Y Jesús añade estas significativas palabras:
¿Eres Tú Maestro de Israel y no sabes esto? (Juan 3:10).
Este pasaje demuestra claramente que Jesús, estaba hablando de la reencarnación, ya enseñada por el Zohar, libro sagrado de los hebreos.
El aire, que sopla de donde quiere, es el alma que elige un nuevo cuerpo para una nueva vida, sin que nadie sepa de donde viene y a donde va.
En la cábala hebraica, el agua era la materia primaria, el principal elemento de la vida.
Elías había reencarnado nuevamente en la Tierra como Juan el Bautista, Jesús lo afirma así dirigiéndose a la muchedumbre: “Pero ¿Qué saliste a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo y más que profeta… Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tenga oídos para oír que oiga”. (Mateo 11: 9, 14 y 15).“Entonces sus discípulos le preguntaron: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?
Respondiendo Jesús dijo: A la verdad, Elías viene primero y restaurará todas las cosas. Mas os digo que, Elías ya vino y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron.
Así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista”. (Mateo 17:10 al 13).
El Espiritismo no es una superstición, es una ley de la Naturaleza. La comunicación de los espíritus con los seres humanos, siempre ha existido. Encontramos pruebas evidentes en los antiguos escritos de Egipto, India, Grecia, y en la Biblia, Samuel, Jacob, Moisés y Hechos relevantes en el Nuevo Testamento, como bien acabo de relatar.
Con el advenimiento del Espiritismo, codificado por Allan Kardec en seis maravillosos libros, publicados desde el año 1857 al 1868, y dictados por espíritus de gran elevación, se acaban todos los misterios.
El Más Allá abre sus puertas y su luz se expande por todo el mundo. Los muertos de aquí, son los espíritus de allí que continúan viviendo.
El mundo espiritual es un mundo real que vive y se agita alrededor nuestro, en él no existe ni los demonios ni sus infiernos; tampoco existe un cielo donde un dios se sienta en su trono para gozar con sus elegidos.
El mundo espiritual es claro y transparente, el cielo y el infierno es una creación nuestra y nos acompaña siempre porque está dentro de nosotros, somos felices o sufrimos las penas del infierno según nuestro comportamiento, y esta situación permanece hasta que se produce en nosotros un verdadero cambio; y para esto hace falta vivir otras existencias para poder rectificar nuestra conducta y remediar el mal que anteriormente hemos hecho: así queda claro que la reencarnación existe, que es necesario y que es una ley de la Naturaleza.
Desde el siglo III los dogmas impuestos por la Iglesia fueron un desafío impuesto a la razón, un oscurecimiento de las enseñanzas de Cristo.
Los cristianos aconsejados y dirigidos por los espíritus entraban en lucha abierta por ellas. Interpretaban los Evangelios con una amplitud de miras que la Iglesia no podía admitir sin arruinar sus intereses materiales.
Muchos se convertían aceptando la ley de vidas sucesivas, a la que Orígenes llamaba penas medicinales, castigo proporcionado a las faltas del Espíritu, reencarnado en nuevos cuerpos para redimirse de su pasado y purificarse por medio del dolor.
Esta doctrina enseñada por los espíritus, y sobre la que Orígenes y varios padres de la Iglesia la encontraban en la Escrituras y estaban más de acuerdo con la misericordia y justicia de Dios.
Esta doctrina de esperanza y de amor, no le interesaba a los jefes de la Iglesia, ellos querían imponer la doctrina del miedo, del terror al pecado y a la muerte. Querían establecer sobre bases sólidas la autoridad del sacerdocio, porque si el hombre podía redimirse por sí mismo, ya no tenía necesidad del sacerdote.
La Iglesia atemorizada resolvió poner término a esta lucha, sofocando el movimiento espiritualista, impuso silencio a todos ellos, que con objeto de espiritualizar al Cristianismo, afirmaban ideas cuya elevación la aterraba.
La Iglesia llegó a declarar que todas esas ideas eran inspiradas por el demonio. Afirmó desde lo alto de su cátedra que sólo ella era la única revelación, perpetua y permanente.
Todo lo que no salía de ella fue condenado y maldecido.
Hubo un momento en el que pudo creerse que la doctrina de Jesús iba a prevalecer sobre las tendencias del misticismo judeo-cristiano e impulsar a la humanidad por la amplia senda del progreso hacia las elevadas inspiraciones del alma.
Pero los hombres interesados en seguir los enseñamientos del Maestro, eran una minoría en los Concilios.
Otras doctrinas se adaptaron mejor a los intereses materiales de la Iglesia, y fueron fortalecidas en aquellas célebres asambleas, cuyo objetivo principal fue inmovilizar y materializar la religión.
Con el apoyo de los pontífices romanos, la Iglesia levantó el andamiaje de extravagantes dogmas que nada tienen que ver con los Evangelios.
Así construyó el sombrío edificio donde encerró el pensamiento humano. Esta construcción maciza que ha mantenido engañados a los católicos del mundo empezó en el año 325 con el concilio de Nicea y ha terminado en 1870 con el último concilio de Roma que reafirma la existencia del pecado original, la infalibilidad del Papa y la Inmaculada Concepción.
Este es el resultado de las pasiones y de los intereses materiales que entraron en acción en el mundo cristiano después de la muerte de Jesús.
La noción de la Trinidad tomada de una leyenda hindú que era la expresión de un símbolo, vino a oscurecer y materializar la idea sublime de Dios.
La inteligencia humana rechaza la idea de que tres seres se tengan que unir para construir un solo Dios y menos aún que Dios, el Ser Increado y creador de todo lo que existe, tenga que manifestarse en forma humana en este insignificante planeta.
La Concepción Trinitaria, tan oscura y tan incomprensible, tenía una ventaja para la Iglesia: le permitía hacer de Jesucristo un dios, le daba así, a quien llama su fundador, una autoridad, un prestigio que se reflejaba en ella y aseguraba su poder.
Este es el motivo de su adopción por el concilio de Nicea, después de las discusiones y perturbaciones que agitaron a los espíritus durante tres siglos. Las discusiones no cesaron hasta la proscripción de los obispos arrianos, ordenada por el Emperador Constantino y el destierro del Papa Liborio, que se había negado a aprobar la decisión del Concilio.
La divinidad de Cristo, rechazada anteriormente, quedó finalmente proclamada en Nicea en el año 325, en estos términos: “La Iglesia de Dios, Católica Apostólica Romana, anatematiza a aquellos que dicen que hubo un tiempo en que el Hijo no existía o que no existía antes de haber sido engendrado”.
José Aniorte Alcaraz