Esto hace el Espiritismo, su misión es enseñar los horizontes de la vida.
Testamentario del progreso, es el encargado de entregar a la humanidad el gran legado del trabajo, que es el centinela de la virtud.
La vida es una línea férrea y el sepulcro es un túnel por el cual hay que pasar para ir a otras estaciones, que en lenguaje vulgar se llaman mundos.
Es muy cierto que con la luz de la inteligencia se puede adquirir la verdad del infinito; esto tratamos nosotros de hacer, esforzamos nuestra imaginación para encontrar el porqué de todas las cosas.
Creemos que las luchas son las sacudidas del progreso, pensamos que luchar es vivir, es decir, luchar moralmente, porque los combates de la violencia son incompatibles con el hombre civilizado.
La guerra es el crimen de la sociedad, y estamos muy conformes en lo que dice Víctor Hugo: Guerra a la guerra.
Creemos que la verdad no necesita la pompa del culto externo: lo único que es necesario buscar, es la revelación del verdadero culto religioso, apropiado a la lógica y a la razón.
Nuestra época, positivista por excelencia, necesita una religión despojada de formalismos, esencialmente realista, matemática por decirlo así.
Los ángeles buenos y malos, los elegidos y los bienaventurados, han de ser necesariamente sustituidos por obreros amantes del trabajo, por espíritus fuertes, decididos en la lucha y resignados en la prueba; por almas generosas, que ya se encuentran encarnadas en la Tierra, bien estén desprendidas de su envoltura material, trabajen activamente en su progreso, o en hacer progresar a las generaciones pasadas, presentes y venideras.
¿Tiene acaso el Espíritu una sola existencia?.
La reencarnación es la síntesis de la vida, negarlo sería negar el progreso y la luz del Espíritu.
El bello ideal del hombre en todas las edades ha sido esperar en el mañana, y el mañana del progreso es armónico, es grande, es sublime, es digno de Dios; porque el porvenir de la humanidad debe corresponder a la Omnipotencia y a la misericordia del que con su aliento formó la Luz.
El aniquilamiento de la vida, lo puede soñar el hombre en su delirio, pero nunca lo realizará Dios.
La eternidad no es un tiempo muerto, es por lo contrario, una acción eterna, un trabajo incesante, un progreso indefinido.
La eternidad es el tiempo, ¿Y qué hacemos con el tiempo? Trabajar, trabajar en la Tierra, trabajar en la erraticidad, trabajar en mundos mejores, trabajamos siempre, porque el trabajo es la vida.
¿Hay algún hombre en el mundo que pueda definir lo que es Dios? ¡Ninguno!
Absolutamente ninguno; toda la ciencia humana se detiene ante este misterio…
¡Ante este problema!
¡Ante esa fuerza eterna!
¡Ante esa vida infinita!
¡Ante esa voluntad Omnipotente!
¡Ante esa ley inmutable!… Que marca la rotación de los planetas y le da instinto al insecto para crearse un albergue.
De Dios vemos los efectos; conjeturamos que existe una causa superior a todo lo creado; pero nada más… y de ese foco de sabiduría y de amor, del cual recibimos las irradiaciones, pero cuyo punto central no podemos fijarlo.
Nosotros seguimos las indelebles huellas de los grandes reformadores de ayer; somos la ampliación de la reforma; queremos el progreso universal, el reinado de la paz sobre la Tierra, la ley del amor, código del mundo; queremos, en fin, la fraternidad en acción, y no pueden ser supersticiosos y fanáticos los que sólo admiten a Dios como causa, a la Creación como efecto, y al progreso como intermediario entre Dios y el hombre.
Amalia Domingo Soler