Amalia Domingo Soler

REMINISCENCIAS DE AYER

Cruzamos varios salones y en uno de ellos vimos el piano cubierto con una funda verde.

Andrés nos miró, y ¡Cuánto nos dijo con su elocuente mirada!

Hay miradas que son un poema de dolor.

Llegamos al gabinete de Marta, encontrando en él todos sus muebles predilectos, su mesa de labor, su tocador; su antigua cómoda, su pequeño sofá y sus sillas de rejilla; nos sentamos, y después de contarnos Andrés todos los pormenores de la muerte de su esposa, el casamiento de sus hijas, la marcha de sus hijos, que los dos eran militares, terminó su relación diciendo con amargura:

-¡Ya ve usted, amiga mía, qué triste fin!

Mis hijos apenas se acuerdan de mí; sus cartas son como las estaciones, vienen cuatro al año.

Mis hijas son más afectuosas; pero mis yernos, los dos son poco cariñosos, y ni uno ni otro congenian conmigo.

El único que suele hacerme compañía es el hijo mayor de mi Leonor; éste viene con frecuencia, y le confieso a usted que le quiero con toda mi alma; porque es el fiel retrato de mi hijo mayor, el que murió.

No he visto un parecido más perfecto en figura y en carácter.

-¡Quién sabe si será el mismo!

¡No! Yo no creo en eso, amiga mía; ya sé por la prensa que usted se ha convertido en paladín de las ideas espiritistas, que ya son buenas, ya, pero…¡Ay! Amalia, los que se van, no vuelven más.

-¡Pobre amigo mío! ¡Cuánto le compadezco!

-Soy bien digno de compasión, pero crea usted que soy muy desgraciado.

¡La muerte de Marta me ha dejado tan solo!… ¡Era una mujer que me comprendía tanto!…, que aunque yo no le dijese nada, al sentarnos a la mesa, y servirme la sopa, me decía: “Te pongo poca, porque como estás disgustado, no comerás mucho” y yo entonces le contaba cuanto me ocurría, y hablaba…hablaba sin cesar con ella, y no había penas para mí en el mundo.

Pero ahora…me siento solo en la mesa, miro en torno mío, como por el instinto de conservación, nada más, y me levanto huyendo de mí mismo; y si no fuera por mi nietecito… Parece que la adversidad se ensaña conmigo.

Cuando estoy más desesperado, llega mi nieto con su carita risueña, se abraza a mí y me dice:

-¡Yo estoy aquí!

Estas palabras, no puede usted imaginar qué impresión me causan;porque al decir ¡Yo estoy aquí!, me parece que oigo a mi hijo mayor, que siempre que llegaba del colegio, entraba en mi despacho y, echándose en mis brazos, me decía alegremente lo mismo que mi nietecito: ¡Yo estoy aquí!

-¡Qué loco es a veces el pensamiento!

¿De qué creerá usted que me acuerdo yo ahora?

-¿De qué?

¡Qué sé yo!

Usted dirá, Amalia.

-De aquel caballo de madera que tenía usted tan conservado.

-Y muy guardado que está todavía.

Lo quité de mi gabinete hace mucho tiempo, porque tuvimos de huésped a una hermana mía, que traía dos chiquillos capaces de romper el Alcázar de Sevilla; y para evitar un fracaso, lo guardé con otros trastos viejos en un aposento apartado, y allí conservo el pobre caballo que tanto quería mi hijo, único juguete que pidió en toda su vida.

¡Oh! Si fuera cierto lo que usted dice, que los muertos viven… ¡Cuán feliz sería yo, si pudiera hablar con mi hijo y con mi mujer!

Aquí llegábamos de nuestro diálogo, cuando oímos un estrépito horroroso, formado por los gritos de un niño, por el ruido de un mueble que rodaba, y por las voces de los criados.

Andrés se levantó, sin duda a ver qué ocurría; pero antes de salir él, entró en el gabinete un niño hermosísimo, que tendría de cuatro a cinco años, tirando del caballo de madera que tanto habían guardado Marta y Andrés; dos criados seguían al niño queriendo quitarle el caballo, y el niño se agarró a su abuelo, diciéndole con acento vehemente: