Mi Espíritu está muy disgustado de sí mismo.
Sin creerse un criminal incorregible, comprende que ha perdido un tiempo precioso.
Verdad es que la consumación de los siglos no llegará nunca, que ante la eternidad de la vida, toda cifra que represente una cantidad, por unidades que ésta tenga, siempre resultará de un valor insignificante, junto a la serie de cantidades que sólo un matemático podría sumar, ¡Dios!
Pero al dolor, no hay que darle vueltas, dolor es; y el Espíritu que se incline al bien, tiene la inmensa ventaja de no sufrir las consecuencias ineludibles del mal hecho a los demás.
En medio de mi descontento, reconozco en mí el vehemente deseo de progresar.
No tengo grandes medios para ello, porque me falta el talento del sabio, la virtud del justo, la salud del fuerte y la riqueza del millonario, pero a pesar de carecer de lo más necesario para enseñar con la palabra y edificar con el ejemplo quiero salir de la esclavitud, quiero ser libre para ser grande, y como anhelo conquistar mi libertad, trabajo, y al trabajar me conquisto simpatías en la Tierra y en el espacio, donde tengo muchos seres amigos que me inspiran y me dicen: “Todo trabajo es útil. Tanto vale el nido de las águilas al que no llega la mirada del hombre, como el que hacen las hormigas debajo de la tierra”.
En esta presunción me atrevo a mirar frente a frente a mi pasado, y evocando al Espíritu que desde mi niñez me persigue, le pregunto sin el tono humilde que degrada, ni la arrogancia del que no reconoce sus yerros, sino con la serenidad del que se encuentra dispuesto a pagar sus deudas: ¿Por qué me odia? ¿Por qué se complace en mi tormento?
Una sacudida violenta en todo mi ser, me indica que mi enemigo me envuelve con su fluido, pero la sensación dolorosa que me produce su influencia, le sucede un profundo abatimiento, cesando el malestar, y tranquilamente dejo correr la pluma, que hace líneas de puntos suspensivos.
Después comienza el Espíritu su relación.
“¡Cuánto puede el tiempo! ¡Cuán poderosa es su acción! ¡Cuán eficaz su enseñanza! El tiempo es el regulador de la Naturaleza y él ha regulado mis ideas, mis anhelos, y ha hecho de un desesperado, un ser, sino tranquilo, al menos resignado”.
“Soy uno de tus muchos enemigos, mejor dicho, lo he sido, porque hoy me alejaré de ti para siempre, para siempre se alejará mi odio. En cambio, no sé cuándo y en qué forma se reanudarán nuestras relaciones, pues estoy viendo (con el mayor asombro) que los enemigos más implacables se unen en la Tierra con los lazos más estrechos para borrar la mancha de los crímenes con el divino llanto del amor”.
“Te he odiado porque me arrebataste la felicidad por medio de la traición más infame y la ingratitud más imperdonable, y durante algunos siglos me ha devorado la sed de venganza que el tiempo ha saciado con tu expiación”.
“Antes de conocerte, yo era feliz, de condición humilde, vivía tranquilo en un rincón del mundo. Una mujer hermosa, sencilla y buena llenaba mi hogar con su presencia y mi corazón con su amor: Una niña preciosa de rubia cabellera, de blanca tez, de ojos azules (los ojos más hermosos que yo he visto en la Tierra), era el nudo de aquel lazo bendito.
Sus brazos no se enlazaban a mi cuello sin que a la vez no abrazara a su madre, y unidos de esta suerte vi transcurrir 17 años: ¡Qué años tan felices!… ¡Cuán pronto pasaron!… ¡Con qué rapidez huyeron!… Ni la riqueza me proporcionaba sus goces superfluos, ni la pobreza la escasez de la miseria.
Mi trabajo bien retribuido y una pequeña renta que me daban algunas tierras, todo en conjunto sumaba lo suficiente para vivir con desahogo sin llegar a la abundancia”.
“Mi casa verdaderamente era un cielo sin nubes, mi hija la alborada de un día sin noche, su madre, el sol de aquel eterno día. Jamás en la Tierra habían estado unidas tres almas con lazos tan estrechos.
Era nuestra dicha completa en absoluto, porque no temíamos perderla. Sencillos y confiados, no éramos avaros de nuestra felicidad, no la escondíamos a las miradas de los extraños, mi humilde tienda era el punto de reunión de todos los desocupados de la ciudad, como a la vez de hospedería de los peregrinos fatigados.
Lo mismo reposaba en mi hogar el rico que el pobre, el fraile de burdo sayal que el trovador con su ropilla de terciopelo, el bufón con su traje de titiritero y el guerrero con su pesada armadura.
Todos eran bien recibidos, porque un hombre feliz es benévolo, es confiado, lo ve todo bajo el prisma de su felicidad. La felicidad es semejante al Sol, que siempre difunde sus rayos y con ellos luz y calor, y rayos de vida difundía la inefable dicha que reinaba en mi hogar”.
“Una noche, cuando ya me disponía a entregarme al descanso, sentí en la calle voces confusas y choque de aceros, después el ruido sordo que hace un cuerpo al caer en tierra, y sin pensar en lo que hacía, atendiendo únicamente a la compasión que sentía mi alma, abrí la puerta y vi a un hombre en el suelo que trataba de incorporarse, pero sus esfuerzos eran vanos porque estaba gravemente herido.
Conseguí arrastrarle suavemente hasta dejarlo dentro de mi tienda, cerré la puerta porque era tiempo de revueltas y asonadas, llamé a mi compañera, y Sara acudió presurosa seguida de Raquel, nuestra hija del alma.
Los tres nos apresuramos a curar al herido, que se desangraba por momentos, Sara y Raquel eran maestras en el arte de curar, y en aquella época de continuas escaramuzas políticas y religiosas era lo más común que los individuos de dos bandos se encontraran y probaran las excelencias de sus opiniones peleando con bravura.
Más de un fugitivo me había pedido hospitalidad, más de un reo de Estado se había escondido en mi humilde vivienda; y al burlar a la justicia tenía yo un placer inmenso”.
“En aquella época también había ortodoxos y librepensadores, yo era de estos últimos y me complacía en amparar a los que soñaban con las libertades patrias. No era hombre de acción para batirme en campo abierto, pero atendía a todo aquel que defendía mis ideales. En dos bandos estaban los que luchaban por la patria y por la religión, los rojos y los azules, a estos últimos pertenecía yo en cuerpo y alma. El herido que entré en mi tienda llevaba en su jubón la escarapela azul. Era mi hermano en ideas, era un miembro de mi gran familia, era un defensor de la libertad”.
“Le coloqué en un lecho y no le pregunté de dónde venía; víctima o verdugo, era de los míos. Cuando pudo hablar, me contó que había roto los hierros de su prisión burlando la vigilancia de sus guardianes, que iba a reunirse con sus compañeros de armas y fatigas, cuando un pelotón de los rojos le rodeó para acabar con su existencia, le creyeron muerto y huyeron de la ronda.
Sara y Raquel se interesaron vivamente por el herido, porque era joven y hermoso, y porque se llamaba como un hermano mío que murió en nuestros brazos, Ludovico, que había sido el compañero de Raquel en sus primeros años”.
“Con una discreción a toda prueba, alejaron toda sospecha de que tuviéramos un huésped tan peligroso, pues Ludovico era uno de los jefes revolucionarios de aquella época. Simpaticé con él por muchos motivos: al ser más joven que yo, me parecía que había resucitado mi hermano más querido.
Sara le encontraba un gran parecido y Raquel confesaba ingenuamente que creía que había vuelto el compañero de su niñez, que aunque de más edad que ella, habían jugado juntos y Ludovico era como él, dócil, complaciente, cariñoso. ¡Cuán ciego fui que no vi el abismo que a mis pies se abría!”
“Ludovico salía por la noche a conferenciar con sus compañeros. Una noche…salió, salió…¡Para no volver! Supe después por uno de sus compañeros que se había marchado y que probablemente nunca más volvería por la antigua ciudad donde estuvo a punto de morir.
Cerca de tres meses estuvo Ludovico en mi hogar, yo le quería con toda mi alma. Su valor, su juventud, los ideales que inflamaban su mente eran los míos. De fácil palabra, atrevido en sus planes, de vida aventurera, me inspiraba esa admiración que se siente por todo aquello que uno no es capaz de llevar a cabo. Le creía un niño abandonado que sería un héroe del porvenir, sencillo en su trato, cariñoso y respetuoso; nunca pasó por mi mente la idea de que Ludovico pudiera dejar de sí un reguero de lágrimas”.
“Mientras conservamos la esperanza de que volvería nuestro querido huésped, Sara y Raquel no manifestaron toda la angustia que llenaba su corazón de amargura, pero cuando exclamé: ¡Qué ingrato ha sido!… ¡Ya no volverá!… Mi Raquel, la hija adorada de mi alma, el ángel que Dios me había enviado para que yo creyera que el Paraíso era una verdad, puesto que uno de
sus habitantes estaba cerca de mí, la niña mimada que no había tenido más cuna que mis brazos, que me llamaba en sueños sonriendo como sonríen los bienaventurados, y me acariciaba despierta, que me encantaba con sus amorosísimas palabras, porque siempre me decía:
-Yo no quiero que te mueras porque sin ti… ¡Yo no podría vivir! ¡Yo creo en Dios, porque sólo Dios puede crear a un padre como tú!…”
“Pues bien, mi Raquel, al oírme decir: ¡Qué ingrato ha sido!… ¡Ya no volverá!… Tenía sus manos cruzadas sobre mi hombro y los ojos medio cerrados, los cuales abrió desmesuradamente, me miró sin ver, sus brazos se aflojaron y cayó como herida de un rayo.
Sara y yo nos miramos espantados, cogimos a nuestra hija y nuestras lágrimas bañaron su semblante cadavérico.
¡Qué momentos! ¡Qué horas tan horribles!… Raquel estaba como muerta, su cuerpo rígido, sus ojos cerrados, sorda a nuestros ruegos, permaneció muda mucho tiempo, ¡Muchos días! Vinieron médicos y la ciencia se confesó impotente”.
-“No está muerta, (decían aquellos sabios) respira, mira y no ve, no habla, no oye…”
“Al fin una noche lanzó un grito, pronunció un nombre, pero, ¡Ay! ¡No nos llamó ni a su madre ni a mí!…Llamó a Ludovico, se incorporó extendiendo sus brazos como si le buscara para estrecharle contra su corazón, dirigiéndole las frases más tiernas y más apasionadas.
Sara, al escucharla, se levantó como una leona herida, y yo, sin poderme explicar la causa, la miré y cerré los ojos, porque leí en su semblante lo más horrible, lo que no quería comprender, lo que constituiría mi mayor desgracia, ¡Mi deshonra!…”
“No vi en el movimiento de Sara el dolor de la madre, vi, por el contrario, el despecho, la ira de la mujer celosa y engañada. La cogí frenético y le dije:
-¿Qué has hecho de mi nombre, desgraciada?… Ahora no eres la madre llorando ante su hija, eres la rival de esa inocente. ¡Dímelo todo! ¡Habla!… Si no hablas, te mato, ¡Habla!… Dame tiempo para no dejar a nuestra hija sin madre”.
“Sara me miró, se llevó las manos a la frente como si quisiera coordinar sus ideas, miró en torno suyo como si buscara a alguien y exclamó en el colmo de la desesperación:
-¡Maldita sea!”
“La madre de mi hija, la mujer que desde niña me había querido con toda su alma, la que yo coroné de flores y la llevé ante un sacerdote para que bendijera nuestro amor, la que durante 17 años había hecho de mi casa un paraíso, perdió la razón.
Su confesión… no pudo ser más explícita”.
“Raquel recobró el habla, la vista, el movimiento.
Refugiada en mis brazos, me contó que Ludovico le había jurado amarla eternamente, que ella le creyó y fue suya la víspera de su marcha”.
“Ver a su madre loca la desesperaba, porque creía ser ella la causa de tan inmensa desventura.
La dejé en su creencia para que amara la memoria de su madre, que sucumbió dos meses después llamando y maldiciendo a Ludovico”.
“A su debido tiempo, mi Raquel dio a luz un niño muerto, y ella se fue tras él, diciéndome al morir:
-Perdona a Ludovico como yo le perdono”.
“Los ángeles perdonan, los hombres odian, y en la tumba de Sara y de Raquel juré odiar eternamente al que con tan negra ingratitud pagó mi franca hospitalidad y la ciega confianza que me inspiró”.