
Pocas veces salgo de noche, prefiero salir por la mañana temprano, porque el despertar de las grandes poblaciones es muy grato para mi Espíritu, en cambio por la noche, aun cuando asista a una reunión agradable o al teatro, siempre al volver a mi hogar siento una tristeza indefinible.
¿Por qué?… ¡Quién sabe! A mi modo me lo explico y encuentro hasta natural lo que me sucede.
En mis anteriores existencias no brillé indudablemente por mis virtudes.
En mi vida aventurera no debí distinguirme por mis buenas costumbres, y como por regla general las sombras de la noche se buscan siempre para cometer los actos más escandalosos, quizás al llegar la noche mi Espíritu, que está sinceramente arrepentido de sus pasados errores, recuerda con tristeza y con remordimiento los siglos que ha perdido corriendo en pos de fáciles placeres, placeres que se convierten después en años interminables de soledad, de esa soledad íntima del alma, estado tristísimo en el cual se paga ojo por ojo y diente por diente.
Sea en fin por lo que sea, la noche para mí siempre es melancólica, en particular si salgo.
En casa no experimento ese malestar sin nombre que me atormenta cruzando las calles, nunca mi alma se encuentra tan sola como en esos momentos.
Anoche iba pensativa como de costumbre cruzando una calle de Gracia, cuando de pronto sentí un sacudimiento nervioso.
Volví la cabeza y vi junto a mí a una mujer del pueblo vestida pobremente.
Llevaba pañuelo a la cabeza y sobre su frente algunos mechones de cabellos pugnaban por salir de la cárcel del pañuelo.
El rostro de aquella mujer estaba tan cerca de mis ojos, que la vi perfectamente y no sé que experimenté al ver su cara pálida y demacrada en la cual destacaban sus grandes ojos que, me miraban fijamente.
Yo también la miré, como queriendo recordar dónde había visto aquel semblante, porque aquellos ojos no me eran desconocidos.
La mujer siguió a mi lado y las dos nos seguimos mirando con la mayor fijeza, hasta que yo subí a la acera y ella siguió andando lentamente por el centro de la calle.
Entonces la pude ver mejor, y vi con pena que iba encorvada bajo el peso de un enorme saco que llevaba a la espalda.
Su diestra sostenía un bastoncillo, aquella mujer era una pobre trapera.
Ella iba muy despacio y yo también, nos seguimos mirando, y cuando volví una esquina me detuve para ver cómo seguía su camino aquel pobre ser que yo recordaba haber visto.
¿Cuándo?… ¿Dónde?
Aquellos ojos, tenía yo la completa seguridad de haber cruzado con ellos miradas de inteligencia y de simpatía.
Llegué a mi casa y la figura de la trapera me parecía verla en torno mío.
Aquel semblante pálido parecía que cobraba más vida ante mi muda interrogación, y al decir yo mentalmente:
¿Dónde habré visto estos ojos?