
Un amigo nuestro que vive actualmente en Mérida de Yucatán, nos envió un pequeño artículo necrológico que nos impresionó tristemente, hasta el punto que, preguntamos al Espíritu que generalmente nos guía en nuestros trabajos, si podía decirnos algo sobre aquel ser tan profundamente desgraciado, cuya existencia había sido tan horrible.
Y nuestro amigo invisible, viendo que nuestra pregunta no llevaba otro móvil que el estudio y el deseo de dar una lección útil, nos dio algunos pormenores que transcribiremos a continuación del citado escrito, que dice así:
Arcadio Góngora
La naturaleza suele usar burlas espantosas con la humanidad.
Ya en el fondo del hogar, o en la plaza pública, el genio del mal suele hacer sangrientos escarnios del hombre, del rey de la Creación, de ese a quien el Supremo Hacedor formó a su hechura y semejanza, según las frases bíblicas. Suele precipitarlo, desde el trono en que le colocó la natura, hasta los últimos y sucios escalones de la degradación.
Se ha visto a individuos de la especie humana, en todas las gradas de la escala social, proceder como jamás se han conducido los más estúpidos animales.
Pongan ustedes la mano sobre el polluelo de cualquier ave, sobre la cría de cualquier cuadrúpedo, sobre el cachorro de la bestia más feroz, y verán como los padres se abalanzarán sobre ustedes y se desesperarán si se encuentran impotentes para vengar o defender a sus hijos.
Y si éstos enferman o se extravían, ¡Con qué cariño o angustia los cuidan y curan o los buscan!
Pues bien, se ha visto padres, y lo que es más monstruoso todavía, madres que permanecen indiferentes y frías ante la agonía o el cadáver de un hijo, o que los abandonan y olvidan hasta el extremo de vivir como si nunca lo hubieran concebido y alimentado en su seno…
Se ha visto morir a gentes en tales condiciones pero, afortunadamente, no es eso lo regular en la existencia de las sociedades.
Tan sombrías reflexiones, me las sugiere el reciente desenlace de un drama que, no por ser humilde el protagonista, ni por haberse desarrollado la acción en la oscuridad de la pobreza, deja de conmover a todo Espíritu pensador y humanitario.
El 13 del presente mes ha dejado de sufrir para siempre un hombre que en la villa fue conocido con el nombre de Arcadio Góngora.
Parece que hace unos treinta y dos años perdió completamente la razón, víctima de cierta predisposición orgánica de raza, determinada por no sé qué descalabro amoroso.
Era entonces un arrogante mancebo de dieciocho a veinte años, lleno de vida y de salud. Desgraciadamente, su locura, inofensiva y apacible al principio, se hizo al poco tiempo hostil y peligrosa, hasta el caso de tener que encadenarle a un poste, como a una fiera, para su propia tranquilidad y la de su familia.
Allí se le llevaba su mísero alimento, de allí no se movía jamás, y allí… vivía como una bestia, y en ocasiones, en peor condición que ésta.
Hace cosa de diez años que yo le conocí. Aún no se ha borrado, ni creo se borre de mi pensamiento, la impresión que entonces produjo en mí su presencia.
Estaba sentado con el codo derecho apoyado en la rodilla, y la mejilla en la palma de la mano, en una pequeña hamaca que era todo el moblaje de la ruinosa, desaseada y desabrigada choza de guano que habitaba, choza triste y aislada de las demás, como la de un paria o la de un apestado…
Con un pie estrechamente aprisionado entre un anillo y el extremo de una cadena de hierro fijada en un poste.