Allan Kardec, Revista Espírita 1858 Periódico de Estudios Psicológicos

OBSESADOS Y SUBYUGADOS

Foto de Allan Kardec

A menudo se ha hablado de los peligros del Espiritismo, y cabe señalar que los que más reclaman en este aspecto son precisamente aquellos que sólo lo conocen de nombre.

Nosotros ya hemos refutado los principales argumentos que se le oponen, y por lo tanto no volveremos a ellos; solamente agregaremos que si se quisiera proscribir de la sociedad todo lo que puede ofrecer peligro y dar lugar a abusos, no sabemos lo que quedaría, incluso con las cosas de primera necesidad, a comenzar por el fuego –causa de tantas desgracias–, después el ferrocarril, etc., etc.

Si se cree que las ventajas compensan los inconvenientes, lo mismo debe suceder con todo lo demás; la experiencia indica, poco a poco, las precauciones que se deben tomar para protegerse del peligro de las cosas que no se pueden evitar.

En efecto, el Espiritismo presenta un peligro real, pero no es en absoluto aquel que se supone, y es preciso iniciarse en los principios de la ciencia para comprenderlo bien.

No nos dirigimos a aquellos que son ajenos al tema, sino a los propios adeptos, a aquellos que lo practican, porque el peligro es para éstos.

Lo importante es que lo conozcan, a fin de estar de sobre aviso: se sabe que un peligro que es previsto se puede evitar mejor.

Diremos más: aquí, para cualquiera que esté bien compenetrado en la ciencia, el peligro no existe; sólo existe para los que creen saber y no saben; es decir, como en todas las cosas, para aquellos que les falta la experiencia necesaria.

Un deseo muy natural en todos los que comienzan a ocuparse del Espiritismo es ser médium, pero sobre todo médium psicógrafo.

En efecto, es el género que ofrece más atractivos por la facilidad de las comunicaciones, y que mejor puede desarrollarse a través del ejercicio.

Se comprende la satisfacción que debe sentir quien, por primera vez, ve a su propia mano formar letras, después palabras, después frases en respuesta a su pensamiento.

Esas respuestas que traza maquinalmente sin saber lo que hace, y que la mayoría de las veces están fuera de todas sus ideas personales, no le pueden dejar ninguna duda sobre la intervención de una inteligencia oculta; también su alegría es grande en poder conversar con los seres del Más Allá, con esos seres misteriosos e invisibles que pueblan los espacios; sus parientes y amigos no se encuentran más ausentes; si no los ve con los ojos, no por eso dejan de estar allí; conversan con él, los ve por el pensamiento; puede saber si son felices, lo que hacen, lo que desean, intercambiando con ellos buenas palabras; comprende que su separación no es eterna, y hace votos para acelerar el instante en que podrá unirse a ellos en un mundo mejor.

Eso no es todo; ¡Cuánto puede saber a través de los Espíritus que se comunican con él! ¿No van ellos a levantar el velo de todas las cosas? Desde ese momento ya no hay más misterios: sólo hay que interrogar para conocerlo todo.

Ya ve ante sí a la Antigüedad sacudir el polvo de los tiempos, excavar las ruinas, interpretar las escrituras simbólicas y hacer revivir a sus ojos los siglos pasados.

Otro, más prosaico y poco preocupado en sondar el infinito donde su pensamiento se pierde, sueña simplemente en explotar a los Espíritus para hacer fortuna.

Los Espíritus, que deben ver todo y saber todo, no pueden negarse a hacerle descubrir algún tesoro escondido o algún secreto maravilloso.

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