Un lecho de flores

Pocas veces Señor hasta ti elevo mi férvida oración, porque en mi vida de azares y miseria, no me atrevo a elevarte mi voz desfallecida.

Yo sé, que tu justicia es inmutable, yo sé, que tu grandeza es sobrehumana, yo sé, que tu creación es admirable, y que la vida eterna de ti emana.

Yo sé, que si padezco, es merecido el horrible dolor que me tortura; yo sé, que si me olvidan, di al olvido; yo sé, que es expiación mi desventura.

¿A qué rogarte, pues, si de tus leyes no puedes alterar lo que has creado? Si igualas a los siervos con los reyes, y a todos el progreso has otorgado.

¿A qué perder el tiempo en oraciones si con rogar el hombre no adelanta?…

Qué inútiles serán las constricciones si el Yo en su libertad no se levanta.

Esto pensaba, y con ardiente anhelo trabaja mi Espíritu animoso; y al espacio tendía su raudo vuelo que de la luz y de amor estaba ansioso.

Mas hoy Señor, me encuentro confundida, no soy la que era ayer, absorta quedo; veo un abismo profundo ante mi vida…

¿Qué siento?… No lo sé; más tengo…¡Miedo!…

Un miedo horrible, sí; yo me pregunto ¿Conservo mi razón libre y serena?

¿No me preocupa imaginario asunto?

¿Me llegó a enloquecer mi propia pena?

¿Por qué vacilo y tiemblo, sin que el llanto resbale por mi rostro macilento?

¿Por qué siento en mi ser horrible espanto?

¡Ilumina gran Dios mi pensamiento! ¡Dame luz! ¡Mucha luz!… tú ves mi anhelo, yo quiero progresar, yo necesito que mi razón osada tienda el vuelo por el inmenso mar del infinito.

Yo, Señor, de la vida de ultratumba encontré la verdad de tu grandeza, y mi razón no quiero que sucumba cuando valiente a levantarse empieza.

Yo no quiero de absurdas religiones encontrar hoy las infecundas huellas, yo quiero derribar las tradiciones con el polvo de la luz de las estrellas.

Yo no quiero leyendas religiosas, yo no quiero el estéril fanatismo, no quiero narraciones milagrosas, porque éstas, sólo dan oscurantismo.

Yo quiero que los seres invisibles que inspiren mi agitado pensamiento, me hagan ver que no existen imposibles para el que luchar, sabe con talento.

No quiero de ultratumba bendiciones, ni quiero religioso formalismo, porque esto es aumentar aberraciones, y darle nueva vida al fanatismo.

No es el Espiritismo el encargado de levantar más ídolos y altares, ¡Atrás pálidas sombras del pasado! Ya no son los terrenos lares.

Ya la razón avanza presurosa invadiendo gozosa la conciencia; ¡Ya fulgura la luz esplendorosa del astro refulgente de la ciencia!

Y todos los sofismas religiosos, cual hojas secas que arrebata el viento, huyen a los lugares tenebrosos donde no se conoce el sentimiento.

Allá, donde las tribus van errantes, llevando de sus muertos los despojos; allá, donde los odios imperantes entre hermanos, despiertan los enojos.

Allá, donde los hombres se destrozan y devoran los restos del vencido; allá, donde los salvajes se alborozan, harán las religiones nuevo nido.

Porque allá, son sus ritos necesarios, allá, su formalismo es conveniente; allá, deben quemarse en incensarios perfumes ante el Ser Omnipotente.

Allá, se levantan los altares con la imagen de un Dios crucificado; y ante Él alzan los fieles sus cantares, diciendo: -¡Que sea Dios glorificado!

Allá, las milagrosas tradiciones, la mortificación de los ascetas; allá, podrán vivir las religiones con su cohorte de santos y profetas.

Mas no aquí donde el genio se levanta y le dice a la ciencia: “dame aliento, yo quiero dejar huella de mi planta alzándote glorioso monumento”.

“Yo quiero unir los pueblos desunidos por los azares de infecunda guerra; yo quiero libertar los oprimidos que gimen en los antros de la Tierra”.

“Yo quiero difundir la luz bendita que destruye el fatal oscurantismo; que la razón del hombre necesita levantarse del fondo de un abismo”.

“De un abismo insondable, y tan profundo, que contemplarle sólo, causa espanto; ven, suprema verdad, ¡Reina del Mundo! ¡Cubre a la Tierra con tu hermoso manto!”

Esto dice el progreso en el presente, ¡La razón soberana centellea! El ansia de saber se alza potente y el Yo dice arrogante: ¡La luz sea!

Y todo cuanto evita alzar el vuelo a la humana razón en nuestros días, me inspira repulsión; porque recelo que lleguen otra vez horas sombrías.

Y harto tiempo ha gemido esclavizada la humanidad creyendo mil errores; ¡Atrás sombras de Arbués y Torquemada! Que la verdad difunde sus fulgores.

No vengáis con ocultas asechanzas y en comunicaciones amorosas, prodiguéis engañosas alabanzas a las almas sencillas y piadosas.

No tendáis vuestra red, porque es leve la menguada intención que sustentáis; vuestra loca ambición todo lo mueve ¡Hasta después de muertos trabajáis!

Queréis resucitar aquel pasado de santos, de milagros y prodigios; sin recordar que todo ha caducado, que el tiempo se ha llevado los vestigios.

De aquellas mentirosas santidades que a las naciones tanto embrutecieron, ¡Hoy la ciencia es la luz de las verdades! ¡Los santos de sus tronos descendieron!

Sobre sus altares derruidos se levanta gigante observatorio; y en él, los verdaderos elegidos.

Los que niegan infierno y purgatorio, contemplan con asombro el firmamento, van contando y sumando las estrellas; diciendo con sublime arrobamiento: ¡Dios va dejando de su paso huellas!

¡Qué grande es Dios! Atónita la muerte no puede describir grandeza tanta; ¡Su mirada es la luz que hay en Oriente! ¡Los mundos van brotando tras su planta!

Esta es la religión de nuestros días, espíritus que amáis el retroceso; que pronunciáis mentidas profecías, que detenéis la marcha del progreso.

Que acudís a reuniones familiares y a seres ignorantes domináis, diciendo que sois genios tutelares y con torpe intención fanatizáis a los médiums sencillos y creyentes que hasta sufren gozosos la dolencia que en su cuerpo causáis: ¡Pobres dementes! ¡Qué mal emplean los días de su existencia!

Para seguir las mismas tradiciones, para entrar en un nuevo misticismo, para crear insensatas religiones, para hundirme otra vez en un abismo.

No quiero de los seres de ultratumba el escuchar sus pérfidos consejos; no quiero no, que mi razón sucumba, ¡Quiero luz! ¡Mucha luz!… ¡Lejos!… ¡Muy lejos!…

De mí, las asechanzas invisibles que vayan dominando mi conciencia; sus hilos aunque son imperceptibles forman tupida red, y en la impotencia dejan a los que incautos se doblegan a la dominación de los que se fueron; y en aguas de opresión navegan los que su libertad no defendieron.

¡Señor! Si es que tú escuchas las plegarias que a ti elevan las almas doloridas, que viven sin amparo, solitarias, y en ti piensan al verse desvalidas.

Escúchame, Señor, yo te lo imploro, no te pido grandezas, ni placeres; no quiero que me des ningún tesoro, más sí que me libertes de esos seres que vivieron ayer en la impostura y siguen trabajando por su credo, con la ciega ambición de su locura; porque sus asechanzas me dan miedo.

Porque he visto a hombres serios y sensatos siguiendo rutinarios formalismos; y más que espiritistas, son beatos que pierden la conciencia de sí mismos.

Y ciegos, obedientes y sumisos la voz de los espíritus escuchan, y en todas sus acciones indecisos estacionados quedan, mientras luchan los que conservan libre su albedrío, los que no han abdicado sus derechos, los que tienen en sí bastante brío para ser responsables de sus hechos.

De estos quiero yo ser, vivir luchando, estudiando, pensando y aprendiendo.

Yo misma mi presente rescatando y mi pasado en el olvido hundiendo.

¡Concédeme Señor lo que te pido!

¡Oh! ¡Tú que en los espacios centelleas!

¡Tú que al trueno le distes el estampido, déjame lucidez en las ideas!

No permitas que espíritus rastreros me halaguen con palabras amorosas; diciéndome que son los mensajeros que harán revelaciones asombrosas.

No me acerques a astutos religiosos que quieran dominar mi inteligencia; yo sé que los momentos son preciosos y no quiero perder esta existencia.

Qué hartos siglos sin duda habré perdido cuando tan sola y triste me he encontrado; sin poder fabricar mi pobre nido, ni la sombra tener de un hombre honrado.

Quiero en contacto estar con almas buenas que me den evangélicas lecciones; quiero el consuelo ser de muchas penas, quiero aliviar inmensas aflicciones.

Quiero prestar a seres indigentes mis cuidados, constantes y prolijos; quiero amar a los niños inocentes, quiero ver en los huérfanos mis hijos.

Esto anhelo, Señor, porque ambiciono comprender tu grandeza soberana; y sé, que si mi Ser no perfecciono nada puedo esperar de mí mañana.

Y yo quiero subir, tender mi vuelo para ver las magníficas regiones que brillan en las bóvedas del cielo: que llamamos aquí constelaciones.

¡Mundos llenos de luz y de poesía, donde deben vivir humanidades que admiren en su gran sabiduría: la suprema verdad de las verdades!

Esto anhelo, Señor, esto te pido confiando en tu justicia sobrehumana; ¡Quiero hundir mi pasado en el olvido! ¡Quiero ser redentor en el mañana!

Acoge la plegaria dolorida que a ti eleva en sus cuitas un proscrito; sólo tú saciarás mi sed de vida:

¡Porque eres el raudal del infinito!

 

“La luz del futuro” – Amalia Domingo Soler