Amalia Domingo Soler

NO TODOS LOS QUE ANDAN VIVEN

Imagen de una flor de loto

Entre ellos venía el Conde de San Genaro.

Al verle no pude contener un grito que llamó la atención de la numerosa comitiva, todos volvieron la cabeza, el Conde me reconoció y se acercó a mi lecho, diciéndome con acento compasivo ¡Pobre Rafaela! ¿Aún te acuerdas de mí?

Nada le contesté, pero saqué su pañuelo de debajo de mi almohada y lo llevé a mis labios con religiosa veneración.

El Conde me miró con ternura y me dijo:

¡Ya volveré a verte! ¡Adiós Rafaela!

Yo me quedé atónita.

Me parecía imposible que el Conde se dignara venir a verme; mi ansiedad era indescriptible, mi fiebre intensa, pero mis ideas adquirían por momentos más lucidez.

Al declinar la tarde, cuando las sombras dejaban en la oscuridad parte del salón, ví adelantarse la esbelta figura del Conde de San Genaro acompañado de un anciano; el Conde estrechó mi diestra entre sus manos, diciéndole a su compañero: doctor mire usted bien a esa infeliz, es una mártir en la Tierra: vea si aún tiene remedio.

El medico me miró profundamente, movió la cabeza en señal de descontento, y murmuró en voz muy baja: ya es tarde y además no hay medicina para los males del alma:

pero mientras hay vida hay esperanza.


El Conde se inclinó sobre mi lecho y me dijo ¡Pobre Rafaela! ¡Eres muy buena!

Has conservado mi pañuelo como una reliquia y yo te probaré que no es ingrato el Conde de San Genaro.

Esta es la última noche que pasarás en el hospital, mañana te trasladaré a mi quinta de la Esperanza y allí vivirás tranquila y respetada.

No supe que contestar, la emoción ahogó mi voz, pero mis lágrimas le dieron la mejor respuesta.

A la mañana siguiente vino el Conde por mí y me llevó en su coche a su casa de campo, yo no sabía lo que me pasaba, le contemplaba con religiosa veneración porque sus hermosos ojos se fijaban en mí con la más tierna y profunda compasión.

Me entregó a los colonos que me recibieron con el mayor respeto colocándome en una alegre habitación.

Cuando estuve acostada entró el Conde a despedirse de mí diciéndome: mi buena Rafaela, aquí nadie se reirá de ti, aquí no vivirás encenagada en el vicio que la elevación de tu alma y tu delicado sentimiento habrán rechazado siempre; ahora comprendo cuanto habrás sufrido

¡Pobrecita mía!

Yo agradezco tu purísimo afecto y corresponderé a él siendo tu padre y tu hermano; mientras estés enferma todos los días vendré a verte.

Adiós.

Mis ojos le debieron decir cuanto yo sentía, porque el Conde se sonrió dulcemente y se marchó diciéndome: hasta mañana.

Cuando me quedé sola me senté en mi lecho para cerciorarme de que no soñaba, me levanté y andando de puntillas, temiendo que me sintieran, recorrí toda la habitación, toqué los muebles, miré el hermoso paisaje que se descubriera desde una anchurosa ventana y al volver a mi lecho ví reproducida mi escuálida figura en un gran espejo; al verme lancé un grito de angustia y me apresuré a esconderme debajo de la colcha para llorar por primera vez en mi vida ante lo horrible de mi fealdad.

Sentí pasos y traté de serenarme y hasta de sonreír cuando entró en el cuarto la esposa del colono, la buena Tadea, excelente mujer que cumplió conmigo como si hubiera sido mi madre, durante muchas noches veló mi intranquilo sueño.

La ciencia y sus cuidados verdaderamente maternales, alargaron mi vida tres meses, pero mi Espíritu tenía vivos deseos de dejar la Tierra, pues comprendía perfectamente que por aquella vez no podría ser dichosa.

El fraternal cariño que el Conde me dispensaba, aumentaba mi loca pasión por él; primero me contentaba con el pequeño ratito que me dedicaba casi todos los días, después comencé a ser más exigente ¡Yo le quería tanto, tanto que mi cariño hacía abstracción completa de mi fealdad!

El Conde comprendía perfectamente lo que en mí pasaba.

Bueno y tolerante no me negaba nada de lo que yo le exigía, pero cuando me quedaba sola me miraba al espejo y decía con profunda convicción:

¡Rafaela, tienes que morir para huir de nuevos sinsabores!

Tadea llegó a conocer la terrible lucha que yo sostenía y redobló sus cuidados; al fin Dios tuvo piedad de mí, y cuando menos lo esperábamos, una tarde que el Conde decidió quedarse en la quinta porque negros nubarrones, continuos relámpagos y un viento huracanado decían claramente que se aproximaba una horrible tempestad, cuando yo estaba más contenta porque iba a realizar mi deseo de pasar una velada al lado del Conde, y al dulce calor de la chimenea, de pronto sentí una punzada agudísima en el corazón, tan fuerte que me hizo lanzar un grito desgarrador, el Conde corrió hacia mí y sólo tuvo tiempo para cogerme entre sus brazos y depositarme en un sofá, ¡Todo había concluido para mí!

Al día siguiente me dieron sepultura, y el Conde asistió a mi entierro acompañado de todos los criados y jornaleros que había en la quinta; de aquella pobre niña que tú conociste y supiste compadecer, de la joven que vivió durante algún tiempo sirviendo de bufón en una mancebía, no queda más en la Tierra que el poético recuerdo de su amor por el Conde de San Genaro.

El Conde amaba mi Espíritu, pero le hacía sombra mi cuerpo; cuando éste desapareció en la tumba, dio rienda suelta a su cariño, y lloró a mi memoria, se apartó por completo de sus vicios y se casó con una joven muy bella de modesta cuna que llevaba mi nombre, a su primera hija le puso Rafaela, a su segundo hijo Rafael y tengo la inmensa alegría de que muchas veces el Conde de San Genaro suspira recordando mi tierno amor.

Cuando desperté en el espacio mi asombro fue indescriptible, pero no me faltó quien me hiciera comprender que la ley de Dios era siempre justa; miré a la Tierra con horror; te lo confieso, me hicieron mirar nuevamente, entre sus densas sombras vi dos lucecitas de una palidez azulada, hicieron que me acercara a los pequeños focos y primero te vi a ti triste y meditabunda, trabajando con la pluma con la misma asiduidad que con la aguja, te di un beso en la frente y me dirigí al otro foco; entonces vi a mi amor en la Tierra en amorosa plática con la que había de ser más tarde la madre de sus hijos; aun sentí celos ¡Si!

Pero estos se fueron borrando conforme fui viendo más claro, y mi amor de ese mundo se fue purificando, en el espacio aumentó su grandeza y hoy… ¡Hoy es inmenso!

Soy se puede decir el ángel tutelar de una noble familia.

Yo velo el tranquilo sueño de Rafaela y Rafael, cuando están enfermos les envuelvo con mis fluidos, y el Conde de San Genaro al mirar a sus hijos sin poderse explicar la causa piensa en mí.

A ti también te amo porque recuerdo que cuando nadie me compadecía tú me compadeciste.

Prosigue tu camino, también la jornada se acabará un día, también despertarás en el espacio y entonces saldrá a darte la bienvenida la que nunca te ha olvidado.

¡Oh! ¡Si yo te quiero mucho! ¡Me hiciste tanto bien!… ¡Es tan triste ser objeto de mofa!… ¡Es tan doloroso oírse llamar idiota!

Tú nunca pensaste que lo fuera, ¡Gracias Amalia! La gratitud de mi Espíritu es el arco iris de bonanza que tienen los terrenales; tú estas bajo el arco de la gratitud de muchos espíritus; no olvides nunca lo que hoy te dice:

RAFAELA.

Gracias te damos buen Espíritu por tu espontánea comunicación.

Tristes recuerdos has hecho renacer en nuestra mente, pero si bien se considera, bueno es recordar lo que se ha sufrido, porque así se aprecia mejor las innegables ventajas del presente.

No todos los que andan viven, esto dijimos al poner el epígrafe de este artículo, contándonos en el número de los desgraciados cuya expiación les ha condenado a vivir sin vivir; más al terminar nuestro trabajo, al considerar como vivieron en la Tierra Pepeta y Rafaela casi nos debemos llamar felices:

porque tuvimos una madre que nos bendijo con sus besos, y hoy tenemos una gran familia en el espacio que continuamente se comunica con nosotros y nos hace comprender que Dios da a cada uno según sus obras; y bajo este supuesto, seamos buenos si queremos ser felices, seamos justos para ser dignos de vivir en el reinado de la justicia.

Amalia Domingo Soler

La Luz del Porvenir

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