José Aniorte Alcaraz

SABER, QUERER Y CREER

VELA ENCENDIDA DENTRO DE LA OSCURIDAD

Los nuevos inquilinos serán seleccionados y se cumplirán las bellas palabras pronunciadas por Jesús en el sermón de la montaña: “bienaventurados los mansos, humildes y pacíficos porque ellos heredarán la Tierra”.

El hombre estudia la historia de nuestro mundo, evoca el recuerdo de las civilizaciones pasadas y generaciones muertas que reposan bajo el polvo de los siglos.

Duda de la fe crédula de los simples y de la fe razonada de los espíritus, pero por encima de las opiniones contradictorias, de las rivalidades de castas y religiones, el Espíritu encarnado que siente la necesidad de liberarse de estas negativas influencias, encuentra una luz que le indica el camino que debe seguir.

Es un camino difícil y pedregoso, para poder caminar en él hace falta fuerza de voluntad, espíritu de sacrificio y creer en el mensaje de Jesús, quien nos dijo: “yo soy el camino de la verdad y de la vida, y aquél que lo siga y llegue hasta el fin, se salvará”.

La voluntad es una fuerza que está oculta en todos los hombres pero si queremos utilizarla, su poder es capaz de conseguir todo lo que uno se proponga.

La voluntad que rige el destino del Universo se manifiesta de manera que nadie pueda dudar de la existencia de Dios.

Si el orden y la armonía del Cosmos no bastan para convencer a los hombres, libres son de creer o no creer, pues nadie obliga al escéptico.

Lo mismo sucede con las cosas de orden moral.

Nuestra existencia se desarrolla y los acontecimientos se suceden sin relación aparente, pero la ley de compensaciones se cierne sobre nosotros y rige nuestro destino según un principio ineludible, por el cual todo se encadena en una serie de causas y efectos.

Su conjunto constituye tal estado de armonía, que el Espíritu cuando está exento de prejuicios e iluminado por un conocimiento elevado, agradece con humildad al mundo superior.

Dios está en cada uno de nosotros, en el templo viviente de nuestra conciencia. Allí está el lugar sagrado, el santuario donde se oculta la chispa divina. Es necesario aprender a conocernos nosotros mismos, a registrar los rincones más íntimos de nuestro Ser, analizar nuestro verdadero estado en el silencio y en la soledad, así podremos conocer el poder que está oculto en nosotros.

Él es el que eleva y hace resplandecer en el fondo de nuestra conciencia, la imagen del bien, de la verdad y de la justicia, consiguiendo que se ilumine nuestra conciencia que aún está oscura y poco a poco la luz penetra en nuestro Ser, desvaneciendo las sombras.

De esta manera cae el principal argumento de los que negaban la posibilidad de la existencia de los espíritus.

Los que hacían esto no podían comprender la existencia de una vida invisible, por falta de un fluido o sustancia que pueda escapar a nuestros sentidos, sin embargo podemos encontrar en el mundo de los imponderables, los elementos constitutivos de la vida de estos seres y las fuerzas que les son necesarias para manifestar su existencia.

Los fenómenos espíritas, se explican por el hecho de que puede gastarse una importante cantidad de energía sin ninguna pérdida aparente de materia: todo es fácil de comprender cuando se conoce el juego de las fuerzas y de los elementos que entran en acción en estos fenómenos.

Dios es el Espíritu de sabiduría, de amor y vida, el poder infinito que gobierna el Universo.

El Espíritu encarnado tiene un principio pero el camino que ha de recorrer es eterno.

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