
Es verdad que el Espíritu se reencarna, pero no nace, no crece, no envejece y no muere; es el cuerpo físico el que nace, crece, envejece y finalmente muere. El Espíritu es un reflejo de la inmensa Luz de su Creador, que ilumina todo el Universo, y no puede ser destruido porque es eterno.
Cuando el Espíritu ya puede existir como entidad libre, continúa subordinado a las leyes de Dios, pues aunque sea un Espíritu eterno y disponga de su libre albedrío, jamás deja de ser un servidor de su Creador.
El Espíritu se manifiesta de forma temporaria, por medio de su cuerpo físico, que es su instrumento de trabajo en el aprendizaje y en el ambiente en que tiene que vivir. En sus múltiples existencias aprende el significado y la importancia que tiene para nosotros, el pecado y la virtud, el bien y el mal, la salud y la enfermedad, lo cierto y lo equivocado, lo inferior y lo superior.
Para distinguir y valorar la importancia de estos conocimientos, el Espíritu tiene que vivir repetidas existencias, sólo nos cabe dar un giro rápido a nuestro rumbo, cambiar nuestra forma de vida para evitar mayores sufrimientos.
Para poder tener un nuevo cuerpo físico, el Espíritu debe extender su periespíritu en forma disminuida, hasta acoplarse en el útero peri-espiritual de la futura madre encarnada. Es así como se consigue que el cuerpo físico en formación, reúna las condiciones más parecidas a las que el Espíritu necesita para su nueva vida.
El gameto masculino, en su recorrido instintivo en dirección al óvulo, se convierte en un detonador psíquico, una especie de “eslabón” o “conmutador automático”, que funciona en su esencia ectoplásmica, ligando el mundo espiritual con el mundo físico.
Después del acoplamiento del cuerpo fluídico del Espíritu reencarnante, situado en el útero de la madre, gradualmente recibe los fluidos indispensables para la vida física y la constitución molecular propia de la Tierra.
Este proceso de reducción del periespíritu para poder acoplarse a la forma fetal en el vientre espiritual de la futura madre, es más o menos largo, según el estado evolutivo en que se encuentre el Espíritu.
El Espíritu se somete en el Más Allá, a un proceso lento para reducir su periespíritu, hasta alcanzar la forma fetal apropiada para acoplarse en el vientre peri espiritual de la madre.
El Espíritu ya trae consigo su molde invisible, el cual se reduce en el útero y se rellena de sustancia física hasta el límite, para desarrollar su crecimiento, sin que pueda sobrepasar el molde o matriz peri-espiritual, que ya existía antes de la formación del cuerpo físico.
Después de la gestación física en el vientre de la mujer, la criatura nace en el plano físico, realizando la materialización de su periespíritu reducido anteriormente antes de la gestación.
Después del corte umbilical, el Espíritu continúa desenvolviendo su periespíritu hasta el límite trazado por su propio compromiso espiritual individual.
El Espíritu despierta gradualmente con su envoltura, hasta alcanzar su configuración primitiva, que tenía antes de encarnar.
Cada existencia humana es una nueva experiencia que a través del cuerpo físico tiene el Espíritu.
La naturaleza gradúa proporcionalmente la unión del Espíritu con su cuerpo físico, por medio de tiempo controlado y conocido como infancia, juventud, madurez y vejez.
Pero así como se puede extinguir la vida de una lámpara eléctrica, ante la sobrecarga de un alto voltaje, los raciocinios contradictorios y emociones, los sentimientos violentos y vibraciones negativas, que por diversas razones recibe el Espíritu durante su existencia, puede afectar la cohesión molecular del cuerpo, alterar el sistema nervioso, desarmonizar las colectividades microbianas y provocar graves enfermedades cuando esa alteración ultrapase la resistencia y capacidad que posee el organismo afectado.
Es necesario tener conocimientos, una mente clara y una creencia firme y segura para poder vivir en un mundo tan materializado, contaminado y aparentemente tan injusto como éste y no contaminarse, ni dejarse influenciar por la negatividad que existe.
Si queremos evitar las enfermedades mencionadas, tenemos que reunir estas condiciones, es decir, saber vivir en un mundo negativo, sin dejarnos contaminar por él.
El Espiritismo tiene los argumentos y esclarecimientos para que la realización de este importante cambio, en nuestra forma de vida, sea mucho más fácil.
El ser humano, hace muchos siglos que vive condicionado a los dogmas, tabúes y creencias cultivadas y promovidas por las organizaciones religiosas que sólo trataron de atemorizar a sus fieles, pero nada les aclararon con respecto a la vida del Espíritu después de la muerte del cuerpo.
El ser humano necesita librarse de las sombras causadas por los misterios religiosos y los preconceptos de la sociedad humana que le impide o dificulta, ejercer el derecho que tiene para investigar y conocer la verdad.
La mente humana debe renovarse definitivamente de sus viejas y viciadas creencias religiosas, para aceptar y comprender los nuevos conceptos de la Religión Universal.
Es verdaderamente difícil para el hombre liberarse de sus viejas y tradicionales creencias, admitir nuevos conceptos desconocidos y abandonar la dirección de los sacerdotes con sus templos. La nueva doctrina le parece extraña y aparentemente dudosa, porque es una idea nueva que pertenece a un nuevo movimiento espiritualista, destructor de las viejas y cristalizadas tradiciones.
Es una decisión difícil para el hombre, dejar una creencia conocida, con su mundo divino de apariencia tierna y feliz, para aceptar sobre sus hombros toda la responsabilidad de su destino, bueno o malo. Por esto es tan difícil abandonar las convicciones religiosas del pasado, porque aún influyen en nuestros sentimientos, los misterios y milagros que alimentaron nuestra fe primaria.
Los cristianos son los hombres que siguen los preceptos y enseñanzas de Jesús, los “Crísticos” son las almas universalistas e integrados al metabolismo del Amor Divino, que se encuentra exceptuado de preconceptos y convenciones religiosas.
Jesús era un Crístico y los hombres que le seguían se decían cristianos. El cristiano sólo admite el Evangelio de Jesús, el Crístico vibra bajo el Amor latente en todos los códigos espirituales, divulgados por los diversos instructores del Cristo.
El Espiritismo es una doctrina codificada para la divulgación popular de la realidad espiritual. Le cabe efectuar determinadas correcciones en el dogmatismo y creencias supersticiosas de las religiones, rechazando los símbolos, fórmulas misteriosas, liturgias, y el uso de objetos utilizados para la adoración, para que sus adeptos tengan un rápido conocimiento de la realidad espiritual, desconocida hasta ahora por ellos.
Mientras las religiones pierden su tiempo en ceremonias litúrgicas, los espíritas conseguimos aprovechar mejor el tiempo, estudiando y trabajando en nuestra transformación interior, para acercarnos cada vez más a la realidad espiritual.
El Espiritismo no es un competidor más en las discusiones y desentendimientos religiosos del mundo; es una doctrina, un ideal nuevo que puede unir a todos los hombres interesados en conocer la realidad y autenticidad de su naturaleza espiritual.
El Espiritismo tiene el deber de divulgar su consolador mensaje espiritual para el esclarecimiento del ser humano.
Es una doctrina codificada por Allan Kardec para liberarnos de las supersticiones, milagros, dogmas y preconceptos religiosos, pero lo más importante es preparar a la humanidad para que comprenda este mensaje y esté preparada para los cambios y acontecimientos que se avecinan.
El mundo espiritual está movilizando todos los recursos posibles para que estos acontecimientos no sean demasiado dolorosos, para ello es necesario que los seres humanos acepten la existencia del mundo espiritual y la supervivencia del Espíritu inmortal.
Esta creencia no nos calma el dolor, pero nos fortalece y nos da fuerzas para soportarlo, no nos libra de la muerte, pero sí del pánico y el miedo que ella nos produce, porque sabemos que la muerte sólo tiene su efecto en el cuerpo físico. Nuestro ser pensante, nuestro Espíritu, continúa viviendo en un mundo mejor, en el mundo de la verdad.
La principal función de los centros espíritas es la de iniciar a sus adeptos hacia una vida superior, intentando elevar su frecuencia religiosa para enseñarles todo aquello que está más allá de su comprensión y capacidad espiritual.