Amalia Domingo Soler

EL ESPIRITISMO

He desgarrado tu corazón con mi temprana muerte, he reducido a deleznable polvo el castillo de tus hermosas esperanzas terrenales, pero no me has perdido; me has mecido en tus brazos y me has llevado en tu seno porque necesitabas que alguien despertara tu dormido sentimiento; y has tenido que verme sonreír para darte cuenta que existía y de que Dios era el alma del Universo; porque la sonrisa de un niño que se quiere es la sonrisa de Dios”.

“Me has amado y has comenzado a progresar, y cuando más te embriagaban mis caricias, cuando más te complacías en jugar con mis blondos rizos, me vistes palidecer y cerrar los ojos que eran el espejo donde tú veías la exacta fotografía de los cielos”.

“Mi cuerpo, aquel cuerpecito que para ti estaba mejor modelado que las estatuas de Fidias, le vistes rígido, e, insensible a tus besos y al fuego de tus lágrimas, y después… después contemplastes mi cuna vacía, te abrazastes a la pequeña almohada en la cual tantas veces habías reclinado mi cabeza y ofrecistes a Dios el sacrificio de tu gloria eterna si me volvías a ver entre tus brazos; pero Dios no te escuchó, no podía escucharte porque no puede quebrantar sus leyes. No fue Él quien  te arrebató tu hijo, fuiste tú la que le lanzastes de tu seno”.

¿Crees que no ha sido así, madre mía? Pues créelo, porque así es; tú fuiste madre en otras existencias y nunca quisistes a tus hijos. Cuando eras Abadesa de un convento, los frutos de tus sacrílegos amores eran enterrados vivos en el momento de nacer, o arrojados a las puertas de las iglesias sin que sintieras el más leve sentimiento, sin que el remordimiento te acusara por faltar a las leyes divinas y humanas. Después, cuando en otras encarnaciones eras dama principal y un esposo noble y opulento te daba sombra, tus hijos fueron siempre entregados a manos mercenarias para no ajar tu belleza con las vigilias maternales; y ahora que se despertó tu sentimiento maternal, ¿Te crees acreedora de gozar la dicha inefable de verte acariciada por un hijo? No madre mía; ahora tienes que perderle para lavar con tu copioso llanto la mancha de tu horrible ingratitud. Tienes que purificarte, madre mía, por medio del amor y del sufrimiento: comienza por querer a los niños, acude a los asilos de los huérfanos; llévales juguetes y dulces, que de ambas cosas carecen los niños pobres y abandonados. Ensaya tu amor de madre, yo te guiaré, yo te inspiraré; ya ves lo que has ganado amándome; tus noches en vela, tu inquietud, tu ansiedad al verme padecer hoy la ves recompensada porque yo nunca te abandonaré”.

“No te duelan los sacrificios en bien de los niños pobres, conviértete para ellos en la imagen de la Providencia, y ya que tú misma separaste de tus brazos a los que eran carne de tu carne y hueso de tus huesos, procura por medio de tu amor y tu arrepentimiento acercar de nuevo hacia ti los pequeñitos desheredados, quiere tú a los que no tienen quien les quiera, que ayer también quisieron a tus hijos, otras mujeres piadosas que compadecieron su orfandad”.

“Recuérdame siempre ¡Madre mía! Y ámame en los pequeñuelos desvalidos”.

Esta comunicación que ha recibido hace poco tiempo una madre desolada ¿No le ha sido mucho mas beneficiosa que mandar decir misas de gloria y aborrecer a la vez a los demás niños porque murió su hijo? A muchísimas mujeres les he oído decir mas de una vez: Que no me traigan niños a mi casa, porque no se que haría con ellos, muerto el hijo de mis entrañas, que me parece que las demás criaturas, insultan mi dolor con sus gritos y sus risas. En cambio, con la comunicación de los espíritus, los dolores mas horribles se consuelan. No diré que se deje de sentir una parte de la pena, porque cuando el sufrimiento nos abruma es para que sintamos algo de su enorme peso; pero una cosa es decir con íntima convicción: pago lo que debo y mañana no tendré quien me presente cuentas, y otra muy distinta creerse víctima de un destino implacable que hiere nuestro sentimiento, que rompe cruelmente todas nuestras fibras, reduciéndonos a ser victima expiatoria sacrificada en aras de misteriosa fatalidad diciéndonos: ordeno y mando que llores porque tu llanto hace falta para regar las flores de la Tierra.

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