Amalia Domingo Soler

¡VENID A MÍ LOS QUE LLORÁIS!

Sé que la viuda del molinero del Torrente es víctima de una horrible catástrofe:
dejad que acuda en su auxilio; y vos id a vuestra casa, que indudablemente vuestra familia necesita de vos —y espoleando a mi caballo lo lancé al galope, mientras el burgomaestre (según me dijeron luego mis compañeros) hacía la señal de la cruz, diciendo con voz entrecortada:
—Tiene razón, ese hombre ha hecho pacto con Satanás.

Siempre me juzgó mal la humanidad: mientras estuve en la tierra, me creyó en connivencia con el diablo, y cuando dejé ese mundo, me apellidó santo.

¡Cuan lejos ha estado siempre el vulgo de la verdad!

En realidad, no fui más que un hombre ávido de progreso que había perdido siglos y siglos buscando en la ciencia lo que nunca pudo encontrar: ese goce íntimo, esa satisfacción inmensa, esa alegría inextinguible que nos proporciona la práctica del bien.

¿Qué importa que haya ingratos en la tierra si ellos con su ingratitud no nos pueden arrebatar ese recuerdo purísimo que cual luz misteriosa nunca se extingue, iluminando la senda que recorremos?

Dichoso aquel que, al entregarse al descanso, puede decir: «Hoy he enjugado una lágrima».

No me era desconocido el pueblo de Santa Eugenia.

Sabía dónde vivía la viuda del molinero del Torrente, que habitaba una casa medio arruinada casi fuera del poblado.

Su marido había muerto en mis brazos seis años antes, y sus últimas palabras aún resonaban en mis oídos.

Murió diciendo: «Me voy tranquilo, mis hijos no quedan huérfanos», y acompañó sus palabras con una de esas miradas que le hacen a uno creer en la existencia de Dios.

Hay miradas de fuego, miradas luminosas que descubren las inmensidades de la enfermedad…

Cuando llegué a la casa apestada, un hombre alto y fornido, de aspecto repugnante y feroz, me cerró el paso, diciendo con acento iracundo:
—Tengo orden de no dejar pasar a nadie; la muerte está aquí dentro.
—Pues adonde está la muerte deben acudir los vivos.

Déjame pasar, porque vengo a compartir tus fatigas; llévame donde está Cecilia.

—Y echando pie a tierra, le dije a mi interlocutor—: Guíame.
Aquel desgraciado me miró con asombro y me dijo con más dulzura:
—Padre, usted sin duda no sabe lo que hay aquí, ¡hay la peste!
—Pues por eso vengo, porque sé que hay varios seres que están agonizando; no perdamos tiempo.

—Y con paso apresurado penetré en el interior de la casa, donde encontré un cuadro de los más horribles que he visto en mi vida; en un aposento destartalado, alumbrado por un hachón de resinosa tea, había seis hombres acurrucados unos juntos a otros, encima de un montón de paja, mantas y trapos todo revuelto; su respiración fatigosísima me impresionó dolorosamente; miré a todos lados buscando a la buena Cecilia, que era una madre modelo, y la encontré en un rincón, sentada en el suelo y sin movimiento alguno.

Cogí su diestra y la estreché entre mis manos, murmurando suavemente:
«¡Cecilia!» Ésta abrió los ojos, me miró como aquel que despierta de un profundo sueño, y repetí con voz más acentuada: «Cecilia, levántate. Dios ha oído tu ruego.»

—Es verdad, puesto que habéis venido.

—Y haciendo un esfuerzo sobrehumano aquella pobre mártir se levantó, y entre sollozos me contó que hacía 26 días que luchaba con la horrible enfermedad de sus hijos, sin descansar sino brevísimos momentos en la mitad del día, pues por la noche se agravaban y no los podía abandonar; que aquella tarde le habían faltado las fuerzas por completo; que había pensado en mí y me había llamado con insistencia, extrañando que yo no hubiera acudido antes, puesto que en todas sus plegarias pedía a Dios que me enviase.

Yo había llevado conmigo mi cajita de remedios, sencillísimos en la preparación, pues todos eran vegetales, pero me ayudaban más que todas mis facultades curativas, mi potencia magnética, potencia tan poderosa que me había granjeado fama de brujo, pues en muchas ocasiones hice curas maravillosas (a simple vista), por más que no pasaban de ser hechos naturales dentro de las leyes físicas, leyes desconocidas para las multitudes ignorantes.

Tenía la inmensa ventaja de saber aprovechar el tiempo, y a las tres horas de haber llegado a aquel lugar de tormento, los seis enfermos dormían tranquilamente, unos con más reposo que otros, mientras Cecilia y el enfermero que le habían enviado, siguiendo mis instrucciones, preparaban tisanas y calmantes, corriendo yo entretanto a casa del burgomaestre a pedir clemencia para aquellos desgraciados que carecían de lo más indispensable.

Al verme la primera autoridad, comprendí en su mirada que le inspiraba espanto.

Creía ciegamente que yo tenía hecho pacto con Satanás, porque al llegar a su casa, algo preocupado con lo que yo le había dicho, encontró a sus tres hijas sufriendo terribles convulsiones, que obedecían, por supuesto, a una causa sencilla y natural: habían salido aquella tarde, pasando cerca de la casa de los apestados, en ocasión que uno de los enfermos, dominado por la calentura, había burlado la vigilancia de su madre y salido al campo, envuelto en una manta, lanzando gritos desgarradores; las niñas, al verle, se impresionaron; el terror se apoderó de ellas y volvieron a su casa temblando convulsivamente.

Yo no sabía nada de esto; mas en muchas ocasiones, sin poderme explicar la causa, adivinaba lo que iba a acontecer.

Sin cuidarme de las miradas recelosas del burgomaestre, pedí a su esposa que me acompañara con sus plegarias para prestar alivio a sus hijas; y como la oración de una madre es la súplica más ferviente que hace el espíritu, como hay en ella todo el amor que puede sentir el alma, su ruego y mi potente voluntad de hacer bien consiguieron la cesación de las convulsiones en la pobres niñas impresionadas.

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