Traed vuestros mejores caballos.
A buen paso mañana podremos llegar al pueblo apestado.
Vosotros descansaréis en la granja que hay en la entrada y yo haré mi trabajo.
Al día siguiente regresaréis aquí para yo estar completamente tranquilo.
Según ha contado un buhonero, hay una pobre familia, a quien yo conozco mucho, cuyos siete miembros están en el lecho de muerte, y un criminal, un asesino, es la única persona que la autoridad ha destinado para cuidar de los enfermos.
¡Eso es horrible! ¡Eso es inhumano!
Mientras yo pueda tenerme en pie quiero decir con mis hechos
¡Venid a mi los que lloráis!, que si Dios me ha negado los hijos del amor, ha sido para darme familia más dilatada, compuesta de todos los infortunados que sucumben al peso del dolor.
En mi última existencia tuve indudablemente una potencia magnética de primer orden, porque imponía mi voluntad sobre todos los que me rodeaban, sin que ninguno se atreviera a hacer una leve objeción.
Montamos a caballo, y mis compañeros apenas podían seguirme.
Yo corría con la velocidad del rayo; mi corcel saltaba zanjas y precipicios sin intimidarle ni las escarpadas vertientes ni los profundos abismos.
El sol se hundió tras de los montes, la luna en toda su plenitud extendió su manto de plata sobre el mar que dormía tranquilo y con toda felicidad llegamos al término de nuestro viaje.
Hoy no existe ni una piedra de aquel lugar apestado, pues guerras e incendios destruyeron esa población agrícola, rica en manantiales, en frutos sabrosos y en granjas modelos.
A bastante distancia de Santa Eugenia encontramos tendido el cordón sanitario y el burgomaestre que paseaba de un lado a otro, demostrando en su semblante profunda inquietud.
Cuando nos vio llegar, nos cerró el paso, diciendo con acritud:
—Pasad, pasad de largo, que el diablo se alberga aquí.
—Pues donde está el diablo es donde hay que levantar la cruz.
Dejadme pasar, que vengo a consolar a los enfermos.
— ¿Quién sois, pues?
—El padre Germán.
— ¡El padre Germán…! ¡el brujo…! ¡el hechicero…! ¡el endiablado…! ¡huid, huid de aquí…!
—Seré todo, todo lo que queráis; pero dejadme pasar; es que aquí hay siete individuos abandonados de los hombres, y yo vengo a decirles que no están abandonados de Dios.