“Si por esta vez en las grandes bibliotecas no has podido pasar largas horas, conténtate con ese libro de innumerables hojas titulado La Humanidad.
En sus páginas encontrarás siempre útiles enseñanzas, no desdeñes la hoja que veas manchada por leer en la página orlada de flores, que no hay ningún Espíritu impecable, porque si Dios hubiera creado un alma a la cual le fuere imposible pecar, la Humanidad en masa tendría derecho para decirle:
¿Por qué das luz a uno solo y dejas en tinieblas a los demás?
Los Redentores, lo Mesías, los esperados por los pueblos oprimidos, no son otra cosa que espíritus de larga historia que, cayendo y tocando los resultados de sus múltiples caídas, se han sacrificado después por aquellos que antes oprimieron.
Existe la igualdad de origen del Espíritu y la perpetuidad de su progreso, reinando en cambio la variedad en los procedimientos que emplea cada ser para hundirse o elevarse”.
“Cuando el desaliento se apodere de ti, cuando las decepciones te abrumen, cuando la miseria te amenace con aplastar tu vivienda sin saber dónde guarecerte, acuérdate de la humilde trapera (uno de tus compañeros de ayer), y lucha denodadamente para no llegar a tan triste situación”.
“Adiós”.
Efectivamente, muy lejos estaba mi Espíritu de creer que aquella pobre mujer me serviría de lección provechosa para no desmayar en mis empresas.
¡Cuántos caminos tiene el Espíritu para ir haciendo comparaciones!
Cuando menos se espera, cuando uno cree que ha perdido el tiempo, se encuentra que aprende en un segundo lo que no aprendió con largos estudios.
Estoy agradecidísima a mis buenos amigos del espacio, que siempre responden a mi llamamiento.
¡OH! Si no fuera por ellos, cuántas veces hubiéramos dicho: ¡Señor! Aparta de mis labios este cáliz, ¡Es tan amargo su contenido!… Que la hiel y el vinagre que dieron a Cristo es néctar dulcísimo en comparación de este horrible brebaje que no calma mi sed, ni sacia mi hambre.
Pero ellos me dicen: No pidas con los labios, sino con tus hechos loables.
¡Bendita sea la comunicación con los espíritus!…
Amalia Domingo Soler