Amalia Domingo Soler

EL ESPIRITISMO

Foto de Amalia Domingo Soler

Hermanos míos: en la Tierra no se conoce aún el tipo de hombre perfecto (dejando aparte los Redentores), espíritus que vienen con grandes misiones y que viven se puede decir fuera de nuestra atmósfera moral; pero los que estamos sujetos a todas las eventualidades de la vida, a los que nos codeamos con las tentaciones del lujo, con las mágicas atracciones del placer, con el horror de la miseria, con la triste soledad del alma, a los que vivimos entre todas las imperiosas necesidades de la existencia no se nos pide ser grandes y buenos en absoluto; todo lo más que podemos hacer es tratar de no ser malos, avanzando en la senda del bien todo cuanto nos sea posible; y esto hacen los espiritistas, van por el mejor camino, por el único sendero que no tiene punzantes espinas, por la caridad van hacia Dios.

¿Qué es el Espiritismo? Veamos lo que dicen algunos espíritus:

“El Espiritismo es la ley de la razón y hallarle es encontrar la familia universal, y por lo tanto nunca será la derrota de la familia terrena”.

“El Espiritismo es la razón de por qué se existe, es el equilibrio del alma, es el néctar del infinito, es el evangelio del sentimiento, es el lenguaje de Dios”.

“El Espiritismo es el alma en acción, es la fraternidad de los pueblos, es la vida del hombre, dándole las llaves del pasado, del presente y del porvenir, es un manantial que nunca se agotará, es la cuenta de la herencia que tenemos ganada, es la ley de las inteligencias, es el eco de los tiempos, es la civilización eterna, es el reflejo del pasado iluminando nuestro presente”.

Esto dicen los espíritus, y yo digo que el Espiritismo es la demostración sencilla y natural de que poseemos un alma que vive eternamente y que eternamente progresa, siendo nosotros los árbitros de nuestro destino.

Si queremos ser grandes llegaremos a ser Redentores de los mundos, porque la grandeza del Espíritu no es otra cosa que el trabajo acumulado de millones de existencias, en las cuales hemos ido tejiendo la tela de nuestra túnica blanca como el armiño y luminosa como los rayos del Sol o de lienzo burdo manchada de sangre y lodo.

El estudio del Espiritismo nos induce indudablemente al bien, porque nos enseña que el amor a la humanidad es el único timbre de gloria que nos engrandece en el espacio.

Los espíritus nos dicen, que no se puede ser grande sin ser bueno, porque el bien es la realidad del Universo, y la verdad siempre es verdad, que una buena acción da al Espíritu una dicha inagotable, que la ciencia da la luz al alma, y el bien la conduce a la inmensidad.

El verdadero Espiritista tiene que ser Deísta, porque los seres de ultratumba le repiten, que Dios existe porque se manifiesta en la naturaleza, que las verdades del Universo son las demostraciones de Dios, aunque Éste es la incógnita que no verá nadie, a pesar de ser la fuerza arrebatadora del Universo y la luz de todo lo existente, siendo su amor un Océano en el cual nunca naufragaremos.

Con el mayor entusiasmo nos dicen las almas de los que fueron, que Dios es la suma de todas las cantidades que hay en la Creación, porque es el valor total; que cuando Dios crea no hace más que escribir en la naturaleza, que estar sin Dios es no existir, que Dios es la vibración eterna de las inteligencias y el conjunto de todas las bellezas armónicas, porque es la verdad matemática de los mundos, y la sonrisa del infinito.

Nos inclinan a rendirle culto en Espíritu y verdad, diciéndonos que el progreso es un libro del cual nadie leerá la última página, que el gran templo de la religión de la verdad es el amor a la ciencia. Nos hacen también amar al trabajo, porque nos dicen que una fortuna ganada sin asiduas tareas es una deshonra para el Espíritu, y una herencia sin amor, un fruto sin sabor.

Es tan difícil recordar y referir todo cuanto nos dicen los espíritus en sus comunicaciones, que es poco menos que un imposible tratar de demostraros la utilidad de sus enseñanzas, encaminadas todas ellas a conseguir nuestro adelanto moral e intelectual.

En las grandes aflicciones de la vida, en la contínua pérdida de los seres queridos, la comunicación de los espíritus ha sido más provechosa a la humanidad que todas las religiones.

Todas las glorias y todos los cielos prometidos por los Enviados y los Mesías a los hombres de buena voluntad, quedan reducidos a la nada ante la comunicación verdadera de un Espíritu que diga por ejemplo a su madre, que llora con el más profundo desconsuelo:

“¡Madre mía… no llores, que estoy contigo, te quiero más hoy que ayer, porque veo mucho más claro y comprendo que has dado un paso gigante.

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