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Hace algunos días que, buscando reposo para mi intranquilo Espíritu, salí al campo, donde siempre encuentro algo que admirar, algo que me haga pensar en la grandeza de Dios, manifestada en la naturaleza.

Me senté al pie de un álamo y maquinalmente miré a un árbol seco que había cerca de mí; su tronco, ennegrecido y carcomido por el tiempo, tenía grandes y retorcidas raíces, que salían a flor de tierra; sus ramas, sin hojas, se inclinaban tristemente al suelo; y tres o cuatro chiquillos arrancaban una pequeña parte de su seco y abundante ramaje.

No sé cuanto tiempo hubiera durado aquel desmoche, si no hubiese aparecido una anciana, que puso en precipitada fuga a los pequeños leñadores.

La mujer me saludó con esa afabilidad con que suelen saludar los campesinos, y se sentó cerca de mí, diciéndome:
-¡Jesús!… ¡Y qué malas entrañas tienen los chiquillos! La han tomado con este pobre árbol, que era el predilecto de mi abuelo, y todos los días han de venir a destrozarlo.

-¡Qué quiere usted… del árbol seco todos hacen leña.

No son únicamente los niños los que se ocupan en destruir lo que el tiempo derrumba.

-Ya lo creo: decía mi padre (que en gloria esté) que los viejos eran también árboles secos, y que todo el mundo se creía con derecho para desecharlos y negarles protección.

-Exacta comparación la de su padre: entre un anciano y un árbol seco hay perfecta semejanza.
-¡Sí la hay!… Yo lo se por experiencia.

Mire Ud. mi padre era uno de los hombres más honrados que he conocido: entró de diez años en una fábrica de tejidos de algodón, y allí estuvo cincuenta años.

El día que cumplió los sesenta, le dijo un sobrino del amo, que hacía de mayordomo:
-“Jerónimo, ya estás muy viejo; ni tienes fuerzas para trabajar, ni vista para vigilar a los trabajadores, así que, toma cinco duros y vete con tu hija, ayudándola con lo que te den en la puerta de alguna iglesia; que la caridad no abandona a nadie”.

Mi padre se le quedó mirando y le rechazó los cinco duros.

-“Guárdese usted ese dinero, (le dijo) que le hará más falta que a mí: los arboles secos no necesitan que nadie los riegue”.

-Le volvió la espalda, salió de la fabrica y se vino a mi casa llorando como un niño…. Un mes después estaba en el campo santo.

Mi marido, mi hijo y yo hicimos por distraerle cuanto nos fue posible; pero nada conseguimos; a nuestras cariñosas demostraciones, siempre respondía con estas palabras:
-“Hijos míos, los árboles secos no dan sombra; nada puedo hacer por vosotros, que sois pobres y necesitáis de amparo, dejarme morir”… Y murió de pena.

Yo la tuve tan grande, y le tomé tal odio al matador de mi padre, que un día le esperé a la puerta de la fábrica y le dije al verle salir: Dios permita que llegue Ud. a ser muy viejo y más pobre que mi padre, éste ha muerto en mis brazos, y el que muere en brazos de una hija no muere desamparado; a usted sus hijos le abandonarán, y será usted el árbol seco del que todos harán leña…Y mire Ud., se ha cumplido mi deseo.
-¡Sí!…
-Ya lo creo; por fuerza habían de obtener este resultado, las fervorosas plegarias que, para lograrlo, elevaba todos los días a Dios y a la Virgen de la Soledad.
-¿Y vive aún este fabricante?
-Sí señora, pero ya no es fabricante ni es nada; su tío se casó y le puso de patitas en la calle, si bien le dio un pequeño capital, que no tardó en perder.

Murió su esposa; sus dos hijos se fueron a América y no se ha vuelto a saber de ellos.

Él se ha quedado medio ciego; vive de limosna, y cuando algunas veces le encuentro, le doy dos cuartos y le digo:
-Tome Ud. se los doy en memoria de mi padre, de Jerónimo, de aquel pobre viejo a quien Ud. ocasionó la muerte.

– ¡Dios me ha oído!…
-Y él, ¿Qué contesta?
-Nada, se calla como un muerto.

¡Qué quiere Ud. que diga, si sabe que la razón me sobra, no lo digo para alegrarme de su daño, sino por haberme tomado la Justicia por mi mano!

Porque mi padre estaba bueno, sano ágil, cumplía con su obligación, y aquel hombre le mató con despedirle de la fábrica que era su mundo.

Allí conoció a mi madre; allí se casó; allí bautizó a sus hijos; allí enterró a su esposa; y allí pensaba morir rodeado de sus compañeros; y de pronto se vio en la calle por el solo delito de ser viejo… eso, señora, ¡Es tan triste… que hay para morirse de pena!.

Y por el arrugado semblante de la anciana rodaron abundantes lágrimas en memoria del autor de sus días.

-Usted, aunque cuenta sus años, se conoce que no es árbol seco.

-No, señora; mi marido es colono de una quinta inmediata; tengo hijos y nietos, todos están en mi casa y vivo bien; pero el recuerdo de mi padre siempre me persigue, siempre, lo mismo que el de su matador, cuyo mal tanto me alegra; me alegra y me entristece a la vez, no sé porqué.

Hace pocos días le vi, le di limosna, y como él apenas ve, no me conoció ni yo me di a conocer: luego me arrepentí de no haberle recordado su infamia.

-No se tome semejante trabajo, créame Ud. su padre vive en la memoria de ese desgraciado.

-He hecho lo posible porque viviera.
-No era necesario; el remordimiento es un recuerdo imperecedero.
-¿Y cree Ud. que tiene remordimientos?
-Sí, señora; tan convencida estoy de que los tiene, como de que estamos hablando las dos.

El remordimiento es la cosecha del crimen.

Árboles secos llamaba su padre a los ancianos; árbol seco también es el criminal, no le quede a Ud. la menor duda, y árboles secos son todos aquellos seres cuyas intemperancias y malos procederes van creando el vacío en torno suyo.

La ancianidad es triste, muy triste; la paralización de las fuerzas vitales, la amarga experiencia de una vida dilatada, imprimen en el ánimo del anciano inexplicable melancolía; y cuando a esta tristeza natural se une el remordimiento, la vida es un horrible cautiverio, Dios, que es muy justo, no podría condenar al anciano, por serlo, a una doble esclavitud, la de la vejez y de la soledad.

La prueba la tiene Ud. en su padre y en el matador de su padre.

-Crea Ud. que no me he cansado de pedir la ruina del infame.
-Ese es el tiempo que Ud. ha perdido. Dios no escucha los ruegos de la venganza: si los escuchara, descendería hasta los mezquinos odios humanos; y Dios, todo luz y amor, no puede confundirse con la sombra y el deseo del mal.

Dios tiene sus leyes inmutables y éstas se cumplen en todos los tiempos, con todas las civilizaciones y todas las barbaries.

El que siembra vientos recoge tempestades; el que despoja, más tarde será despojado; el que calumnia, llega tal vez a ser victima de la ciega justicia de la Tierra, acusado de crímenes que no ha cometido ni pensado cometer.

-Me asombra lo que usted dice.
-Las leyes eternas establecidas en la creación desde que las humanidades viven en los mundos, son tan justas, que vengan a todas las víctimas de los abusos y los atropellos cometidos por espíritus débiles o malvados, que en su maldad se creen fuertes.

La fortaleza del malvado se asemeja a las burbujas de jabón que forma el niño.
-¿Y cree Ud. que todos los criminales son castigados, todos… todos?
-Todos, sí: ni uno solo se salva de sufrir la condena.

Y crea Ud. que en el bosque de la vida terrestre hay muchos árboles secos.

Para no verse Ud. como ellos, cuando encuentre al matador de su padre, al darle la limosna, dígale:

-Yo te perdono en nombre de Jerónimo; te encuentras convertido en árbol seco, y sobre tus muertas raíces yo debo arrojar la semilla de la caridad y el rocío de la compasión.

La anciana me miró con asombro y murmuró con tristeza:
-No sé por qué las palabras de usted me conmueven y tengo como ganas de llorar.
-Pues llore Ud.; ese llanto le hará un gran bien.
-¿Por qué?
-Porque sus lágrimas son el rocío del arrepentimiento, suavísimo para los corazones y refrigerante para las almas.

El que se arrepiente y perdona atrae sobre sí el perdón de sus faltas y las bendiciones del cielo.
La anciana no me contestó. Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas sin el menor esfuerzo, sin la más leve contracción: eran la esencia de un alma arrepentida.

¡Llanto bendito! Llanto que vino a enjugar una chiquilla hermosísima, de cinco o seis primaveras; que se arrojó en sus brazos, exclamando:
-Ven, que el abuelito te espera: ha cogido muchas naranjas, y quiere que tú las repartas.

La buena mujer se levantó sonriendo y diciendo a su nieta:

-“Dale un beso a esta señora”.

La niña me presentó su rostro sin soltar las faldas de su abuela.

En presencia de aquel cuadro, la ancianidad y la niñez enlazadas por el más puro de los amores, dije a la anciana:
-¡Dichosa Ud., que ha llegado a la vejez sin convertirse en árbol seco!…


Amalia Domingo Soler

La Luz Del Espíritu