Jesús nos enseñó el camino de la vida, y nos dijo que sólo siguiendo ese camino alcanzaremos nuestra redención.
El Espiritismo nos trae las pruebas naturales y tangibles de la inmortalidad, clarificando a nuestro entendimiento la vida futura y sus condiciones.
El pasado y el futuro se iluminan en sus más íntimas profundidades y por este medio regresamos a las puras doctrinas cristianas, al fondo mismo del Evangelio, que son las bases fundamentales del Espiritismo.
Aceptar la nueva revelación, la revelación del mundo espiritual no es fácil y aún así deberíamos aceptarla con alegría porque es el Consolador que nos prometió Jesús.
Esta verdad que el pensamiento humano cansado de dogmas oscuros, de teorías interesadas y de afirmaciones sin pruebas se ha dejado invadir por la duda.
Una crítica inexorable ha pasado por la criba a todas las religiones.
El manantial de la fe se ha agotado; el ideal religioso se ha cubierto por un velo, quedando sólo un fanatismo ciego.
Al mismo tiempo que los dogmas, las altas doctrinas filosóficas han perdido su prestigio.
Nuestra civilización parece brillante, pero ¡Cuántas manchas empañan su esplendor! Un pueblo no es grande ni puede elevarse más que por el culto de la verdad, la moral, la justicia y la fraternidad.
El Espiritismo no impone nada, ni influye en las creencias religiosas que cada uno pueda tener, las respeta todas pero sí que se pronuncia contra las doctrinas de negación y de muerte, y afirma rotundamente que el ser humano sobrevive a la muerte, y que él mismo crea su destino.
Innumerables hechos se están dando, ofreciendo nuevos datos sobre la naturaleza de la vida y la evolución continua del Espíritu.
Estos datos hay que interpretarlos y darlos a conocer, explicar sus leyes y sus consecuencias, para que despierten en el fondo de las conciencias las verdades adormecidas.
Cuando el hombre comprenda que la muerte no es el fin, que sólo es el principio de otra vida, que el ser pensante que da la vida al cuerpo continúa viviendo, que no muere nunca porque es eterno, cuando sea capaz de entender y creer en esta realidad, seguramente cambiará su forma de pensar y de vivir.
Ya es hora de que el hombre deje de creer en las falsedades que durante generaciones ha escuchado de los demás, sin molestarse nunca en comprobar la veracidad de ellas.
Yo desde mis primeros años de vida tenía una vocación religiosa natural.
Mis padres no practicaban ninguna religión y aún así me tenían en un colegio religioso, y por mi propia voluntad sin permiso de mis progenitores, asistía diariamente a una misa antes de entrar a clase.
Cierto día encontré en mi casa una antigua Biblia, que pertenecía a mi abuelo; yo había cumplido once años y fue entonces cuando comencé a leer la Biblia hasta acabar su lectura por completo.
La lectura de la primera parte me dejó una mala impresión, no encontré en ella ninguna santidad, sólo la historia de un pueblo violento, fanatizado y ambicioso, que no reparaba ante ningún crimen para conseguir o satisfacer sus ambiciones y un dios cruel y vengativo que les ayudaba para que exterminaran a sus enemigos.
Finalmente el Nuevo Testamento con la dulce y sublime personalidad de Jesús que nos revela un Dios Justo, Magnánimo y Amoroso que siempre perdona y nunca castiga.
A continuación surge la Iglesia Católica que dice ser la Iglesia de Cristo, fundada por el mismo Jesús y que ellos son sus legítimos representantes.
Y yo me preguntaba: ¿Cómo es posible que la Iglesia represente a Jesús de Nazaret?
Que perdonaba a los pecadores y vivía con ellos y decía: “Yo soy el buen pastor y ninguna de mis ovejas se perderá”.
“La riqueza es una traba, que detiene los vuelos del alma y la mantiene lejos del Reino de Dios”.
La Iglesia Católica hace todo lo contrario, acumula riquezas, ayuda al poderoso y manipula las palabras de Jesús para mantener un poder que no le pertenece porque en realidad no es la iglesia que fundó el Buen Jesús, y no lo es porque no cumple sus mandamientos.