Amalia Domingo Soler

¡VENID A MÍ LOS QUE LLORÁIS!


El desarrollo de fuerzas es la vida; la actividad es para el crecimiento del hombre lo que el sol para la fecundación de la tierra.

Foto de Amalia Domingo Soler

Uno de vuestros sabios contemporáneos ha dicho que el que trabaja ora; y el trabajo constante fue mi oración: pues si bien muchas veces he quedado sumido en profunda meditación ante la tumba de la niña pálida, la de los rizos negros, y elevaba mi pensamiento a Dios en la cumbre de las montañas, nunca me sentía más fuerte ni más inspirado que cuando podía enjugar el llanto de los innumerables mártires de la miseria, o me era posible evitar una acción vergonzosa a algún magnate que con su oro quería comprar su martirio futuro.

¡Cómo crecía mi espíritu en la lucha!

Mi organismo, debilitado por el sufrimiento y hasta por el hambre —porque mi excesiva pobreza nunca me permitió alimentarme con nutritivos manjares—, recobraba una vida exuberante.

Me encontraba tan fuerte, tan animoso, tan convencido de que Dios estaba conmigo, que acometía empresas superiores a mis conocimientos, a mis medios de acción, y obraba verdaderamente obedeciendo a otra voluntad más potente que la mía.

Yo comprendía (sin quedarme la menor duda) que en mí había dos seres que actuaban a la vez, y que si en un momento de crisis mi espíritu se quedaba sobrecogido, alguien le decía: «Avanza, no retrocedas nunca en el camino del bien, no te duelan los sacrificios.»

Y en verdad, no me dolían, porque gozaba en sacrificarme.

La soledad, la desgracia, el abandono en que me dejó mi madre, me hicieron un filósofo profundo.

Desde mi más tierna juventud consideré al sacerdote católico romano como árbol seco; comprendía que todas las ceremonias religiosas eran insuficientes para engrandecer el alma; admiraba y envidiaba al padre de familia que consagraba su vida al sostenimiento de sus hijos.

Allí veía algo útil, mientras que en mi existencia solitaria no hallaba más que un fondo de egoísmo, y como estaba resuelto a no ser egoísta, plenamente convencido de que el mayor de todos los vicios es el vivir uno para sí mismo, decidido a engrandecer mi vida, cansado mi espíritu de tomar parte en los sufrimientos ajenos, que cuando en mi aldea no ocurría nada de extraordinario, si no iba a caza de aventuras poco le faltaba; me basta oír el relato de una calamidad para acudir solícito a consolar a los que sufrían.

En una ocasión llegó un buhonero a mi aldea, se colocó en medio de la plaza, y después de vender parte de sus baratijas, contó a quien lo quiso escuchar que no lo habían dejado entrar en Santa Eugenia, pueblo muy distante de mi aldea, porque se había declarado la peste en dicha localidad; que la mayoría de los moradores habían huido a la desbandada, siendo de los primeros el cura, lo que había causado penosísima impresión en todos sus feligreses, puesto que los había dejado entregados a la perdición, sin tener quien los confesara en sus últimos momentos.

La narración de aquel hombre me había conmovido profundamente, y acto continuo le dije a Miguel:
—Atiende; ve a ellos.

Pronto comparecieron Andrés y Antonio, honrados propietarios, que parte de su pequeña fortuna la empleaban, por consejo mío, en obras de caridad.

Al verles les dije:
—Necesito de vosotros para que me acompañéis a un lugar donde se llora, donde por faltarles todo, ni un sacerdote tienen que les escuche en confesión.

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