Los cabellos, las patillas y las barbas incultas y crecidas, cayendo sobre los hombros. Pecho y espalda formando marco a unas facciones que deberían ser buenas, pero que entonces estaban desfiguradas.
Sus negros y azorados ojos casi saltando de sus órbitas y su calzón y camisa sucios y rotos, enseñando en diversos lugares su velluda piel.
Parecía un salvaje o un anacoreta, perdido en las profundas sociedades de la selva. Hablaba sin cesar, ora alzando, ora bajando la voz, pero en un lenguaje inteligente y rápido.
Al pararme en el dintel de la puerta, levantó los ojos, los fijó en mí con una expresión que me hizo retroceder y los giró alrededor como buscando algún objeto.
De repente se inclinó, echó mano a una piedra y la arrojó violentamente sobre mí; pero vi el movimiento y me oculté tras la puerta, que recibió el terrible golpe, que de alcanzarme, sin duda me hubiera hecho daño.
Le observé un momento con sincera piedad, y me retiré con el corazón oprimido.
Desde aquel día hasta su muerte, no volví a verle sino dos o tres veces.
Nadie se le podía acercar sin peligro, y su pobre familia, compuesta solamente de mujeres, sufría crueles penalidades para atender a la subsistencia.
Las ocasiones en que transitaba yo por las inmediaciones de su pequeña choza, escuchaba con emoción su cavernosa y sonora voz, cuyo eco, en las altas y silenciosas horas de la noche, vibraba hasta larga distancia y se cernía sobre la dormida villa, y se elevaba al cielo como una dolorosa protesta contra la sociedad que le abandonaba, o como una misteriosa plegaria impregnada de una tristeza infinita: entonces me preguntaba por qué la justicia divina no devolvía la razón a aquel desdichado, o no hacía cesar para siempre su espantosa desgracia, quitándole la vida, harto pesada para él, por más que no tuviese conciencia de su estado.
Se decía que casi nunca dormía: el aniquilamiento de sus fuerzas le obligaba a callarse y a rendirse a breves instantes de reposo.
En diversas ocasiones, personas caritativas pretendieron enviarlo al hospital general de Mérida, donde si no se le curaba, siquiera estaría aseado y mejor atendido, pero su familia siempre se opuso y rogó que se le dejase, creyendo que por mal que ella pudiese tratarle, siempre estaría mejor que en manos extrañas.
¡Funesto temor! ¡Fatal equivocación que acaso perjudicó al infeliz demente! Por último, hace algún tiempo fue atacado de una enfermedad del vientre que lo fue consumiendo lentamente, que agravó su situación hasta ser anticipadamente devorado por los gusanos, parte de su cuerpo: y el 13 del presente mes la Providencia se apiadó de él, poniendo final a sus padecimientos terrenales.
Tenía entonces cincuenta y dos años aproximadamente, y estuvo demente treinta y dos.
Se cuenta que antes de morir, la fugitiva razón, como esos relámpagos que rasgan fatídicos la profunda oscuridad de una noche tormentosa, centelleó sobre su Espíritu al irse éste a desprender de su mísera cárcel.
“¡Ea, hermano! –dicen que exclamaba lastimosamente en lengua maya-, llegó entonces la hora de mi muerte”.
Cuando la muerte se presenta bajo esa forma u otra análoga creo que en vez de deplorarla, se debe dar un voto de gracia. En esos casos, la muerte, lejos de ser un mal, debe ser un positivo beneficio.
¡Paz al Espíritu de Arcadio Góngora! Repose en la mansión de los mártires.
Tizimin (Yucatán), 19 de Diciembre de 1882.