Amalia Domingo Soler

UN ENEMIGO MENOS

Imagen de la flor púrpura con sus espinas
Foto de Amalia Domingo Soler


Hay muchísimas personas que le dan gran importancia a los sueños, y se han escrito varios libros tratando de dicho asunto.

Yo, por mi parte, antes de estudiar el Espiritismo no me fijaba en las imágenes que veía cuando mis ojos se cerraban y mi cuerpo se entregaba al descanso; al despertarme no le concedía el más leve recuerdo a los cuadros de otra vida (incomprensible entonces para mí).

Mas una noche, siendo yo muy joven, casi una niña, me desperté sobresaltada, llamé a mi madre con voz angustiosa, me refugié en sus brazos y lloré amargamente.

Mi madre, como era natural, se alarmó y trató de enterarse qué había soñado, diciéndome:
-¡Pero criatura, no hagas caso de las pesadillas, que los sueños, sueños son!
-Es verdad – le dije temblando-, pero este sueño es muy extraño, porque continúa: estoy viendo despierta lo que he visto dormida.

¡Qué horror!… ¡Dios mío!… ¡Qué horror!…
-Pero, ¿Qué es ello?
-No lo sé; nada y mucho.

Veo una calle muy ancha y muy larga, por un lado todo es muralla, por el otro hay casuchas de pobre apariencia; a gran distancia uno de otro, hay unos faroles de tres cristales que forman un triángulo con una candileja dentro, alimentada por aceite que da una luz más triste que las tinieblas.

Yo iba sola por esa calle como si me hubiese perdido, sintiendo una angustia inexplicable; de pronto una mano tan dura como si fuese de hierro, me cogió por el brazo y me detuvo.

Volví la cabeza para ver quien me detenía y me encontré delante de una mesilla de zapatero que contenía varias herramientas; sentado en una banqueta había un hombre de edad mediana, tan enjuto de carnes que parecía un esqueleto, su cabello enmarañado coronaba su frente y daba sombra a unos ojos tan grandes y tan abiertos, que yo no he visto otros que se le asemejen.

Sin saber porqué la figura de aquel hombre me fue tan repulsiva que quise huir precipitadamente, pero… mis pies no se movieron, di a mis miembros todo el empuje de mi voluntad, mas, ¡Ay!, me quedé inmóvil y aquel hombre mirándome fijamente me atraía hacia él.

Mi cuerpo se iba inclinando con lentitud, hasta que su aliento abrasador se confundió con el mío; sus ojos lanzaban llamaradas de odio, no hablaba; pero yo leía en sus ojos todas las maldiciones que tiene la iglesia romana en su terrible excomunión.

¡Qué angustia, Dios mío!… Mientras más quería separarme, más cerca me encontraba de él y más miedo me infundían sus mudas imprecaciones.

Comprendía mi tormento y se reía con una risa infernal, acercando su rostro más al mío.

Yo quería cerrar los ojos, ¡Imposible! Sintiendo en ellos un dolor tan agudo, que me parecía que se iban a salir de las órbitas.

¿Cuánto tiempo sufrí aquel martirio? No lo sé; me he despertado y aún veo la calle con sus farolas de luz agonizante, y la mesilla, y aquel hombre sentado junto a ella que me maldice con su mirada.

Mi madre hizo cuanto pudo por distraerme, y al fin me serené, me tranquilicé, pero de vez en cuando, al acostarme, volvía a ver el mismo cuadro y sufría horriblemente.

Pasaron años y nunca el recuerdo de aquella visión se borró de mi mente.

Una noche de verano, estando con mi madre en la plaza del Duque, que era en aquella época el mejor paseo de Sevilla, vi junto a mí a una mujer anciana vestida de negro.

Parecía una momia, de tan delgado que era su cuerpo.

Me tocó en el hombro con su mano huesosa, me volví y tuve que ahogar un grito de espanto de tanto daño que me hizo la mirada de aquella mujer, y más aún, que al mirarla, dije entre mí: “Yo he visto esta cara antes: ¿Dónde? ¿Cuándo? No lo sé, pero este semblante me recuerda algo confuso, algo muy desagradable perdido en la noche de los tiempos”.

La mujer, al ver que yo la miraba tan fijamente, se acercó más a mí, diciendo a media voz, la cual fue aumentando hasta gritar:
-¡Mírala!… ya se la llevan, pero no la entierran como debían enterrarla, le falta la corona de rosas blancas y campanillas azules porque tú se la arrebataste:
¡Tú!… y yo te quitaré la vida.

A eso vengo, ¡Infame! ¡Miserable ladrón de honras!… Y acompañando la acción a la palabra, extendió sus brazos como si tratara de estrangularme.

Sus gritos y sus ademanes llamaron vivamente la atención de la gente, y varios caballeros se interpusieron entre la mujer y yo, diciéndome que no me asustara, que aquella infeliz estaba loca, y se escapaba de su casa continuamente.

Pero el susto ya lo había yo recibido, y tuve que retirarme del paseo acompañada de mi madre y de una familia muy amiga nuestra, porque aquella mujer, firme en su persecución, nos seguía de lejos, no encontrándose un agente de la autoridad que la sujetara.

Llegué a mi casa más muerta que viva, y mi madre me dijo:
-Pero mujer, no seas así. Si esa infeliz está loca, nada tiene de extraño lo ocurrido.
-Para ti no lo tendrá, para mí sí (le contesté tristemente). La cara de esa desventurada la he visto en alguna parte, y al verla, me hizo sufrir horriblemente.
-Muchacha, tú sí que estás demente (replicaba mi madre). Tú no sales más que conmigo, y yo no recuerdo… ninguna escena violenta, desengáñate, que estás soñando despierta.
-Es verdad, tienes razón. Conservo en mi mente las reminiscencias de un sueño.

El hombre aquel que tanto me impresionó y esta mujer, tienen un perfecto parecido, y ahora mismo, como si fueran figuras de linterna mágica, aparecen ante mí, tan pronto aquel hombre que me maldecía sin hablar, como la pobre loca que me acusaba de un crimen imaginario.

Es inexplicable lo que siento, no encuentro razón a esta semejanza prodigiosa entre dos seres que uno no existe y otro es real, pero los dos ¡Cuánto daño me han hecho!

Transcurrieron los años, murió mi madre, me encontré sola en este mundo, y a pesar de tener tanto en qué pensar, muchas veces, al conciliar el sueño, veía el cuadro de mi pesadilla inolvidable, y después la loca con los brazos extendidos sobre mi cabeza.

Al comenzar más tarde mis estudios espiritistas, no me quedó la menor duda de que había visto en mis sueños a uno de mis mayores enemigos, y que éste seguramente inspiró a la pobre loca el afán de perseguirme.

Había sentido demasiado para que aquel horrible ensueño no tuviese su historia, aquel recuerdo constante tenía indudablemente su razón de ser.

Pero confieso ingenuamente que nunca me encontraba con valor suficiente para preguntarle a aquel espíritu porqué me odiaba.

Como por el efecto se adivina la importancia de la causa, comprendía que aquella figura simbolizaba uno de los más grandes desaciertos de mi vida, y me encontraba muy débil para ponerme frente a frente ante mi pasado.

Por algunas comunicaciones más o menos alusivas a mis pasadas y borrascosas existencias, por dos sueños que tuve en los cuales vi a mi Espíritu, reconociéndome a pesar de usar muy distinto traje y de pertenecer a otro sexo, no quedando satisfecha de haberme visto, sino muy al contrario, me inspiraba a mí misma profunda repulsión por mi modo de ser y obrar.

Por todos estos datos y por la intuición que tengo cada día más clara de mi ayer, comprendo perfectamente que, si no he cometido esos crímenes espantosos que la justicia humana castiga, levantando el patíbulo para el delincuente, en el terreno de la vida íntima debo haber pecado mucho, llevando la intranquilidad y el desconsuelo a diversos hogares, mirando a mi familia con la más profunda indiferencia y el mayor desvío, ya que esta vez he carecido de ella, pues si bien mi madre me amó por sí sola cuanto pudieran haberme querido mi padre, mis abuelos y mis hermanos, cuando ella se fue, ¡Todo acabó para mí!… No basta la compasiva protección de las almas buenas, no es bastante el pan que se recibe dado por lástima, se necesita mucho más para vivir, hace falta ese desvelo, ese afán, ese cuidado en los menores detalles de la vida.

De esa ternura no he disfrutado más que el tiempo que mi madre estuvo en la Tierra.

Después… la soledad íntima ha sido mi patrimonio.

Recuerdo que en un álbum puse el siguiente pensamiento:
“El amor es el Sol del alma. ¡Ay de las almas que se mueren de frío!…”

La mía, hace 33 años que está tiritando.

¡Qué agonía tan larga! Agonía que me ha ido convenciendo de mi pequeñez, y como mi Espíritu se subleva contra sí mismo, por haber malgastado tanto tiempo, como a mí el padecimiento me exaspera y me humilla, me quitaría la esperanza de mi redención, si no fuera porque continuamente escucho las comunicaciones de los espíritus.

Si no fuera por ellos, me parecería completamente imposible alcanzar mi rescate, y tener un día más o menos lejano esas afecciones que llenan el alma, constituyendo indudablemente su felicidad y su progreso.

Así como los místicos de varias religiones, especialmente los de la religión católica, apostólica, romana, creen buenamente que mientras más plagas caen sobre ellos son más gratos a los ojos de Dios, yo, por el contrario, no creo que un cuerpo sin movimiento, o unos miembros gangrenados, o una piel cubierta de lepra, sea objeto de complacencia para el Ser Supremo, porque Dios sería cruel si gozara con el dolor de sus hijos.

Las dolencias son un castigo, cuando la Humanidad las sufre, se cumple una ley justa, y es una ley muy dolorosa.

Se dice desde tiempo inmemorial que en cuerpo sano, mente sana.

Aforismo que encierra una gran verdad, porque el Espíritu está tan unido a su cuerpo, que cuando éste está enfermo, desciende al abismo del dolor, y allí se queda envuelto en la red del sufrimiento.

Los años han ido transcurriendo y mis recuerdos no me han abandonado, y cuando he visto al hombre de mi sueño y a la pobre loca que me quería matar, he dicho, dirigiéndome al ser de ultratumba:
-Creo que un solo Espíritu es que anima las dos figuras, pues una después de la otra veo ante mí. La cuenta que me presentas me espanta, no hables , déjame, vete, tienes la eternidad para acercarte y hacerme sentir tu aliento abrasador.

No me encuentro con fuerzas para escuchar tu relato.

Espera, como no puedo morir, no te quedarás sin cumplir tu deseo.

Y la sombra desaparecía al escuchar mis palabras.

Pero hace algunos meses que, obedeciendo no sé a qué causa, pienso continuamente en todos los acontecimientos de mi actual existencia desde mis primeros años; pero no a la ligera, no confusamente, sino con los más leves detalles, recordando el lugar, la hora, y el día o la noche en que este o el otro suceso se verificó.

Como en mi encarnación actual han abundado mucho más las penas que las alegrías, estos recuerdos me fatigan, me angustian, me entristecen, me agobian.

Y tan constante es el recuerdo de mi pasado, que no he podido menos que reflexionar seriamente sobre este nuevo y pertinaz sufrimiento, mucho más, que no olvido los consejos del Padre Germán, que siempre me ha dicho:

“Nunca le preguntes a tu pasado; vence las contrariedades del presente y trata de ver la alborada de tu porvenir. No te entregues a la meditación, no reconstruyas en tu mente dónde pasaste tu infancia. ¿Para qué, para sufrir? El tiempo que se pierde en recordar es mejor aprovechado en formar planes de trabajo beneficioso para uno mismo y para todos”.

Esto me ha dicho siempre el buen guía de mis tareas literarias.

Y a pesar de no echar en olvido tan útiles advertencias, los recuerdos de toda mi vida presente se agolpan en mi memoria, y el hombre de mi sueño se adelanta impaciente como si no quisiera esperar más tiempo.

Mi Espíritu, encontrándose más fuerte para la lucha, mira con menos temor a su pasado, y se decide por fin a comenzar el deslinde de los terrenos de su ayer, que hablando en sentido figurado, puede decirse que son tierras sembradas, las unas de zarzas espinosas, y las otras de trigo, semilla productora que da el manjar más necesario para el sostenimiento de la vida.

Las zarzas espinosas son mis vicios, la semilla productora mis buenas obras; mis virtudes, el trabajo de mi Espíritu, verificado, ¡Quién sabe cuántos siglos! Recorrer ambos campos le es necesario al hombre, cuando tiene valor suficiente para no amedrentarse ante el cúmulo de sus desaciertos y no llorar amargamente ante la insignificante suma de sus virtudes.

Es preciso, para hacer este examen de conciencia, tener el profundo convencimiento de que la esclavitud del alma, dura todo el tiempo que duran los vicios, y que no hay buena acción que no tenga su recompensa.

Que no hay santos que no hayan sido antes pecadores, y que no hay criminal que no pueda ser mañana un modelo de virtudes.

Hay que desterrar del ánimo la humillación del que se cree inferior a todos, y al mismo tiempo, la ciega confianza en la protección de tal o cual santo, o guía espiritual que le sacará a flote en las borrascas de la vida.

Es indispensable hacerse cargo de que nadie puede decir a otro: “Tú eres el más culpable de todos o el más bueno y justo”, porque cada Espíritu es un mundo, y no hay explorador que en él descubra todo cuanto encierra; sólo una mirada podría penetrar en su fondo, la de Dios, y como Dios no necesita mirar para ver, las demás, por profundas e intencionadas que sean, no descubren más que la superficie.

El juicio que forman un hombre de otro es a veces tan equivocado, tan absurdo, tan erróneo, que hay muchos que mueren ajusticiados bien inocentes del crimen que se les imputa, habiendo a veces cometido otros que han quedado envueltos en el misterio más impenetrable.

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