El poeta que eleva sus mágicos cantares entre lo más inmundo, el que desdeña las atenciones y los consejos de los sabios, no es digno de ser admitido en los lugares donde se rinde culto al genio.
Quien no aprovecha su fortuna no merece ser millonario, y tú viste con profunda pena que tu inteligencia fue perdiendo sus tesoros, o al menos, si no los perdía no podía hacer uso de ellos.
Estaban confiscados por tus numerosos acreedores, te encontrabas como el tullido, que tiene pies y no puede andar, que tiene manos y no se puede valer, que tiene lengua y no le es posible hablar.
El descubrimiento de tu eterna vida te hizo sufrir mucho, creíste que te sería imposible ganar el tiempo perdido, comprendiste perfectamente que el arrepentimiento era estéril si el trabajo no acompaña al dolor del corazón.
Las religiones, ninguna te ofrecía puerto de salvación, porque siempre has considerado que ningún hombre podía abrir ni cerrar las puertas de los cielos.
¿Qué hacer entonces?
Lo primero, lo más urgente era pagar deudas, porque un hombre rodeado de acreedores no puede estar tranquilo en parte alguna.
¿Tardaré mucho tiempo, preguntaste, en verme libre y renacer de nuevo?
Y te contestaron:
En la eternidad no se mide el tiempo, el mucho y el poco son medidas terrenales.
El bien deseado, la victoria soñada siempre se alcanza.
No te detengas ni a mirar el camino recorrido ni el que te queda por andar, porque nada conseguirás con mirarlo.
Al pasado, por mucho que te esfuerces en mirar empleando para ello los más potentes telescopios, nunca verás el punto donde caíste por vez primera, y en el porvenir tampoco puedes decir: tanto tiempo me queda de esclavitud, porque el infinito no se puede medir, y como el progreso del Espíritu es indefinido, siempre tendrá el alma una virtud que adquirir, un mundo que conquistar, un problema que resolver, un ensueño que realizar.
El vine, vi y vencí de vuestros conquistadores, no es válido en los espacios, porque el Espíritu vence cuando se vence a sí mismo, no cuando vence a los demás, empleando la fuerza o el ardid.
Aplicar a la eterna vida del Espíritu los procedimientos que se emplean en los mundos de expiación y prueba es un absurdo: da comienzo al saldo de tus cuentas y cuida mucho de no crearte nuevas responsabilidades”.
“Tú seguiste fielmente el consejo que te dieron en el espacio, y con harto sentimiento diste un adiós a tus compañeros de aventuras y de liviandades, que no tan fácilmente se desprende el Espíritu de sus vicios: esos arrepentimientos instantáneos sólo se encuentran en las leyendas religiosas.
El Espíritu se aficiona indudablemente a todo aquello que le proporciona placer sin tasa.
En cambio, la contrariedad, a semejanza de amarga medicina, que cura pero que molesta al paladar, la acepta el Espíritu porque no tiene otro remedio, no porque le satisfaga el sufrimiento.
Me refiero en esto a los espíritus no dominados por el fanatismo religioso ni por otro fanatismo, porque en las religiones hay mártires voluntarios, como en todos los ideales, pero el Espíritu esencialmente racionalista (como es el tuyo) no se satisface con humillaciones y desvíos.
Podrá estar convencido de que no merece por ahora ser dichoso, pero le humilla, le contraría, y hasta le exaspera su infelicidad”.
“A tu fiel compañero de otros tiempos le sorprendió tu determinación, y siguió tus huellas pero con menos fortuna.
Su expiación actualmente no tiene comparación con la tuya, giráis en muy distintas órbitas, ¿Y sabes por qué? Porque tú has sabido contar mejor que él, que paga entre miserias y penalidades sin cuento siglos de desenfreno.
Tú pagas también, pero al mismo tiempo has tratado y has querido adquirir algo de tu patrimonio del mañana, o mejor dicho, te has propuesto recobrar una millonésima parte de lo perdido.
El sufrimiento te humilla, te anonada, te empequeñece.
Tú no darías un paso adelante si sobre ti blandiera su látigo el negrero, por eso luchas y has luchado siempre.