Como comprenderán nuestros lectores, este tristísimo relato da margen a serias y dolorosas reflexiones, porque si no hay efecto sin causa, la causa de tan deplorable efecto debe ser horrible, espantosa.
Y desgraciadamente no nos engañábamos en nuestros cálculos, porque nuestro amigo invisible nos dijo en su comunicación lo siguiente:
“Grandes remordimientos pesan sobre la vieja Europa, que ha conquistado a sangre y fuego los países que llamáis el Nuevo Mundo y otros hermosos continentes; y no pequeña parte tiene España en esas horribles luchas, o mejor dicho, en esas matanzas fraticidas en que sucumbieron tantos caudillos vencidos por el número de los contrarios, pero no por el valor y la nobleza de los conquistadores, que llamándose civilizados fueron más indómitos y más rebeldes que los salvajes, más desnaturalizados y más feroces que las mismas fieras”.
“¡Cuántos crímenes se han cometido en esas para vosotros lejanas tierras, en sus bosques vírgenes!
¡Cuántas víctimas se han sacrificado en aras de las más torpes, desenfrenadas e inmundas pasiones!
Causa horror leer la historia de los terrenales que manchados estáis con todos los vicios, hundidos en la concupiscencia y en la iniquidad”.
“Grandes expiaciones estáis sufriendo, pero, creedme, si fuerais a pagar ojo por ojo y diente por diente, se sucederían los siglos como se suceden vuestras vidas y casi llegaríais a creer en la eternidad de las penas, al ver la continuación de vuestros incesantes martirios, a pesar de la Misericordia Divina.
Como las leyes de Dios son inmutables y tienen que cumplirse, tenéis necesariamente que sufrir todos los dolores, todas las agonías que habéis hecho padecer a otros, gozándoos en su tormento.
La única ventaja de que disfrutáis al expiar, es que a ningún ser de la Creación le falta alguien que le quiera: miente el que dice que está solo, todos estáis acompañados de un alma que se interesa por vosotros, más o menos, relativamente según la enormidad de vuestro delito, y a falta de racionales, tenéis una raza irracional muy amiga del hombre, tenéis al perro, símbolo de la fidelidad, que con una leve caricia os sirve de guía, de compañero, toma parte en vuestras penas y en vuestras alegrías; esto en la parte visible, que fuera del alcance de vuestra vida material, están vuestros Espíritus protectores dándoos aliento y resignación en las horas de cruenta agonía.
¡Ah! Si estuvierais solos como decís, ¿Qué sería de vosotros, infelices? Sí, caeríais anonadados, abrumados ante el terror y la soledad”.
“Si cuando vuestro cuerpo se entrega al descanso, vuestro Espíritu no encontrara una mano amiga que le detuviera y no oyera una voz cariñosa que le preguntara:
¿Dónde vas, pobre desterrado? ¿Creéis que tendría fuerza para reanimar su organismo y comenzar el trabajo de un nuevo día? No.
El alma necesita amor como vuestras flores el rocío, como las aves sus alas.
Sin ese alimento esencialmente divino no puede vivir; y cuando sus culpas le obligan a carecer de familia, de hogar, de seres afines a él, y tiene que permanecer en una doble prisión, separado de sus semejantes por excelencia, se siente atraído a formar familia, como que es miembro de la familia universal.
Recuerda su origen, y sin los lazos del amor, de la amistad, del parentesco, de la simpatía, no puede vivir, y como no puede vivir, por eso no falta quien le quiera, visible o invisible.