Amalia Domingo Soler

¡UN COMPAÑERO DE AYER!

Alguien murmuró en mi oído:

“Es un compañero de tu ayer”.

– ¿De mi ayer?

-“Sí, juntos habéis pasado muchos años en diversas existencias”.

-“Entrégate al descanso y mañana seguiremos nuestra interrumpida conversación”.

Creo inútil asegurar que me acosté muy preocupada.

Los ojos de la trapera los veía tan claros que poco a poco parecía que entendía lo que me decían con su fijeza o mejor dicho, que nos entendíamos mutuamente, porque yo, mirándola de hito en hito, decía muy quedo:

“Si se quitara el pañuelo que cubre su cabeza”, y aún no había concluido de pronunciar mis palabras, cuando la trapera hizo un movimiento y se quedó con la cabeza descubierta.

Su  cabello negro y abundante se arremolinaba sobre su frente y en desorden caía en torno de su cuello.

Vi entonces la cabeza de un hombre y creí reconocer en él a un ser amigo.

No me era desconocido aquel semblante, que yo miraba con el mayor placer.

De pronto desapareció de mi vista aquella figura, pero no su recuerdo, y hoy en prueba de ello traslado al papel, aunque muy imperfectamente, mis impresiones de anoche, y ruego al Espíritu que contestó a mi pregunta que siga su interrumpida conversación, no por satisfacer curiosidad importuna, sino por estudiar en mis impresiones.

“Ya te hemos dicho muchas veces (me dice un Espíritu) que siempre contestaremos a tus preguntas, porque el fin que te guía es noble y bueno.

Tú quieres aprender para enseñar, tú quieres ver y hacer que otros vean, el que quiere difundir la luz siempre encontrará soles que le darán calor y vida”.

“Para impresionarte precisamente acerqué anoche a ti a la pobre trapera, que sin darse cuenta de lo que hacía se acercaba a ti para mirarte, sintiendo a su vez un placer inexplicable cuyo origen no podía adivinar.

Ella te miró sin envidia todo el tiempo que pudo mirarte, tú sentiste profunda compasión al verla abrumada bajo el peso de su miseria.

¡Quién te dijera entonces que aquella pobre trapera había sido tu compañero inseparable de aventuras y de atropellos, de locuras y desaciertos!

Erais entonces dos Espíritus tan afines en vuestros gustos y deseos, que os bastaba miraros para comprenderos.

No estabais satisfechos si juntos no llevabais el escándalo a los lugares más pacíficos, fuisteis siempre buenos amigos, nunca os envidiasteis ni vuestra fortuna en amores, ni vuestros triunfos literarios.

Erais dos almas que se necesitaban la una a la otra, se complementaban verdaderamente, porque la fechoría que no inventaba el uno, se apresuraba a inventarla el otro.

La cuestión era gozar, vivir sin pensar en el mañana, en el cual ninguno de los dos creía, y lo mismo en plena libertad que enfermos o encarcelados, siempre os fuisteis útiles el uno al otro”.

“Este compañerismo duró mucho tiempo, hasta que por causas que no es preciso revelar ahora, te decidiste a cambiar de rumbo, te convenciste de que el mañana es eterno, que acumular desaciertos no es más que forjar las cadenas para muchos siglos, viste que tu inteligencia  no supo aprovechar el precioso tiempo en que legítimas victorias te abrían de par en par las puertas de los sagrados templos del saber.

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