Niño ciego

 Un lecho de floresEn una reunión de dos familias amigas y algunos conocidos, en los jardines de Recoletos, en Madrid, vinieron a aumentar el núcleo el conde de C. y su hija Cecilia, preciosa joven de veinte años, Espíritu alegre, revoltoso, infantil, era el reverso de la medalla del carácter de su padre, hombre grave, severo, taciturno, cuya mirada sinuosa y triste parecía horadar las sombras de su pasado o taladrar las brumas de su porvenir.

A la llegada del conde estábamos hablando de Espiritismo, ya en pro unos, ya otros en contra.

Cecilia dio rienda suelta a su buen humor, riéndose del tema alrededor de las mesas danzantes.

Pero nos sorprendió a todos de una manera indecible cuando confesó diciéndonos que ella había asistido a varios experimentos, habiendo observado que en cuanto apoyaba la punta de los dedos en una mesa, por grande que ésta fuera, en seguida adquiría movimiento.

Creíamos que se burlaba de todos nosotros, y para demostrar la certeza de su aserto, hizo acercar una mesita redonda con pie de hierro, apoyó en el pequeño velador su diestra mano y, efectivamente, la mesa comenzó a moverse.

Esto, como era natural, produjo risa general, y algunos formularon preguntas triviales, contestando la mesa con acompasados movimientos, lo que aumentó la broma y la hilaridad de los reunidos.

A mí, que ya conocía algo el Espiritismo, no me gustaba mucho aquella escena cómica, pero me guardé muy bien de decir nada.

La mayoría de los circunstantes eran alegres muchachas y jóvenes de buen humor, y aprovecharon aquel entretenimiento para hacer preguntas caprichosas alusivas a los amores de unos y otras, como si quisieran, burlando, saber el porvenir.

La mesita parecía tomar parte en el regocijo de todos, siguiéndoles la alegre tarea de solaz y recreo.

Yo, que había pasado ya de la edad juvenil, traté de permanecer alejada de aquel juego simple, y traté de reunirme con el grupo de los que miraban indiferentes el hecho, por haber entrado en el otoño de las ilusiones de la vida.

Cecilia y otras amigas acabaron por sentarse en torno de la mesita, y esto atrajo la atención de todos, agrupándose cerca de las jóvenes.

Estando Adela conmigo, algo separadas del mayor número, vino el conde de C. a sentarse junto a nosotras, diciendo disgustado:

-Si Cecilia supiera lo que me molesta esas bromas, no daría lugar a ellas.

-Tampoco me hacen feliz a mí –dijo Adela-; pero, mirándolo bien, no hacen daño a nadie.

-Sí que hacen –contestó el conde-; ellos mismos se hacen daño.

¿Cree usted que no están rodeados de espíritus ligeros? Descuide usted, que ya le diré a mi hija lo que viene al caso, cuando estemos solos.

Miré al conde fijamente, porque me sorprendió su modo de hablar; él comprendió mi extrañeza, y sonriendo ligeramente, me dijo con acento suave:

-No se asombre usted, Amalia, ni usted, Adela; la semilla espiritista germina, solamente que no todos difundimos la luz.

Hace ya algunos años que conozco el Espiritismo, pero mi familia lo ignora.

Mi esposa y mis hijas son muy católicas.

Cecilia es la única que tiene vagas nociones del Espiritismo, y sería una buena médium vidente y de efectos tiptológicos, si se desarrollasen sus facultades especiales, pues muchas veces ve junto a mí a Mercedes.

-¿Mercedes?

-Sí, a Mercedes.

-¿Alguna hija de usted que murió acaso?

-No, no era mi hija; pero Cecilia la ha visto con frecuencia, en particular cuando estoy enfermo, que ella se constituye en mi enfermera, porque a pesar de su frivolidad, es un Espíritu muy bueno y tiene por mí grandes simpatías.

Más de una vez la he visto temblar y abrazarse a mí diciendo:

-¡Ay, papá! ¿Qué es esto? ¿No ves?

-¿Qué? –le he dicho yo.

-Que aquí hay una niña que te acaricia. ¡Es tan bonita!

Y yo le he preguntado las señas de aquella niña, y me ha descrito exactamente la figura de Mercedes.

-¿Esa Mercedes era hija de algunos amigos de usted?

-No, no se a qué familia pertenecía; lo que sé es que por ella entré en reflexión, y por ella me hice pensador, y por ella me he resignado; pues ya sabe usted muy bien que soy lo que se llama un noble arruinado.

A Mercedes, y sólo a ella, debo mi regeneración.

-Despierta usted nuestra curiosidad, y ya deseamos saber quién es esa Mercedes.

-Algún pecadillo de su juventud –dijo Adela riéndose.

-No, no –dijo el conde vivamente-.

Mercedes fue un ángel que pasó por la Tierra sin que el hálito del hombre empañara el brillo de su frente purísima.

-Cada vez despierta usted más nuestro interés.

-Es un episodio de mi historia que no he contado a nadie.

-¡Ah! ¡Si es un secreto…!

-Lo es, y no lo es; para mí tiene una gran significación; para otros no tendría nada de particular.

Hoy no sé por qué he pronunciado su nombre delante de ustedes…

-Esto es, sin duda, porque debe haber llegado la ocasión propicia de que usted cuente algo de su vida.

-Todo puede ser.

Usted, Amalia, que del vuelo de un pájaro forma una historia, es la más apta para mis confidencias, pues estoy seguro que aprovechará mi relación sin perder el más leve detalle.

-Si usted me autoriza para ello…

-Sí que la autorizo.

Se trata de un caso verídico, que puede dar alguna enseñanza sobre las simpatías o la atracción de los espíritus en sucesivas existencias. Comienzo:

Me casé muy joven.

Mi padre me arregló la novia, pero… no encontré en mi esposa ese algo inexplicable, ese misterioso no sé qué, que hace feliz a un hombre.

Ella creo que tampoco lo halló en mí.

Nunca hemos tenido el más leve disgusto, pero jamás hemos sentido alegría al vernos, ni dolor al separarnos.

Dos hijas débiles y enfermizas vinieron a desunirnos más aún, porque su estado delicado hacía necesario que pasaran casi todo el año en el campo.

Mi esposa las acompañaba, y yo iba a verlas de tarde en tarde.

Un verano, que me encontraba solo en Madrid con dos criados, me reunía con algunos amigos en el café Oriental, y una noche vino un joven poeta muy entusiasmado, diciéndonos:

-He oído cantar a una niña ciega, que es una verdadera notabilidad.

¡Qué voz! ¡Qué sentimiento! Y sobre todo ¡Qué modo de improvisar!…

Ya veréis; le he dicho que a las once viniera a la calle de Preciados. Os digo que es digna de oírse aquella pobre cieguecita.

Seguimos hablando, cuando de pronto se levanta el poeta y exclama:

-Ya me parece que la oigo.

Y salió, volviendo a los pocos momentos acompañado de un chico corcovado, que tocaba una mala guitarra, de una muchacha de unos catorce años, tipo andaluz, y una niña que todo lo más contaría doce abriles.

Esta última, en cuanto la vi, me llamó vivamente la atención, y no solamente a mí, sino a todos mis amigos.

Era blanca como la nieve, pero con la palidez de una estatua, con el cabello rubio, tan rubio, que parecía albina; rizado naturalmente, lo llevaba recogido en dos hermosas trenzas.

Sus facciones eran delicadas, y sobre todo sus ojos; tenía puesta una venda color de rosa, que daba vueltas a su cabeza; llevaba un vestido gris, y nada en ella revelaba a la mendiga de oficio: al contrario, revelaba maneras aristocráticas y su porte era distinguido.

-Aquí tenéis a Pepa –dijo el poeta presentándonosla, y añadiendo-: canta la soledad de un modo admirable; a este chicuelo, que se llama Antonio, buen muchacho, que toca la guitarra, y a Mercedes, que improvisa y canta maravillosamente.

 ¡Ya veréis!

¡Vais a oír!

Efectivamente, Pepa cantó algunas coplas bastante bien, y luego Mercedes, comenzó su canto de un modo tan dulce, tan exquisito, que hizo apresurar los latitos de mi corazón.

Su voz me llegaba al alma y llenábame de acento celestial.

Todos aplaudimos; todos dijeron:

-Esta criatura es una notabilidad; ¡Es un crimen que cante por la calle!.

Sólo yo enmudecí y no dije nada: sentía demasiado; el poeta me dijo:

-Conde: ¿No dices nada? ¿No te gusta?

-¡Me gusta! –contesté.

Mercedes, al oír mi voz, se acercó a mí, y las dos horas que estuvo en el café, no se apartó de mi lado.

La hice sentar, tomó lo que quiso; improvisó de nuevo, y tanto nos entusiasmó a todos, que la citamos para la tarde siguiente, en casa de un escritor.

Allí fue Mercedes con Pepa y Antonio, y varios poetas hicieron improvisar a la niña sobre varios temas y en diferentes métodos, dejándolos absortos.

Yo cada vez estaba más encantado de Mercedes, y ella prefería mi compañía a todas las demás.

Al oír mi voz, decíame con dulce acento:

-Quiero estar donde estás tú.

Quisimos saber quién era aquella niña.

Pepa nos contó lo siguiente:

-Mercedes no sabemos de quién es hija. Se la llevaron a mi madre para que la criara.

Durante algún tiempo, cada seis meses, una señora venía, hablaba con mi madre y le daba mucho dinero, recomendando el cuidado de Mercedes.

Hace cuatro años que la misteriosa señora no va a ver a mi madre.

Los recursos se agotaron y mi madre nos hace salir a cantar por la calle.

Mercedes, además de ser ciega de nacimiento, según dicen, padece de dolores en los ojos, por cuyo motivo siempre lleva una venda, pues preservados del frío, le duelen menos.

Todos miramos a Mercedes con doble interés.

Este relato aumentó nuestra simpatía por la niña ciega.

Al día siguiente fui a hablar con la madre de Pepa, y me dijo que ésta había dicho la verdad.

Prometí protegerles y les prohibí que salieran a cantar por la calle.

Mercedes se alegró mucho, y más contenta se puso aún cuando con Pepa y Antonio la hice ir a mi casa a pasear por el Jardín.

Nunca olvidaré aquella época de mi vida.

Todas las tardes, durante tres meses, esperé con afán que sonaran las cuatro, hora en que llegaba Mercedes con Antonio.

¡Qué tardes en el jardín! Nos sentábamos a orillas de un estanque los tres y hablábamos.

Mercedes contaba sus penas y su tristeza por no hallar a su madre.

De pronto se sonreía y me decía con voz acariciadora:

-¡Escucha!…

Y comenzaba a improvisar y a cantar, Antonio se sentaba a sus pies, y así pasábamos las horas felices.

Se iban, y al separarme de Mercedes sentía yo siempre infinita tristeza. ¿Por qué? No me lo explicaba.

Por último, una mañana recibí carta de mi esposa diciéndome que inmediatamente volara a su lado, que estaba muriendo mi hija Clotilde.

Volví a la vida real.

Sentí un dolor desconocido luchando con diversas emociones; sin saber por qué, nunca le había dicho nada de mi estado a Mercedes: la dejaba cantar como los pájaros, y yo enmudecía; pero aquella tarde, cuando llegó, le dije con voz balbuciente:

-Tengo que marchar esta misma noche.

-¿Por qué? –dijo Mercedes angustiada.

-Porque me ha escrito mi esposa diciéndome que una de mis hijas se está muriendo.

Decir yo estas palabras y caer Mercedes muerta, todo fue uno… Renuncio a pintar la confusión, la turbación que se apoderó de mí, desgarrándoseme el pecho al ver la violenta desesperación del pobre Antonio, que me decía:

-¡Tú la has muerto, tú!…

Vinieron médicos, se le hizo la autopsia, y declararon que había muerto de una hipertrofia en el corazón.

La hice enterrar en mi panteón, y cuando entonces no me volví loco, no me volveré nunca.

Son emociones éstas, más para sentirlas que para explicarlas.

Antonio -¡El pobre murió luego, de pena!- y a Pepa y a su madre no las vimos.

Yo me entregué al estudio del Espiritismo en un viaje que hice a Francia, y desde entonces me explico lo que sentí por Mercedes, cuyo Espíritu se comunica conmigo de vez en cuando.

Ella es la que me inspira sabios sentimientos.

Dice que hace siglos ella y yo venimos pagando grandes deudas.

-¿Y Antonio se ha comunicado con usted?

-Mercedes me habla a veces de él: por ella he sabido que murió de pena.

¡Pobrecillo! ¡Es un Espíritu muy agradecido!

-¡Quién había de pensar que era usted tan entendido espiritista!

-Sí, Amalia, sí; al Espiritismo le debo la vida, porque le debo el darme cuenta de mis sensaciones:

¡Por él me comunico con Mercedes!

Cecilia en aquel momento se acercó a nosotros, y el conde se levantó diciendo:

-Adiós, Amalia; mañana le traeré a usted unas notas.

Al día siguiente me entregó el conde una colección de comunicaciones de Mercedes, en las cuales se sentía palpitar un mundo de sentimientos, de poesía y de amor.

¡Noble Espíritu! Te saludamos y te agradecemos los enseñamientos que recibimos con tus comunicaciones ¡Gracias Mercedes!

 

“La Luz del Futuro” – Amalia Domingo Soler