El principio espiritual que lleva en sí, le permite presentir los problemas que traspasan los límites actuales de su entendimiento.
El Espíritu prisionero de la carne, se libera a veces, y se eleva hacia los dominios superiores del pensamiento, de donde le llegan las altas inspiraciones.
Todo está escrito en el fondo del alma; el pasado de donde venimos y los caminos que hemos recorrido, así que debemos ser humildes reconociendo nuestra pequeñez, mirando con cariño a los que ahora están recorriendo ese mismo camino que nosotros recorrimos antes.
Debemos seguir evolucionando hacia el porvenir que nosotros mismos construiremos, como un monumento maravilloso, hecho con los buenos pensamientos, y las buenas acciones a favor de los demás.
El trabajo que cada uno debe realizar se resume en tres palabras: saber, querer y creer.
Saber que tenemos compromisos espirituales que cumplir.
Querer el bien, y dirigir el pensamiento hacia lo más alto.
Creer en la eficacia de nuestra acción sobre la influencia de la materia y el poder que tiene sobre nosotros.
Cuando el Espíritu encarnado llega al conocimiento de su verdadera naturaleza y de su compromiso con el mundo espiritual, cuando esta verdad penetra en su mente y en su corazón, entonces se eleva hasta un plano superior, domina las imperfecciones terrestres y consigue la fuerza que “transporta las montañas”, resulta vencedor de las malas inclinaciones de la vida, y no teme al fracaso ni a la muerte.
La ignorancia es una consecuencia de nuestra propia naturaleza, la escasa idea que tenemos de las leyes que rigen el destino, es lo que nos une a las influencias inferiores inclinadas al mal.
El estado de ignorancia es una de las formas necesarias para que se cumpla la ley de evolución.
Nuestra inteligencia, aún tropieza con los accidentes del camino, de aquí surge el error, el abatimiento, las pruebas, los desengaños y naturalmente, el dolor; todo esto es un medio de educación y elevación para el Espíritu.
Yo he tenido una larga vida, sufriendo las pruebas y el dolor, y todos los días doy gracias a Jesús por permitirme una existencia tan difícil, porque gracias a ello, he pagado muchas deudas del pasado y he conseguido algún beneficio para el futuro.
(Ver “Hechos y obras de una vida” de mi autoría).
Cada individualidad es un eslabón en la inmensa cadena de los seres. La unión que tienen entre sí, puede limitar la libertad de cada uno en cuanto a su extensión pero no en su intensidad.
En todos lo tiempos, el pensamiento elevado se ha proyectado sobre el cerebro humano. La luz divina se expande por todos los pueblos, a todos les han sido enviados guías, misioneros y profetas.
La verdad es sólo una y es eterna, ella penetra en los seres humanos por inspiraciones sucesivas, a medida que éste está más apto para recibirlas.
Cada nueva revelación es una continuación de la anterior, ésta es una de las misiones del Espiritismo que siempre se está renovando, siguiendo el progreso de la ciencia, aportando siempre una enseñanza nueva y un conocimiento más completo, para la evolución de la humanidad.
El Espíritu encarnado ha olvidado su verdadera misión y dominado por la vida material, ha perdido de vista los grandes horizontes de su destino; despreciando los medios que tiene para desarrollar sus facultades latentes, que le llevarían a conseguir su transformación.
El Espiritismo viene a recordarle todas estas cosas, a sacudir las conciencias adormecidas y a estimular y acelerar la marcha de su camino espiritual.
El Espíritu sólo puede progresar en la vida colectiva, trabajando en beneficio de los que le siguen por detrás. Una de las consecuencias de esta solidaridad que nos une, es que los sufrimientos de unos pueden alterar la serenidad de otros.
La oración en estos casos puede fortalecer el ánimo del sufridor, proporcionando consuelo, pero no puede evitar el sufrimiento, no puede cambiar las leyes inmutables, ni modificar nuestro destino.
Trabajar con un sentimiento elevado, persiguiendo un fin útil y generoso a favor de nuestros semejantes, también es orar.
En realidad este trabajo es la mejor oración que podemos hacer y la que con más fuerza llega a Dios. No se necesita de palabras ni de formas externas para expresar su fe, porque está presente en todos los actos y pensamientos.
El ser que practica y asume esta responsabilidad, respira y se envuelve en una atmósfera pura y esta forma de vida se convierte en una necesidad, hasta el punto de no poder vivir de manera diferente.
Los que viven una vida egoísta y material, cuya mente está cerrada a las influencias superiores, no pueden imaginar o saber, la fuerza interior que se siente y se posee, cuando se comprende que se ha conseguido mantener la comunicación continua con el mundo espiritual superior.
Si todo efecto tiene una causa, todo efecto inteligente tiene una causa inteligente. Sobre este principio descansa el Espiritismo, y si aplicamos este principio a las manifestaciones de ultratumba, descubrimos sin duda, la existencia de los espíritus.
Por esto la existencia de Dios constituye uno de los puntos esenciales de la doctrina espírita, uno de los principios fundamentales, sin ningún dogma porque el Espiritismo no los acepta.
Continuamente vemos a nuestro alrededor cómo se desarrolla la majestuosa ley del progreso y evolución, desde las formas más inferiores, desde los infinitamente pequeños, infusorios flotando en las aguas y elevándose lentamente en la estela de la evolución de las especies, para finalmente llegar hasta el hombre.
Siguiendo este proceso evolutivo, el instinto llega a ser sensibilidad, después inteligencia, conciencia y finalmente razón.