Amalia Domingo Soler

NO TODOS LOS QUE ANDAN VIVEN

Imagen de una flor de loto

¡No! Nos dice un ser de ultratumba, es otro Espíritu que hace algún tiempo te rodea. pero tú no te dabas cuenta de su melancólica influencia hasta que las circunstancias me han favorecido y se ha llegado a verificar lo que yo más deseaba, que era ponerme en relación contigo, porque siempre te he querido, siempre te he guardado un recuerdo de inmensa gratitud.

Te quedas meditabunda preguntando a tu mente quién será el Espíritu que hoy se comunica contigo.

Yo te ayudaré en tus pesquisas para que más pronto me encuentres.

Lo primero que has de hacer es retroceder en la penosa marcha de tu vida, más de veinte años atrás, cuando estabas en lo más fuerte de tu expiación, cuando te encontrabas en una gran ciudad y cruzabas sus calles, pensando en una tumba que guardaba los restos de tu madre, cuando no creías en nada, cuando al dejarte caer en tu lecho rendida por el trabajo de doce o catorce horas pensabas en los medios de poner fin a tu existencia, cuando mirabas en torno tuyo y no encontrabas un ser amigo, cuando no sabías resignarte con tu infortunio y renegabas de tu adversa suerte:

cuando mirabas a los muertos con dolorosa envidia, entonces me conociste, ¿No te acuerdas?

Tú llegaste a mi morada rendida de cansancio.

Habías sufrido una de esas crisis horribles, una de esas sacudidas que dejan la mente fatigada y el cuerpo extenuado; cuando entraste donde yo habitaba, no me viste, porque en aquellos instantes mirabas sin ver, y te entregaste al descanso perdiendo la conciencia del tiempo, puesto que al levantarte al medio día creías buenamente que habías dormido toda una noche.

Al sentarte en la mesa fue cuando reparaste en mí, me miraste con dulzura y preguntaste a una de mis parientas, si yo también era de la familia.

Comprendiste desde luego que yo era la cenicienta de la casa, y desde aquel día tuve en ti una protectora pues aunque entonces estaba muy desvalida me protegió tu cariño, las caricias que me prodigabas cuando nadie nos veían, después de haber sido yo víctima de algún castigo brutal me daban la vida.

Ya habrás comprendido que soy aquella pobre niña llamada Rafaela: ¿Te acuerdas?

¡Si! Ya me recuerdas, ya ves en tu mente mi feo semblante, mi pequeña estatura, mi cuerpo enflaquecido, mis incorrectas facciones, mi cabello negro y espeso cortado sin el menor gusto artístico, mi humilde traje, mi sonrisa picaresca y triste a la vez, todo esto contemplas en tu imaginación, ¿No es verdad?

Mira si tengo razón al decir que me conociste cuando eras muy desgraciada.

Yo también lo era, por eso nuestras almas se entendieron, y aunque era distinta nuestra edad y educación, el dolor acorta las distancias por eso al sentarme en el suelo cerca de ti, las dos nos mirábamos y nos sonreíamos con melancólica complacencia; ¡Vivíamos tan solas!

Tú sin familia y yo con ella.

¡Cuánto nos queríamos!

Cuando tu destino nos separó ¿Te acuerdas?

Yo fuí la única que lloró tu partida, y muchas noches cuando nadie me veía, lloraba pensando en ti porque fuí mucho más desgraciada desde que nos separamos; tu cariño, tu preferencia me servía de baluarte y los parientes que me tenían recogida me miraban con más consideración, pero cuando tú te fuiste comenzó otra vez mi martirio, me golpeaban sin piedad y se mofaban de mi llanto, me privaban del alimento y me hacían sufrir mil y mil vejaciones; entonces ¡Cuánto te echo de menos! ¡Como recordaba tus maternales caricias, tus sonrisas de inteligencia, tus palabras de consuelo, y tus prudentes advertencias!

Me tenían por idiota, y no lo era, ¡No!

Yo sabía distinguir perfectamente lo bueno de lo malo, yo sabía obedecer, yo amaba; lo que me faltaba era medios de expresarlos.

Mi rostro no variaba entre dos expresiones, o le animaba una sonrisa estúpida o le contraía un gesto doloroso; no tenía palabras, las ideas bullían en mi mente pero mis labios sólo articulaban frases incoherentes, y por un contrasentido incomprensible cuando más indignación me inspiraban los atropellos de que era víctima, una risa imbécil me hacía lanzar carcajadas y dar saltos como si la alegría me dominase, cuando en realidad hubiera pulverizado en mi enojo a los seres que castigaban tan brutalmente mis torpezas y mis travesuras.

Cuando mi familia se diseminó, me encontré sin saber donde refugiarme, tenía quince o dieciséis años y sólo representaba unas doce primaveras, yo no tuve juventud exterior, pero interiormente sentí todas las sensaciones que siente la mujer; pero como todos se reían de la pobre Rafaela, y mientras más procuraba arreglarme más despiadadamente se burlaban mis parientes, cuando me vi libre de ellos me alegré, respiré mejor; pero mi destino era vivir esclava, y apenas hube salido de mi cautiverio, la dueña de una mancebía se apoderó de mí, no para utilizar mi cuerpo porque mi fealdad me salvaba de la deshonra, pero sí para servir en la cocina de galopillo.

Si allí me hubieran dejado, menos mal, porque la mujer encargada de utilizar mis servicios no me maltrataba; pero pronto todas las mujeres del lupanar se creyeron con derecho de disponer de mí, y aunque fueron más humanas conmigo que mi familia, porque ninguna me golpeó; sufrí otra clase de tormento.

Al lado de aquellas mujeres todas hermosas y llenas de atractivos, mi fealdad entre ellas se destacaba con toda su repugnante deformidad, lo que hacía reír a aquellas desgraciadas que distraían sus penas vistiéndome con sus galas y haciéndome poner en el corro que formaban ellas, sirviéndole de bufón; ofreciéndome a los libertinos que me rechazaban riéndose estrepitosamente.

Aquella burla cotidiana, ¡Qué daño me hacía!

Aquella vida de desenfrenado libertinaje despertaba mis pasiones y mis deseos; envidiaba a aquellas desgraciadas que vendían sus caricias, y cuando me reclinaba en mi lecho mi sueño era intranquilo, y más lo fue cuando me enamoré locamente de uno de los concurrentes de la casa, el Conde de San Genaro, que era un joven hermosísimo y de sentimientos compasivos, puesto que nunca se rió de mi fealdad, y hasta decía a sus compañeros: ¡No os moféis de esa infeliz!

¿No os da lástima? ¡Pobre Rafaela!

¡Quizá tu corazón vale más que el de todos nosotros!

¡Cuánto gozaba yo escuchándole!

A veces se desprendían lágrimas silenciosas por mis cobrizas mejillas, siempre que podía cuando se marchaba sin que nadie me viera, besaba su mano con verdadera adoración, y él mirándome compasivamente me decía ¡Pobrecilla! O mucho me engaño o tú eres muy buena.

Una tarde comencé a sentirme muy mal, entró el Conde de San Genaro y al verme me dijo ¿Qué tienes? ¡Pobrecita!

No sé señor lo que tengo, pero creo que estoy muy mala

¡Como sudas infeliz! y sacando su pañuelo él mismo me enjugó el sudor de la frente y dejó el pañuelo sobre mis rodillas.

¡Qué hallazgo para mí!

En cuanto el Conde volvió la espalda me apresuré a esconder mi tesoro y me fuí a mi cuarto.

Al día siguiente me condujeron al hospital temiendo fuese la viruela.

Sobre mi corazón coloqué el finísimo pañuelo del Conde, y aquellas pobres mujeres que tanto se habían reído de mi fealdad, muchas de ellas lloraron al decirme adiós y otras me decían con cariño: ¡A ver si te pones buena muy pronto, que tú eres la alegría de esta casa!

Dejé la mancebía casi con pena, porque intencionalmente ninguna de sus moradoras me habían hecho sufrir; ellas no comprendían que aquel cuerpecillo raquítico estuviese animado por un alma de fuego, y que dentro de una cabeza casi deforme hubiese una inteligencia en completo desarrollo; ellas como mi familia me creían casi idiota, porque en verdad lo parecía; sólo tú y el Conde de San Genaro comprendieron que había en mí un Espíritu y un corazón sensible.

Más de un mes estuve en el hospital sin que un ser amigo viniese a verme, las prisioneras de la mancebía algunas de ellas hubiesen ido a visitarme, pero mi enfermedad era contagiosa y el cuerpo de la ramera pertenece a su explotador.

Una hermana de la Caridad me tomó vivo interés y gracias a ella pude conservar el pañuelo del Conde debajo de mi almohada.

Una mañana noté mucho movimiento entre las hermanas y las enfermeras, vistieron a las enfermas de limpio, cambiaron la ropa de las camas, pregunté qué novedad ocurría y dijeron que íbamos a recibir la visita de un Obispo que había llegado de la India, y que vendría acompañado de muchos señores de la corte.

Sin saber porqué mi corazón apresuró sus latidos, pensé en el Conde de San Genaro y dije entre mí ¿Vendrá él entre esos caballeros? ¡Quien sabe! ¡Quizá Dios me habrá oído!

Porque mi único ruego era pedirle a Dios que no me dejase morir sin ver antes al ídolo de mi corazón.

¡Con qué afán escuché el ruido de los carruajes que fueron llegando delante del hospital!… un rumor sordo al principio fue aumentando hasta oírse el eco de muchas voces; por fin apareció el Obispo que era un anciano muy venerable, rodeado de gran número de sacerdotes y seguido de muchos caballeros.

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