Por eso el desgraciado dice muchas veces: quisiera siempre estar durmiendo, porque durmiendo soy más feliz, entonces no me acuerdo de mis desventuras, no es que no se acuerde, al contrario, las ve con más claridad; lo que ocurre es que las ve acompañado de espíritus amigos que le alientan, le fortifican y le ayudan a llevar el peso de su cruz”.
“Todos los que os creéis desheredados en la Tierra, tenéis vuestros tutores en el espacio, quienes cuidan de vuestra herencia y os guardan vuestros tesoros para cuando seáis dignos de poseerlos”.
“Hay algunos espíritus tan depravados, hacen tan mal uso de su libre albedrío,que a éstos necesariamente les dura más tiempo la orfandad, porque rechazan con sus desmanes todo el amor y la tierna solicitud de las almas que quieren su bien, y a este número pertenece el Espíritu que tanto os ha impresionado con el sufrimiento de su última existencia, pero merecido, porque en la Creación, recordadlo siempre, todo es justo”.
“Ese Espíritu, en una de sus anteriores encarnaciones, fue uno de los aventureros españoles, que fueron en la tierra mexicana a imponer sus tiránicas leyes, reduciendo a la servidumbre a sus guerreras tribus, abusando miserablemente de la inocencia de sus mujeres, enriqueciéndose de un modo fabuloso con la usurpación y el pillaje, cometiendo todo género de atropellos, imponiendo su voluntad soberana sobre pueblos enteros, convirtiéndose en un tirano tan cruel que su crueldad rayaba en lo inverosímil.
Parecía imposible que aquel hombre hubiera recibido la vida del hálito de Dios, porque si pudieran admitirse dos potestades, la una del bien y la otra del mal, se diría que ese desgraciado era el hijo predilecto del príncipe de las tinieblas, tanta era su perversidad.
Brutal y lascivo hasta la exageración, las doncellas más hermosas y los mancebos más arrogantes tenían que acceder a sus impúdicos deseos, su excitación continua era el martirio de sus desgraciados siervos.
Valiente y temerario, cometía las más arriesgadas empresas, y sólo le faltaba uncir a su carro triunfal a la hermosísima Azora, virgen mexicana, bella como las huríes del paraíso de Mahoma, casta y pura como las vírgenes del cielo cristiano.
Azora era el encanto de su padre y sus hermanos.
Su numerosa familia miraba en ella a la elegida del Padre de la Luz, y todos la respetaban como un ser privilegiado, porque sus grandes ojos irradiaban un resplandor celestial, y de su boca salían palabras proféticas que escuchaban con santo recogimiento jóvenes y ancianos”.
“Una tarde reunió a los suyos y les dijo con triste acento: “grandes e invisibles desgracias van a caer sobre nosotros.
Las aves de rapiña extienden sus negras alas y cubren de plomizas brumas nuestros límpidos cielos.
Temblad, compañeros, no por nosotros, que seremos las víctimas, sino por los verdugos implacables que desoirán nuestras dolencias.
Saldremos purificados por el martirio, mas.
¡Ay de los martirizadores!”
“Azora no se engañaba, aquella noche llegaron al valle un centenar de aventureros capitaneados por Gonzalo, que iba en busca de Azora, cuya peregrina hermosura le habían ponderado, y deseaba que fuese una de sus desgraciadas concubinas.
La hermosa joven, para evitar derramamientos de sangre, suplicó a Gonzalo que no levantara sus tiendas, que ella le seguiría, pero que respetara la vida de su padre y de sus hermanos.
Y como Azora tenía un ascendiente tan extraordinario sobre todos los seres de la Tierra, Gonzalo también sintió su mágica influencia, y por vez primera obedeció al mandato de una mujer”.
“Azora había tomado sus precauciones y había reunido a todos los suyos en gran consejo, y mientras deliberaban sobre lo que debían hacer, la joven fue al encuentro del enemigo, diciendo a sus deudos que iba a ponerse en oración para atraer sobre sus cabezas los resplandores de la eterna luz, que no turbaran su meditación, y como estaban acostumbrados a sus éxtasis, que duraban algunos días, nada sospecharon, y ella mientras tanto se entregó como víctima expiatoria a su verdugo, imponiendo a la vez condiciones que fueron respetadas”.
“Gonzalo sintió por Azora todo cuanto aquel ser depravado podía sentir, y al querer manchar su frente con sus labios impuros la joven le detenía con un ademán imperioso, y él quedaba como petrificado, causándole inmenso asombro su timidez”.
“Los familiares de Azora, al tener noticia de lo sucedido, juraron morir o vengar la deshonra de la casta virgen, consagrada al Padre de la Luz.
Ellos ignoraban la mágica influencia que había ejercido la joven sobre su raptor.
Para ellos estaba profanada la mujer consagrada a los misterios divinos y su furor no tenía límite”.
“Se pusieron en marcha yendo a buscar a la fiera en su guarida. Gonzalo, al verlos sintió renacer todos sus malos instintos, adormecidos momentáneamente por la mágica influencia de Azora.
Se rompió el encanto, y auxiliado por sus inicuos secuaces aprisionó a los sitiadores, les amordazó cruelmente, y Azora perdió la razón cuando la llevaron ante su padre, que era un ídolo para ella, y le vio cargado de cadenas, cubierto de insectos voraces que habían arrojado sobre su cuerpo para que lo fueran devorando lentamente, y ante aquel mártir del amor paternal, consumó Gonzalo la acción más infame, la que más podía herir a aquel desgraciado, profanando el cuerpo de la pobre loca, que cedió a sus impuros deseos cuando se apagó la luz de su clarísima inteligencia; y durante muchos días el padre de Azora sufrió el horrible martirio de ver a su hija en poder de Gonzalo, que se complacía en atormentar a aquel infeliz haciéndole presenciar actos que no se pueden describir”.
“Al fin murió Azora, y Gonzalo siguió insultando a su desgraciado prisionero, arrojando en sus mazmorras la inmundicia de sus caballos, escupiéndole al rostro, cometiendo con aquellos defensores de su honra toda clase de atropellos”.
“Murió el padre de Azora después de crueles sufrimientos.
Sus hijos también perecieron; de aquella tribu de valientes no quedó ni uno, todos sucumbieron en poder de Gonzalo, que siguió cometiendo infamia tras infamia hasta que uno de sus esclavos le asesinó mientras dormía en su lecho, rendido por la embriaguez”.
“Su vida fue un tejido de espantosos crímenes, y como se complacía en el mal, como no le faltaba inteligencia para conocer que su proceder era inicuo, como encontró en su camino hombres de corazón que se propusieron educarle, y él los despreció, su expiación tiene que igualar a la gravedad de su culpa, y ya se ha encontrado en diferentes ocasiones siendo el infortunio su patrimonio.
¡Ha hecho tanto mal!… Sin que por esto le falte en todas sus existencias alguien que le quiera; y Azora, Espíritu de luz, le alienta en sus penosísimas jornadas.
Ella fue a la Tierra la última vez con el propósito noble de comenzar la regeneración de Gonzalo, pero su extremada sensibilidad no pudo resistir el choque violento que recibió al ver a su padre en tan lamentable estado.
La prueba fue superior a sus fuerzas, que como sólo Dios es infalible, no siempre los espíritus saben medir la profundidad del abismo donde han de caer”.
“Es muy distinto ver las miserias de la Tierra a gran distancia, a vivir en medio de ellas, y son muchos los espíritus que sucumben en medio de sus rudas pruebas y de sus expiaciones”.
“Nunca nos cansaremos de deciros que, por criminal que veáis al hombre, no le corrijáis por la violencia, que harta desgracia tiene con la enormidad de sus delitos”.
“¿Dónde hay mayor infortunio que en la criminalidad? ¿Qué infierno puede compararse con la interminable serie de penosísimas encarnaciones, que tiene que sufrir el Espíritu rebelde humillando al alma?
En unas la locura, en otras la espantosa deformidad, en aquélla la miseria con todos sus horrores y sus vergonzosas humillaciones y otros sufrimientos que no es posible enumerar, porque para sumar todos los dolores que puede sentir el Espíritu no hay números bastantes en vuestras tablas aritméticas para formar el total; la imaginación se pierde cuando quiere sujetar a una cantidad fija el infinito de la vida que nos envuelve en absoluto”.
“Después de esas encarnaciones horribles, vienen esas existencias lánguidas, tristes, solitarias, en las cuales la vida es una continua contrariedad.
El Espíritu ya se inclina al bien, pero su amor no encuentra recompensa.
Almas, al parecer ingratas, miran con indiferencia los primeros pasos de aquel pobre enfermo que quiere amar y no encuentra en quien depositar su cariño, y hasta las flores se marchitan con su aliento antes de ofrecerle su fragancia.
Esas existencias son dolorosísimas; expiación que sufre actualmente la mayoría de los terrenales, espíritus de larga historia, sembrada de horrores y de crueldades.
En ese periodo es cuando necesita el hombre conocer algo de su vida, porque ya tiene conocimiento suficiente para comprender las ventajas del bien y los perjuicios del mal.
Y, como todo llega a su tiempo, por eso hemos llegado nosotros a despertar vuestra atención; por eso las mesas danzaron y los demás muebles cambiaron de lugar.
Y resonaron en distintos puntos de la Tierra las voces de los espíritus, porque era necesario que comprendiérais que no estábais solos en el mundo”.
“Muchos suicidios hemos evitado y a muchas almas enfermas les hemos devuelto la salud”.
“A un gran número de sabios orgullosos, les hemos demostrado que la ciencia humana es un grano de arena en comparación con el infinito, con la ciencia universal.
Y una revolución inmensa llevaremos a cabo, porque ha llegado la hora del progreso para las generaciones de este planeta”.
“Comenzáis a conocer la verdad que ahora rechazáis, porque la luz os deslumbra, pero al fin os habituaréis a ella, ensancharéis el círculo de vuestra familia terrenal y miraréis en los espíritus, miembros de vuestra familia universal”.
“Seréis más compasivos con los criminales cuando sepáis que también lo habéis sido vosotros y que quizá mañana volveréis a caer; que al Espíritu apegado al mal le cuesta mucho decidirse hacia el bien.
Es como el pequeño que da un paso y retrocede cinco, y anda repetidas veces un mismo camino.
Pues de igual modo hacéis vosotros y hemos hecho todos los espíritus de la Creación, con la sola diferencia que unos tienen más decisión que otros y más valor para sufrir la pena que se han impuesto”.
“Vosotros, los que buscáis en nuestra comunicación, saludable consejo y útil enseñanza, aprovechad las instrucciones de ultratumba, siempre que éstas os marquen el sendero de la virtud y no halaguen vuestros vicios, ni patrocinen vuestras debilidades.
Desconfiad siempre de todo Espíritu que os prometa mundos de gloria en cuanto abandonéis la Tierra.
Estudiad historia, miraos sin pasión, y os veréis pequeños, pequeñísimos, microscópicos, llenos de innumerables defectos: celosos, vengativos, envidiosos, avaros, muy amigos de vosotros mismos, pero de vuestro prójimo, no.
Y con una túnica tan manchada, no esperéis sentaros a la mesa de vuestro Padre, para lo cual precisáis cubriros con vestiduras luminosas y así poder penetrar en las moradas donde la vida está exenta de penalidades, sin que por esto los espíritus dejen de entregarse al cultivo de las ciencias y al nobilísimo trabajo de la investigación, porque siempre tendrán las almas algo más que aprender”.
“Nosotros venimos a demostrar que el alma nunca muere y que el hombre es el que así mismo se premia o se castiga; que las leyes de Dios, que son las que rigen la Naturaleza, son inmutables.
Venimos a aconsejaros, a fortaleceros, a enseñaros a conocer la armonía universal, a contaros la historia de vuestros desaciertos de ayer, causa de vuestros infortunios de hoy.
Esta es la misión de los espíritus cerca de vosotros, impulsaros al trabajo, al cultivo de vuestra razón, que es la que os ha de conducir al perfecto conocimiento de Dios.
Cuando comprendáis que en la Creación todo es justo, entonces será cuando adoréis a Dios en Espíritu y verdad, entonces alabaréis su nombre con el hosanna prometido por las religiones, que aún no se ha cantado en la Tierra por la raza humana; las aves son las únicas que lo entonan cuando saludan al astro del día en su espléndida aparición”.
“Recordad siempre que no hay gemido sin historia, ni buena acción sin recompensa.
Trabajad en vuestro progreso, y cuando encontréis uno de esos desgraciados, como el Espíritu que ha dado origen a nuestra comunicación, compadecedle, porque tras de aquel sufrimiento tan horrible, le esperan por razón natural muchas existencias dolorosísimas, en las cuales la soledad será su patrimonio, y aunque como os he dicho antes, el Espíritu nunca está solo, al alma enferma le sucede lo que al hombre cuando sale de una enfermedad gravísima, que en la convalecencia está tan delicado, tan impertinente, tan caprichoso, tan exigente, que toda su familia tiene que mimarlo, acariciarlo y prestarle los más tiernos cuidados; y esto mismo exigen los espíritus cuando salen del caos de los desaciertos y comienzan su rehabilitación; entonces quieren el amor de la familia, la simpatía de los amigos, la consideración social, y como no han ganado lo que desean, como no lo merecen, no lo tienen. Y aunque no les falte un ser que les quiera y les compadezca, eso no es bastante para ellos.
Quieren más, y corren anhelantes tras un fantasma que los hombres llaman felicidad, y como el judío errante de la leyenda, cruzan ese mundo sin encontrar una tienda hospitalaria donde reposar”.
“La mayoría de los seres encarnados en la Tierra, sois enfermos convalecientes, y sólo en los espíritus encontraréis los médicos del alma que calmarán vuestra sed devoradora”.
“Estáis cansados y fatigados, tenéis hambre, tenéis frío; reposad un momento, vuestros amigos de ultratumba quieren hacer menos penosa vuestra jornada, demostrándoos con hechos innegables que en la vida infinita todo es justo”.
¿Qué expresaremos después de lo que nos ha dicho el Espíritu? Que estamos completamente de acuerdo con sus razonadas consideraciones. Por experiencia harto dolorosa tenemos que concederle la razón y repetir con él que la Tierra es un hospital de generaciones enfermas que están pasando la convalecencia. Sólo los espíritus de buena intención son los que pueden conseguir con sus sanos consejos nuestro alivio y regeneración.
Nosotros, hemos debido al estudio del Espiritismo los goces más puros de nuestra vida. Hemos adquirido una profunda resignación y un íntimo convencimiento de que nadie tiene más de lo que se merece. Esta certidumbre es la verdadera, la única felicidad que puede tener el Espíritu en medio de su expiación.
Nosotros, estudiando la Naturaleza, leyendo en ese libro que nunca tendrá fin, admirando la exactitud matemática que tienen sus leyes, trabajamos cuanto nos es posible en nuestro progreso, y cuando la soledad nos abruma, cuando el desaliento nos domina, miramos al cielo, vemos en él los resplandores de la eterna vida y decimos:
¡En la Creación todo es justo!
Amalia Domingo Soler