Amalia Domingo Soler

¡UN COMPAÑERO DE AYER!

Tú nunca te has abrazado a tu cruz diciendo: ¡Señor! ¡Hágase tu santa voluntad!, sino que con tu cruz a cuestas ha dicho tu Espíritu: Si hoy no puedo entrar en los templos de la ciencia, entraré en los tugurios, en las cárceles, en los hospitales, donde se llore, y allí diré a los mártires de la miseria que su dolor no será eterno, que se vive siempre, que se progresa eternamente.

Ya has tenido tus horas de debilidad, ya has pensado en morir separando de tus labios el amargo cáliz de tu expiación, pero como no faltaba en el espacio quien comprendiera el trabajo que podías hacer, secundaron tus deseos los buenos espíritus y te dijeron:

Trabaja, enseña a los pequeñitos de inteligencia, todo el tiempo que emplees en consolar y en instruir a los demás, será tiempo ganado a la humillación y a la amargura, y tú has hecho en realidad todo lo que humanamente has podido hacer, no por amor a la humanidad, sino por limar y separar los férreos eslabones de tu cadena, porque confusamente recuerdas otros tiempos mejores de gloria y de esplendor para tu Espíritu y quieres recobrarlos.

Quieres volver al dominio de tus conocimientos plenamente convencida de que en el lodazal del vicio sólo se consigue manchar las vestiduras, estacionándose miles y miles de siglos, y escarmentado por amarguísima experiencia, sueñas con el estricto cumplimiento de todo los deberes”.

“Como la lección provechosa para tu Espíritu, acerqué anoche a ti a la humilde trapera, que en siglos anteriores tuvo renombre por la galanura de su lenguaje, por su facilidad en la improvisación y su valor a toda prueba en lances y pendencias en garitos y en lupanares.

Por el mismo camino ibais los dos, conseguíais los mismos lauros, porque iguales eran vuestros merecimientos, y por lo tanto idéntica debía ser vuestra expiación con ligeras variantes de tiempo o de lugar.

Tu compañero se abrazó a su cruz, miró hacia abajo y no se encontró digno de elevar sus miradas al cielo, y va pagando sus muchas deudas en la humillación, en el anonadamiento, se cree tan pobre que de nada se encuentra digno.

Tú en cambio te exasperas por los siglos que has perdido, y resistes a la miseria, al dolor, a la soledad íntima de tu alma, al amargo convencimiento de que por esta vez no puedes ser amada como tú deseas, como tú presientes, como tú adivinas que puede ser amado un Espíritu, y tu esfuerzo, tu enérgica voluntad de ser útil en medio de tu inutilidad, te ha salvado de sufrir las humillaciones que ves en los otros.

Tú, en medio de las mayores amarguras, has elevado tu pensamiento, has sentido sed de infinito. Por eso has encontrado quien haya acercado a tus labios el agua de la salud y el néctar refrigerante del progreso”.

“La trapera que tanta lástima te inspiró es la imagen del Espíritu humillado por su culpa, que no se atreve a mirar al cielo temiendo el enojo de Dios.

En cambio, tu razón te dice que Dios no puede enojarse nunca, porque de enojarse se enojaría con su misma obra.

Tú crees que se cumplen leyes eternas de lucha y de evolución continua, y las caídas y los desfallecimientos, y las debilidades de los espíritus, y los esfuerzos gigantescos de los mismos, para allanar montes, vencer obstáculos, vadear ríos y cruzar mares, este flujo y reflujo de las pasiones humanas no pueden ni alegrar ni entristecer al que no tiene más ley que la ley de gravedad.

Tú crees que todo cae del lado que se inclina, tras la culpa va el castigo, tras del sacrificio la victoria, la glorificación.

Tú crees y estás en lo cierto, que nada se consigue diciendo hágase la voluntad de Dios, porque la voluntad de Dios está a más altura que las miserias y debilidades humanas.

La voluntad que ha de imperar es la del Espíritu, ésta es la que ha de luchar y ha de vencer, único patrimonio que Dios le concedió al hombre”.

“Quede fotografiada en tu imaginación la imagen de la trapera con su saco a la espalda cruzando de noche las calles, buscando en la inmundicia los medios para vivir: colócate junto a ella y mide la distancia que hay de una vida a otra, mejor dicho, de una situación a otra, o de una posición social a otra posición social.

Considera que aquel Espíritu fue uno de tus compañeros de ayer, mira lo que se consigue mirando al cielo, soñando con otros mundos y trabajando para entrar en ellos, y repite cien y cien veces que el Espíritu cuando quiere, en medio de la mayor degradación se engrandece, aun cuando esté en un presidio rodeado de asesinos incorregibles.

¿Qué importa?

El Espíritu rechaza el contagio de la criminalidad cuando dice ¡Quiero progresar! ¡Quiero ser grande!

Y no solo rechaza el crimen, sino que atrae a la buena senda a los que le rodean.

¡Quién te dijera anoche, cuando pensativa y melancólica te dirigías a tu hogar, que ibas a recibir una lección tan útil en medio de la calle!”

“Fíjate siempre en todos los seres que a ti se acerquen en momentos inesperados.

Acude adonde te llamen, que en todas partes encontrarás motivos para estudiar y aprender”.

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