“El resto de aquella existencia lo empleé en perseguir a Ludovico, que siempre la fatalidad alejó de mí.
Y en mis últimos momentos dije:
-Si hay Dios, si hay otra vida, juro que iré al infierno a buscar al miserable que me robó tan villanamente mi felicidad”.
“Cuando me desperté en el espacio, cuando me convencí de que la vida era eterna, ¡Tuve un placer inmenso, inexplicable!, Porque podía perseguir eternamente al infame que me había hecho tan desgraciado”.
“A Sara la vi siempre desde muy lejos, a Raquel no la veía, pero oía su voz, que llegaba hasta mí, diciéndome dulcemente:
-Perdona como yo perdoné”.
“Pero yo no podía perdonar.
Mientras más tiempo pasaba, el veneno del odio más fermentaba en mi corazón y le hice todo el daño que pude al que me hundió en el abismo de la más horrenda desesperación.
La voz de Raquel siempre me decía que perdonara, pero me era imposible, no estaba en mí, mi odio era superior a todo. Raquel me decía:
-Al crimen sigue la expiación, compadécele, ¡Tiene que llorar tanto! ¡Desdichado de él!”
“Al fin, ¡Oh, qué placer!… Me vi cerca de Ludovico, supe que volvía a la Tierra con la hopa del ajusticiado, pues animaría con su aliento el débil cuerpo de una mujer, y como buitre ansioso me coloqué junto a la cuna de una pobre niña que iba a cruzar el mundo como lo cruzan las hojas secas.
Sí, Amalia, no te he abandonado un solo instante… pero… no estabas sola, te rodeaban espíritus amigos, y cuando tu madre dejó ese mundo, te envolvió con su fluido y con su amor, siendo su voluntad tan potente, que tenía que contentarme con enviarte el efluvio de mi odio desde una distancia inmensa”.
“Tanto has llorado, tanto has sufrido, tan sola y desamparada te has visto, tan desventurada has sido en todas tus afecciones, tan íntima, tan profunda, tan desconsoladora es la soledad de tu alma, tantísima sed tienes de cariño y tan secas están las fuentes a donde acudes, pues por mucha agua que tengan, cuando tú llegas, no encuentras ni una gota pata ti, que al ver la incesante lucha que has sostenido con la miseria, con la amenaza terrible de quedarte ciega, con la incertidumbre que te atormenta de no saber cómo acabarás tu existencia, luchando por el sostenimiento de tu vida en medio de innumerables contrariedades, de esas que más hieren, que más a fondo penetran.
¡Tú!… Espíritu aventurero, amigo del placer sin encontrar valla a sus antojos, acostumbrado, si no precisamente a la riqueza y a la opulencia, en cambio sí a la independencia y a la abundancia que reina entre aquellos que no se preocupan del porvenir, que viven sin calcular, hoy trabajas y tu trabajo no te da lo suficiente para vivir, y eres uno de tantos mendigos disfrazados que constantemente tienen que pedir el pan de cada día, y con esto, ¡Cuánto sufres!…”
“Tan acerbo es tu sufrimiento, tan humillado se encuentra tu Espíritu, que si no fuera porque te rodean tus protectores del espacio, inclinarías la cabeza pidiéndole a Dios fervorosamente que te concediera el sueño eterno; tanto te asusta la continuación de la vida que quisieras dejar de ser.
El tormento de tu actual existencia, parecido a la gota de agua que si cae continuamente horada la piedra, ha horadado la roca de mi odio.
Y si en tu niñez me acerqué a ti, para dejar en tu mente un recuerdo terrorífico, imperecedero, y si en tu juventud inspiré a una pobre demente (Que me sirvió de médium) para hacer llegar mi voz hasta ti y entonces gozaba en hacerte sufrir, con marchitar todas tus ilusiones y truncar todas tus esperanzas, con el transcurso del tiempo se ha ido extinguiendo el fuego de mi odio.
Cuando he visto desaparecer tu juventud sin haberte creado una familia, cuando la nieve de los años deja caer sus copos sobre tus cabellos, cuando ya para ti no hay esperanza de gozar las dulzuras de la maternidad, y al mirar tu pasado, tienen que llenarse tus ojos de lágrimas, cuando la tierra ya no puede darte más que hojas secas, cuando tu cuerpo decae y crees que en todas partes estorbas, cuando tu dolor es más inmenso porque tienes la certidumbre de haber cometido innumerables villanías, el agua de tu llanto ha sido tanta, que ha conseguido apagar la hoguera de mi odio, y en prueba de ello te he dado mi franca comunicación para despedirme de ti.
No me encuentro aún con la generosidad suficiente para devolver bien por mal, pero me alejo de ti entristecido y fatigado”.
“Raquel, en cambio, está muy cerca de tu madre, y como ella, te alienta y te dice amorosamente:
-Avanza, no desfallezcas, no te humille la culpa, que ésta se borra difundiendo la luz de las verdades eternas.
No hagas propósitos de enmienda cruzándote de brazos y asustándote de tu pequeñez, que el arrepentido que no trabaja es un Espíritu cobarde, sin dignidad, que hipócritamente se degrada.
Quien mucho ha pecado es el que está obligado a trabajar, a buscar su regeneración en la práctica de las virtudes.
Si no le quieren los justos, le querrán los pecadores; si le desdeñan los ricos, le acogerán los pobres; si no le atienden los sabios, le buscarán los ignorantes.
Cuando el Espíritu quiere trabajar, hasta en los desiertos parece que brotan generaciones espontáneas que le dicen: ¡Habla! Conviértete en maestro, que millones de discípulos aguardan tus enseñanzas y esperan tus instrucciones”.
“Esto te dicen tu madre, Raquel, y otros espíritus cuya misión es servir de guía a los desterrados en los mundos de expiación”.
“Adiós, Amalia. Tu existencia expiatoria no ha sido estéril.
Verdad es que los pequeñitos no te han dicho madre, pero ya te lo dicen los que lloran, y sobre todo, en la continuación de tu eterna vida tienes un enemigo menos.
Y tú no sabes aún lo que esto significa, porque un enemigo implacable se adquiere en un momento de extravío, y a veces para extinguir su odio no bastan miles de siglos”.
“Alégrate, pobre Espíritu, y di con la satisfacción del obrero que ha ganado a conciencia el jornal de una semana: ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias, buenos espíritus! Aquellos que me inspiráis, que me alentáis, que me allanáis el camino del progreso, porque por vuestras enseñanzas y consejos tengo… ¡Un enemigo menos!…”
Al concluir el anterior relato parece que me quitan de la cabeza un casco de hierro candente.
¡Cuánto he sufrido al escribir esta comunicación!
Ha habido momentos que he dejado la pluma y he pensado no concluirla, he buscado distracción, pero al llegar la noche escuchaba una voz que me decía: “Llega hasta el fin… que no hay trabajo sin recompensa” y en verdad que mi sufrimiento me ha proporcionado después un goce que yo no podía esperar.
¿Qué mayor placer para un Espíritu del temple del mío, que adquirir la certidumbre de tener un enemigo menos?
¡Yo, que sólo anhelo ser querida! ¡Yo, que quisiera poseer riquezas fabulosas para levantar ciudades higiénicas con casas modelo, y que en ellas habitaran los que hoy viven muriendo en tugurios insalubres!… ¡Yo, que crearía Casas de Salud para ancianos desvalidos, donde madres de familia se encargaran de alegrar sus últimos días! ¡Yo, que levantaría magníficos edificios rodeados de hermosos jardines, para que los niños, vigilados por buenos profesores, pasaran horas felices en medio de las flores, de las aves, de lo más bello, de lo más encantador que nos ofrece la pródiga Naturaleza!… Y todo esto lo haría para obtener en premio de mis afanes y desvelos una caricia de los niños y una mirada afectuosa de los ancianos.
Ser amado…No concibo mayor felicidad.
He aquí la razón por la que al saber que uno de mis enemigos deja de odiarme y comienza a compadecerme, siente mi alma, no esa alegría ruidosa de las efímeras dichas de la Tierra, sino ese goce íntimo, profundo, inexplicable, que se apodera del Espíritu, cuando después de trabajar mucho tiempo hondos surcos en la tierra endurecida, ésta le ofrece los tesoros inapreciables de la fecundidad que guarda en sus entrañas, diciendo las flores que preceden al fruto: “Dame sana semilla, que yo te daré ¡El pan de la vida!”
Pan ha encontrado mi Espíritu, que hambriento de progreso y sediento de amor trabajará cuanto le sea posible, no con la esperanza de ser amado ahora, mas sí con el íntimo y racional convencimiento de que cuando no tenga enemigos implacables, brillará en el cielo de mi vida, ¡El Sol de la felicidad!
Amalia Domingo Soler