Amalia Domingo Soler

¡VENID A MÍ LOS QUE LLORÁIS!

Su padre veía el milagro que se operaba sin saber quién lo hacía, pero como amaba a sus hijas, me miró casi con gratitud, diciendo con cierto recelo:
—Dicen que sois emisario de Satanás, pero vuestras obras hay que confesar que no lo manifiestan.
—Tenéis razón; nunca el genio del mal se complacerá en el bien: no hay en mí más que un ardiente deseo de convertir en una sola familia a la fraccionada humanidad.

Cuando todos se amen, la tierra será el bíblico paraíso.

Dios no creó a los hombres para que vivieran peor que las fieras, sino para que se amaran.

Yo he comprendido su ley, ¡he ahí toda mi ciencia, todas mis malas artes! Donde veo una lágrima acudo presuroso.

Sólo el amor universal será la redención del hombre.

Más de un mes permanecí en Santa Eugenia.

Cecilia tuvo la inmensa dicha de ver a sus seis hijos completamente curados.

El júbilo de aquella madre modelo fue indescriptible; sus miradas y sus demostraciones de cariño me recompensaron ampliamente de todos mis afanes.

Cuando me dispuse volver a mi aldea me asaltó un pensamiento.

Cecilia y sus hijos eran espíritus adelantados, y en aquel lugar, habitado por seres supersticiosos y egoístas, no estaban en su centro; la prueba estaba bien manifiesta, pues cuando necesitaron de auxilio fueron abandonados casi en absoluto, negándoseles lo más necesario para la vida.

Los creían los malditos de Dios por haber adquirido una enfermedad contagiosa que, según se creía, habían llevado a aquel punto unos bohemios que pernoctaron en Santa Eugenia.

Mi llegada, si bien les fue beneficiosa, en mi ausencia podría servirles de un nuevo tormento, y quién sabe si hasta podrían ser perseguidos diciendo que estaban embrujados por mí, puesto que los había curado.

Conocía tan a fondo al vulgo ignorante, que no quise dejar expuestos a mis amigos a sus imbéciles iras, y les propuse que cambiaran de residencia, viniéndose a mi aldea, donde con su trabajo podrían vivir con más holgura que en Santa Eugenia.

Cecilia me contestó que pensaba proponérmelo, pues comprendía, como yo, que al irme se desencadenaría sobre ellos una verdadera persecución, comenzando por el cura del pueblo, que nunca me perdonaría haber puesto de relieve su impiedad.

Cuando me fui a despedir del burgomaestre le ofrecí mi humilde casa, diciéndole:
—Me llevo a los apestados.

Si acaso la peste reaparece en Santa Eugenia, mandadme a vuestra familia, que las jóvenes son impresionables y el temor es el contagio.
— ¿Creéis que la peste volverá?
— ¡Quién sabe! Si tal sucede, la primera víctima será el pastor que abandonó su rebaño.
Salí de Santa Eugenia con Cecilia y sus hijos.

Un solo hombre me despidió llorando como un niño: el pobre criminal que había servido de enfermero a los apestados.

Aquel infeliz se abrazó a mis rodillas llamándome ¡su Dios!

En realidad, mi voz encontró eco en su conciencia, en aquella encarnación comenzó a ver la luz, y hoy está entre vosotros siendo un apóstol de la verdadera religión.

En mi última existencia quizá no tuve momentos más felices que los que transcurrieron durante mi regreso a la aldea con Cecilia y sus hijos; éstos eran unos espíritus tan despiertos, tan comprensivos, tan amantes del adelanto; sabían querer con tal sentimiento, que me sentí gozoso al considerar que llevaba a mi aldea a seis hombres que podrían ser buenos jefes de familia.

Al verlos tan ágiles, tan robustos, tan llenos de vida y de juventud, recordaba del modo que los encontré, tan abatidos, tan desfigurados, tan horrorosos, con el rostro ennegrecido, los cabellos erizados, los ojos sin brillo, los labios cubiertos de espuma sanguinolenta, la inteligencia entorpecida hasta el punto de no conocer ni a su madre, a la que todos adoraban como una santa, y santa era en realidad, porque fue de las mejores madres que he conocido en la tierra.

Entré en mi aldea más satisfecho de mí mismo que todos los conquistadores del mundo, y lleno de emoción dije a mis feligreses:
—Fui a buscar en el seno de la muerte el principio de la vida.

Os traigo una familia modelo, así que imitad sus virtudes y seréis más ricos que todos los potentados de la tierra.

Un mes después, supe por la familia del burgomaestre de Santa Eugenia, que vinieron a refugiarse en mi aldea huyendo de la peste, que al regresar el cura a dicho punto fue el primero que sucumbió, víctima de la enfermedad que tanto horror le causaba que le obligó a olvidar sus deberes en los momentos más solemnes.

Réstame decirles, para terminar este capitulo de mis Memorias, que los seis hijos de Cecilia fueron la base de varias, familias amantes del progreso y de la verdad.

Todos contrajeron matrimonio, y la mayor parte de sus hijos recibieron de mí la primera instrucción.

Me inspiráis compasión cuando os veo languidecer suspirando en la soledad que os creáis por vuestro egoísmo.

Decís que no tenéis familia.

¡Ingratos! ¿Pues los desvalidos y los enfermos no son vuestros hermanos menores?

Todo ser débil que reclama vuestro amparó es deudo vuestro y ¡hay tantos desgraciados en el mundo!… ¡Es tan numerosa la familia de los anacoretas! ¡Hay tantos cenobitas que se mueren de frío en los desiertos de ese planeta!…

Creedme, decid como yo decía: ¡Venid a mí los que lloráis!, y tendréis una familia numerosísima.

¡Hay tantos niños sin padre!… ¡Hay tantos ciegos sin tener quien los guíe!…
¡Hay tantas víctimas de las miserias humanas!…

Enjugad vuestras lágrimas, pues el llanto que se vierte en la inacción es como el agua del mar que no fecunda la tierra laborable.

No lloréis solos, llorad con los afligidos, y vuestro llanto será rocío benéfico que hará brotar flores entre las piedras.

Amalia Domingo Soler

Memorias del Padre German

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