Qué inefable beatitud y qué dulce calma, se apodera de mi alma, cuando el bien y la virtud me inspiráis; la gratitud inunda todo mi ser de un inefable placer, tan inmenso y tan profundo, que no hay frases en el mundo para hacerlo comprender.

Cuando el alma dolorida no encuentra a su mal remedio, cuando nos abruma el tedio, ¡Cuánto nos pesa la vida…! Cuando miramos perdida nuestra postrera ilusión, y la última decepción hace el corazón pedazos… Cuando se rompen los lazos que ataban nuestra razón.

Entonces nuestra memoria, crónica fiel del pasado, que los hechos ha guardado de nuestra doliente historia, va presentando la escoria de todo cuanto pasó, y ¡Ay! De aquél que nada vio que en su ayer le sonriera; ¡Ay! De aquél que en su carrera nunca reposo encontró.

¡Desgraciado!, ¡Cuán pesada se hace entonces su existencia!

Sin recuerdos, ni creencia ¿Qué le resta al hombre?

– ¡Nada! Para seguir su jornada le falta aliento, vacila; duda de todo, y oscila su quebrantada razón, y falta la refracción en su apagada pupila.

¡Cuán triste es vivir así…! Así viví en mis enojos, que todo ha tenido abrojos en el mundo para mí; ¿Por qué en la Tierra nací…? ¿Por qué mi existencia fue, sin esperanza, sin fe, y todo lo vi sombrío, y la copa del hastío en mi dolor apuré?

Mil veces me he preguntado el porqué de este problema; he sentido el anatema pero su causa he ignorado; porque al ser por mí juzgado mi sentimiento, no hallaba una razón, y pensaba en todo… menos en Dios; y tras de un algo iba en pos; ¡Algo que nunca alcanzaba…!

Y como hoja sacudida por rugiente vendaval, seguí la senda fatal que nos hace odiar la vida; y sin punto de partida este mundo fui cruzando, al espacio preguntando ¿Cuándo llegaré a la cumbre…? Mas mi misma pesadumbre me iba al abismo empujando.

Hasta que una voz oí, que me hizo quedar cautiva; porque dulce y persuasiva me dijo: “Apóyate en mí, ven conmigo, para ti soy el bíblico Jordán, donde los sedientos van para calmar su fatiga: escucha mi voz amiga y tus penas cesarán”.

“Yo te diré lo que has sido, cambian de forma los seres, no fuiste lo que ahora eres por más que siempre has vivido; el Espíritu, aturdido se suele a veces quedar; pero vuelve a despertar y sigue, sigue adelante, por ver si puede triunfante alguna vez exclamar”.

“Átomo en el orbe fui de sutilísima esencia, que plugo a la providencia fijar su mirada en mí.

Aliento a los cuerpos di, por mí vivió el mineral, por mí el reino vegetal tuvo su poética historia; y le di al bruto memoria; he hice al hombre racional”.

“Y al hombre con su razón hice agricultor y artista, y de conquista, en conquista, llegó a la emancipación.

Y a la civilización hice que le alzara altares, y en los montes y en los mares le dije, posa tu planta y camina, adelanta, y búscate nuevos lares”.

“Yo gemí con la mujer, yo di vida a su sonrisa, yo la hice sacerdotisa del amor y del deber; yo al hombre impulsé a creer, purifiqué su organismo porque se miró a sí mismo, y le asustó su miseria, y quitó de su materia la lepra del egoísmo”.

“Y en ángel ya convertido, libre, ligero y gentil, de una materia sutil formé mi eterno vestido.

Del progreso indefinido sigo la senda bendita en mi carrera infinita voy difundiendo la luz; y ayudo a llevar la cruz a la humanidad proscrita”.

“Esta es la misión del hombre, la suprema perfección; de tu regeneración eres dueña, no te asombre; puedes conquistar un nombre; ten para ello voluntad, de la santa caridad y de la ciencia, ve en pos, y ya encontrarás a Dios en la luz de la verdad”.

Yo que en nada había creído, yo que en nada había esperado, yo que el mundo había mirado como un paraje del olvido; al saber que hemos vivido, que hoy vivimos, y mañana vivirá la raza humana por sí sola engrandecida, miré un edén en la vida, y adoré la fe cristiana.

Más a pesar de mi fe, a pesar que la razón me da la fiel convicción que a ser grande llegaré; cuando pienso… no sé qué…, cuando en triste vaguedad, mi mente, en la soledad y en el silencio se abisma y me pregunto a mí misma, mi loca temeridad.

Me dice con triste acento:
“Llora, pobre ser perdido, que por nadie repetido, será tu postrer lamento. Cual hoja que lleva el viento irás cruzando la Tierra que para ti nada encierra que te halague y te sonría; ¡Llora en tu eterna agonía; llora, que Dios te destierra!”

Y lloro en mi amargo duelo con un dolor tan profundo, que no encuentro en este mundo para mis penas consuelo; y con afanoso anhelo, voy en pos de lo inmovible con una angustia indecible… con tan extraño delirio… que acreciento mi martirio… ¡Oh! De un modo inconcebible.

Y cuando ya fatigada mi pobre cabeza inclino, contemplo mi camino y mis ojos no ven nada; cuando mi eterna jornada la miro y me causa espanto, cuando sufro tanto… tanto…, que ni tierra halla mi planta, murmura un eco “levanta que yo enjugaré tu llanto”.

Y entonces fieles amigos a quienes oigo anhelante, me dicen con voz amante: “perdona a tus enemigos, de tus dolores testigos todos tus hermanos son, y con justa abnegación todos tienen para ti, amor del que no hay ni la más leve noción”.

Te quieren de una manera tan grande y apasionada, que en ti fijan su mirada; en la humanidad entera, nunca el hombre en su carrera solo se encuentra, jamás; siempre adelante y atrás encontrará quien le guíe; “alienta, vive y sonríe, ten valor y llegarás”.

“¡No desfallezcas, la vida es noble, de Dios hechura; momentánea es la amargura, la ventura indefinida! Con un amor sin medida engrandece la existencia, que la sabia providencia tiene cuidados prolijos, con aquellos de sus hijos que aman el bien y la ciencia”.

Cuando escucho estas razones, siento un placer tan intenso, tan profundo, tan inmenso, que nunca mis expresiones pintarán las sensaciones que agitan mi corazón, no; no hay significación en la Tierra todavía, es pobre la fantasía y es árida la razón.

¡Espíritus!… ¡Consejeros de mi razón conturbada! Cuando yo tenga saldada mi cuenta, y pueda ir a veros, cuando deje estos senderos que con mi llanto regué, entonces sí que os diré lo que al oíros sentí; hoy sólo puedo, ¡Ay de mí!… pediros aliento y fe.

Fe y aliento necesito, no me dejéis, os lo ruego; sin un guía ¿Qué hará el ciego…? Como leproso maldito, como mísero proscrito, por la Tierra vagará; y aunque de ese más allá… muchos tienen intuición, por vuestra predicación, sabe el hombre a donde va.

¡Espíritus!… a instruir estáis llamados, el mundo con un estupor profundo os escucha, el porvenir a vosotros definir os toca; entrar en acción, nuestra regeneración no pedimos a vosotros; pero sí que unos y otros trabajemos en unión.

Tenemos libre albedrío, pero siempre un buen consejo, le sirve al joven y al viejo, en vuestro amparo yo confío, cuando comprendáis que el frío del desencanto, mi ser entumece; y que a caer voy por mi culpa en el lodo, habladme del Todo y volveré a renacer.

¿Verdad que lo haréis? Sí, sí; vosotros sois nuestros guías, vuestras sabias profecías que encuentren un eco en mí; yo quiero salir de aquí, y para eso es necesario, que mi cruz hasta el calvario la lleve; su enorme peso, si lo aligera el progreso, llevadme a su santuario.

Llevadme, sí; yo os lo imploro, espíritus invisibles, vuestros brazos intangibles tendedme, y en dulce coro al Dios que adoráis y adoro, alcemos una oración, para que su redención alcance la humanidad; y así tendrá la verdad el cetro de la razón.

¡Espíritus! Venceremos si nuestras fuerzas unimos, si mutuamente pedimos, la victoria alcanzaremos. Todos compactos haremos un milagro sin rival; el adelanto social será nuestro capitolio y pondremos en un solio al progreso universal.

Derribemos las fronteras que hoy separan a los mundos, y los océanos profundos convirtamos en riberas: donde eternas primaveras tiendan sus mantos de flores, y astros de vivos colores presten calor a las almas, y a la sombra de las palmas no haya esclavos ni señores.

¡Espíritus! ¡Cuán hermosa y cuán noble es nuestra idea! ¡Atrás la incendiaria tea…! ¡Atrás la opresión odiosa…! Ya la ignorancia reposa en su enlutado ataúd, y llena de juventud se presenta la igualdad, que dice: “Ante la verdad, sucumba la esclavitud”.

Sí, espíritus; que sucumba, que siegue su cuello el tajo del amor y del trabajo de este mundo, y de ultratumba; y el zángano que no zumba nuestro modelo jamás; nunca quedemos atrás; sigamos siempre adelante, la lucha no nos espante, que el que lucha alcanza más.

Siglos tras siglos, tenemos mil y mil encarnaciones, planetas en formaciones que en edenes trocaremos; y otros globos destruiremos, y la eterna construcción de la civilización, nunca, nunca cesará, porque Dios siempre tendrá nuevos mundos en fusión.

¡La eternidad de la vida…! ¡La eternidad del deseo! ¡El eternal himeneo de Dios con su prometida…! Con esa mitad querida que es la esencia de su Ser, ¡Esa universal mujer llamada Naturaleza! ¡Destello de su belleza…! ¡Reflejo de su poder…!

¡Espíritus inmortales! Capítulos de la historia somos; sigamos con gloria nuestros destinos fatales.

Démonos en nuestros males consuelo, sea nuestra unión áncora de salvación de la vieja humanidad, que encuentre en la eternidad la tierra de promisión.

Amalia Domingo Soler

La Luz Del Espíritu