-Abuelito; diles que me dejen mi caballo, que es mío, es mío.
-¿Cómo que es tuyo?
– preguntó Andrés tratando de ponerse serio.
-Sí que es mío, sí; este era el caballo que yo te pedía; éste es mi caballo, éste.
– Y subiendo a él con mucha gracia, le dijo a su abuelo:
-Anda, empújale para que corra mucho.
Y Andrés, obedeciendo maquinalmente al niño, empujó al caballo, que salió rodando, aunque no con la velocidad que el chicuelo quería, pues pidió a uno de los criados que tirase de las riendas, y todos salieron, apareciendo al mismo tiempo una anciana que exclamó:
-Crea usted, señor, que no lo hemos podido remediar.
Entré en el cuarto,no me cuidé de cerrar la puerta, y Adolfo entró, y en seguida dio un grito diciendo: “¡Ay!… Aquí está mi caballo… Este era el que yo buscaba” y tiró de él…y…
-Bien, bien – dijo Andrés; dejarle que juegue, que así habrá más ruido.
La buena mujer se retiró, y cuando nos quedamos solos, nos miramos fijamente el uno al otro; y leyendo él en nuestro pensamiento, nos dijo con gravedad:
-¿Qué piensa usted de esto?
Hace quizás un año que yendo con Adolfo,me dijo una tarde: “Dame mi caballo”.
Yo, creyendo que hablaba mal, le dije:“No se dice dame mi caballo, sino cómprame un caballo”.
-Yo quiero mi caballo – replicó el niño, -el mío, el mío.
– No le hice caso, pero ahora me llama la atención lo que ha sucedido; y… ¡Cosa extraña!, de pronto he pensado en el Espiritismo y quiero leer sus obras sin que nadie se entere.
¿Pueden los espíritus encarnados, como ustedes dicen, reconocer objetos que les pertenecieron ayer?
-Deberán reconocer y recordar; porque no hace mucho tiempo hemos visto lo siguiente:
una amiga nuestra tiene un niño que contará unos cuatro años, y por las tardes le suele decir a su madre: “Ponme el vestido azul” y el niño nunca ha tenido ningún traje de este color; porque es un niño africano, y nuestra amiga, que es mulata y mujer de muy buen gusto, no usa colores que afeen a su hijo.
Este mismo, muchas veces dice:¡Mamá! ¡Mamá!
-¿Qué quieres? le dice su madre.
-“No te llamo a ti – contesta el niño – llamo a la otra mamá”.
El niño no tiene abuela ni materna ni paterna, es de muy clara inteligencia, de una comprensión admirable; luego al llamar a otra madre, y pedir un vestido que no tiene, es prueba evidente que recuerda algo del ayer, recuerdos que deben borrase en el transcurso de los años.
-Pues bien, mándeme usted las obras espiritistas sin que nadie se entere,y le prometo escribirle el fruto que saque de ellas.
Nos despedimos de Andrés, y al salir vimos a Adolfo muy atareado haciendo correr al caballo.
-¡Ahora sí que estarás contento, eh!
– le preguntamos.
¡Ya has encontrado lo que querías!
-Sí, ya tengo mi caballo; es mío; éste es el mío.
– Y el niño le daba palmaditas en la cabeza, como si con sus caricias saludara a su antiguo compañero.
Besamos a Adolfo, que es hermosísimo, porque tiene unos ojos encantadores, preciosos cabellos, y todo él es una figura simpática y expresiva sobre toda ponderación.
Tres meses después, recibimos la siguiente carta de Andrés:
“Amiga mía:
¡Quién me había de decir que un juguete de mi hijo había de ser la causa del cambio radical de mis ideas!
Hoy no me río del Espiritismo, no; hoy leo, mejor dicho, devoro las obras de Allan Kardec, y encuentro en ellas nuevos y dilatados horizontes, y creo posible que los muertos vivan, y no encuentro extraño que los espíritus reencarnen en la misma familia donde hallaron un mundo de amor”.
“Mucho le debo a usted, amiga mía; ya no estoy solo; tengo la completa seguridad que Marta me acompaña, y al mirar a mi nieto parece que alguien murmura en mi oído:
“Ámale, que ha vuelto a la Tierra, sólo para consolar tu ancianidad”.
Le quiero tanto, y me encuentro tan feliz con él, y me asocio de tal manera a todos sus caprichos, que no quiere separarse de mí.
Todas las tardes salgo con él, acompañándonos en nuestro paseo el viejo caballo de madera.
¡Misterios! ¡Qué arcanos guarda la vida! ¡Quién, al ver ese juguete, creerá que a él le debo indirectamente la tranquilidad de mi vejez!… y sin duda, el progreso de mi Espíritu”.
Ciertamente parece una cosa providencial, guardar tan cuidadosamente aquel objeto, que había de servir de instrumento para despertar la atención de un Espíritu atribulado, que cruza solo el erial de la vida.
Todo sirve para el desenvolvimiento de la verdad, desde el estudio más profundo, hasta el caballo de madera que le sirve de juguete al niño.
La verdad es como el Sol; “sus esplendorosos rayos a todas partes llegan”.
Amalia Domingo Soler