; sus rubios cabellos estaban cuidadosamente peinados, llevando un vestido de percal de color rosa pálido, limpio y arreglado, estando su rostro mucho más risueño.

Nos dijo que su madre se había casado y que vivían con mucha más abundancia.

¡Cuánto nos alegramos por ello!

Porque queríamos mucho a Pepeta sin explicarnos la causa, pero lo cierto es que llorábamos con su dolor y reíamos con su alegría.

Le encargamos que viniera a vernos, pero no volvió más; siempre que teníamos ocasión preguntábamos por ella, y supimos que la desgracia era su inseparable compañera.

El marido de su madre vivía con desahogo ahogando a los demás ya que robaba cuanto podía, y esto le proporcionó a Pepeta ver otras facetas del vicio y volver a la mayor miseria cuando la justicia cumplió con su deber.

Su madre murió en el hospital y ella entró en una casa de niñera, de allí pasó a una casa de mancebía, y después de esa horrible enfermedad que diezma de continuo a las rameras, murió en el hospital, cuando diecisiete primaveras aún no le habían ofrecido el perfume de sus flores.

Hace pocos días que nos dieron la noticia de su muerte, y aunque su modo de morir no nos ha sorprendido, porque era lógico que así muriera la que había vivido sin vivir, a pesar de eso nos impresionó tristemente su muerte.

¡Pobre Pepeta!

¡Qué existencia tan improductiva ha sido la suya!

Si era un espíritu estacionado en el vicio, en esta encarnación ha permanecido en su miserable centro, ¡Qué destino tan triste fue el suyo!

¡Nadie la amó… ni aún su madre!… quizá seamos nosotros los únicos que dediquemos un recuerdo a su memoria.

¡Qué profunda tristeza nos embarga!

Desde que hemos sabido el desenlace de la historia de aquella niña que tanta compasión nos inspiraba, nos parece que no estamos solos, y aunque no tenemos mediumnidad vidente, sin embargo tenemos la completa certidumbre que un Espíritu está muy cerca de nosotros.

¿Será quizá el de la pobre Pepeta?

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