Un lecho de flores

 

Que es justa y merecida bien lo creo, pero su enorme peso, ¡Cuánto abruma! ¡Querer volar en alas del deseo para encontrar la luz…La verdad suma!

Y encontrarse sujeto entre esas redes que no pueden romperse… ¡Dios eterno! ¿Resignarse a vivir entre paredes sufriendo las angustias del infierno?…Sin tener unos ojos que nos miren, preguntando al mirarnos ¿Por qué lloras? Sin tener unos labios que suspiren… ¡Qué lentas son las intranquilas horas!…Ver prodigar amores y consuelos, atenciones, dulzuras, cuánto anhela un alma, que angustiada por sus duelos, por hallar un afecto se desvela.

Ver el agua que brota de una fuente, (tener la sed ardiente del delirio), que para todos mana dulcemente, y para uno se cierra… ¡Qué martirio! Tormento es este, que en verdad confieso que me rinde, me abruma, me aniquila; tengo sed de infinito, de progreso, pero mi fuerza y mi valor vacila. Una tregua ¡Señor! Dadme un momento el agua del amor que necesito, la esencia de ese dulce sentimiento que le da patria al infeliz proscrito.

¿Patria quieres? ¿Acaso desterrado te parece que estás en tu locura? Vives en un error, ¡Desventurado! (así me habla una voz desde la altura).

Es tu patria el lugar donde te hallas, desterrado no estás del paraíso; nadie te ha levantado esas murallas; fue tu Espíritu ayer el que las quiso. Tú has sido el constructor de esa mazmorra donde tu ser en su dolor se agita; la mancha del ayer nadie la borra aquel que la produce, aquel la quita. Que te abruma el presente bien lo veo, (nunca fue la expiación carga ligera): ¡Ay! Del que vuela en alas del deseo y alguien le dice: ¿Dónde vas? Espera.

Hay que quitar las piedras del camino que ayer con atropellos levantastes; no es próspero ni adverso tu destino, es la obra que a tu antojo modelastes. No eres juguete, no, de hado funesto, no hay estrellas que den fatalidades; no hay más que llegar tarde o llegar presto a conocer las propias liviandades. No hay más que dominar de las pasiones la sed devoradora, eso es el todo; hacer frente a violentas tentaciones: ¿Con qué procedimiento? ¿De qué modo?. (Me pregunta tu mente acongojada) del modo más sencillo, contemplando los cuadros del ayer; ¿Que no ves nada? Pues ahora si verás; yo te lo mando.

Calló la voz misteriosa y algo acarició mi frente; sentí en ella un beso ardiente y mi ser se estremeció. Me pareció que volaba o que alguien me conducía; ¿Sentí pena? ¿Fue alegría? No sé lo que me pasó. Sin esfuerzo, sin fatiga, sin carrera prolongada, no sé si en larga jornada ancha senda recorrí.

Sólo sé que al ir mirando montes, praderas y valles, grandes plazas, puentes, calles, cuanto ante mis ojos vi. Todo me fue recordando episodios de mi historia, despertando en mi memoria impresiones del ayer. Mas hablando ingenuamente ¡Ay!… cuantos cuadros veía, ninguno me producía sensaciones de placer. No vi crímenes horribles, no vi testimonio falso, que por él, fuera al cadalso mi enemigo, o mi rival. No vi que por delaciones o por infames amaños, y miserables engaños causase yo a nadie mal. De esos crímenes que asombran, que causan horror y espanto, y que por ellos el llanto corre a raudales, no vi.

Pero en cambio, ¡Cuántos siglos perdidos en desaciertos! ¿Cuántas veces de los puertos de la salvación huí…¡Cuántos hogares tranquilos sus anchas puertas me abrieron! ¡Cuántas mujeres murieron llorando mi deslealtad! ¡Cuántos niños inocentes en los brazos de su madre, gritaban llorando: ¡Padre!… ten de nosotros piedad!. Y yo loco, delirante, tras de fáciles placeres, olvidando mis deberes al abismo descendí. Y en el juego y en la orgía iba mis horas pasando, en todas partes dejando triste recuerdo de mí. Y esto un año, y otro año, una vida y otra vida; ¡Cuánta inspiración perdida en impuro lupanar!… ¡Cuántos himnos consagrados a los báquicos placeres, a deshonestas mujeres y a los goces del azar!.

Pecador impenitente nunca pedí a Dios clemencia, porque ninguna creencia aceptaba mi razón.

Reconocía un algo grande, pero de mí tan lejano, que entretenimiento vano parecíame la oración. Creía que el hombre era polvo, que la muerte arrebataba; tras de sí no dejaba más que un recuerdo fugaz. Recuerdo que lentamente iba el tiempo evaporando, iba el olvido borrando y todo quedaba en paz.

Tan profundo descreimiento al vicio rinde tributo, es el que madura el fruto de la torpe corrupción.

Quien no cree en nada no teme, quien no cree en nada no espera; por eso en loca carrera me lancé a la perdición. Un siglo tras otro siglo siempre en inútil viaje, rindiendo al libertinaje, culto franco y pertinaz. Sin temores ni esperanzas, sin lucha ni desaliento, en el alma el descreimiento y la sonrisa en mi faz. Aventurero de oficio, pendenciero por costumbre, en mi hogar la pesadumbre reinaba por precisión. Porque con arranque rudo rompía del hogar las redes, causándome sus paredes invencible repulsión.

Tiene la justicia humana sus códigos especiales, condena a los criminales cuando han matado, a morir. Pero no tiene cadalsos para aquellos asesinos que se llaman libertinos y a todos hacen reír. Espíritus degradados que entre fáciles placeres, se olvidan de sus deberes, de su familia y su hogar. Malgastando su fortuna sin el menor sentimiento, sin que el arrepentimiento les haga reflexionar. Pues para estos criminales que no hay código en la Tierra, que a ninguno se le encierra en espantosa prisión. Porque deje a su familia a la miseria entregada, llorando desesperada sin consuelo en su aflicción. Para estos, que hacen más muertes que los bandidos de oficio, que le rinden culto al vicio, ¿Un castigo no ha de haber? El tormento que han causado a los que sus deudos fueron, y que de dolor murieron: (porque mata el padecer). ¿No tendrán culpas tan graves su castigo merecido? Aquel que a nadie ha querido cuando llegue a despertar.

¿Será digno de los goces que da el amor de los hijos? ¿De esos cuidados prolijos que se hallan en el hogar? ¿Será acreedor al afecto de una familia amorosa? Sus sueños color de rosa. ¿Podrá realizarlos? No; irá llamando a las puertas de sus antiguos hogares, donde hizo llorar a mares, a los que su nombre dió. Y al pedir humildemente de cariño una mirada, verá una sonrisa helada que le hará retroceder.

Dará su amor, y desvío hallará en correspondencia; y una tras otra existencia durará su padecer. ¿Será eterno su martirio? ¿Lo fue acaso su pecado? Cuan haya a todos pagado será suyo el porvenir. Entonces, con la experiencia que el hombre adquiere sufriendo, irá subiendo!…subiendo!…sin cansarse de subir!. ¡Buscando el principio eterno, la fuente de eterna vida ese punto de partida que los hombres llaman Dios! Esa causa, ese problema por ninguno descifrado, que todos han adorado yendo del misterio en pos.

No sé explicar la sensación extraña que sentí al contemplar mi ayer perdido; ¿Subí para mirarlo a una montaña donde el águila real hace su nido? ¿O descendí a un abismo cuyo fondo se pierde en precipicios insondables? ¡Y le hacen parecer mucho más hondo nuestros remordimientos implacables! No sé si he descendido o si he subido; sólo sé que mi ayer he contemplado; y que al ver lo que he sido, he comprendido que mi presente es fruto sazonado.

De mi pasado error, de mis locuras, de mis desenfrenados devaneos; de mi vida de azar y de aventuras, de la frivolidad de mis deseos. Razón tiene el Espíritu que vino a decirme:

“Contempla tu pasado; no es próspero ni adverso tu destino, recoges la cosecha que has sembrado” ¡Sembré espinas!… por Dios que me arrepiento de todo corazón; ¡Piedad Dios mío! Me falta fe para luchar y aliento: ¡Es tan triste Señor morir de frío!… De frío en el alma, sí; terrible hielo que entumece; que acaba con la vida; ¿Que acaba? He dicho mal; el desconsuelo, el desencanto de la fe perdida.

Vive a través de todo; ¡Qué tortura! ¡Soñar con el placer de ser amado!… ¡Buscar una palabra de ternura! ¡Oh!… ¡Qué horrible es la herencia del pecado!. ¡Oh legado fatal! Yo te abomino; yo quiero desprenderme de tus lazos, quiero la luz del bien en mi camino, y del divino amor los dulces brazos.

¡Quiero ciencia! ¡Progreso indefinido!… ¡Redención de mi ayer, y en la mañana ser un ángel de luz! ¡Un elegido!… ¡Orgullo y gloria de la raza humana! ¿Ves como ha sido provechoso y bueno que miraras las sombras de tu ayer? Nada mejor remover el cieno donde obcecado se llegó a caer. Así como se ataja la gangrena cortando el miembro que dañado está, cuando nos rinde el peso de la pena se aligera mirando el más allá. El más allá perdido entre las brumas del tiempo borrascoso que pasó; el más allá flotando en las espumas, del proceloso mar que nos tragó.

Que el remedio hace daño, es innegable, más quien tuvo valor para pecar, que tenga fortaleza inquebrantable y sepa con vigor cauterizar. La herida del ayer, esa honda herida que abrió nuestra locura, nuestro error, nuestra ignorancia, nuestra fe perdida y el desconocimiento del amor.

Amalia, que la fuerza no te falte para mover el cieno de tu ayer cuando la duda y el dolor te asalte y el peso de tu cruz te haga caer.

Levántate del polvo con denuedo, reúne tus fuerzas, di, ¡Quiero mirar! ¡Atrás temor inútil, torpe miedo! Decidida a vencer ¡Quiero luchar!. Y mirando de frente a tu pasado irradiará la luz en tu razón; diciendo:

¡Atrás las sombras del pecado porque quiero alcanzar mi redención!.

Así lo haré, buen Espíritu, quiero seguir tus consejos, que quiero ir lejos… ¡Siempre del progreso en pos! ¡Quiero recorrer los mundos! ¡Ver otras humanidades!… y estudiar otras verdades con el pensamiento en Dios!

 

 

Amalia Domingo Soler

La Luz del Camino