Sin embargo, el Espíritu tuvo pudor de aconsejar al Sr. F… que imprimiera esas bellas máximas; si lo hubiese dicho lo habría hecho sin ninguna duda, y eso hubiera sido una mala acción, porque las hubiese dado como una cosa seria.
Llenaríamos un volumen con todas las tonterías que le fueron dictadas y con todas las circunstancias que siguieron. Entre otras cosas le hicieron dibujar un edificio de tales dimensiones que las hojas de papel necesarias, unidas unas a otras, ocupaban la altura de dos pisos.
Nótese que en todo esto no hay nada de grosero, nada de trivial; es un serie de razonamientos sofísticos que se encadenan con una apariencia de lógica. En los medios empleados para embaucar hay un arte verdaderamente infernal, y si hubiésemos podido relatar todas esas conversaciones, se habría visto hasta qué punto era utilizada la astucia y con qué destreza las palabras melifluas eran prodigadas adrede.
El Espíritu que desempeñaba el papel principal en este asunto tomaba el nombre de François Dillois, cuando no se cubría con la máscara de un nombre respetable. Supimos más tarde lo que ese tal Dillois había sido cuando estuvo encarnado, y entonces nada más nos sorprendió en su lenguaje. Pero en medio de todas esas extravagancias era fácil reconocer a un Espíritu bueno que luchaba, haciendo escuchar de vez en cuando algunas buenas palabras para desmentir los absurdos del otro; había un evidente combate, pero la lucha era desigual; el joven estaba de tal modo subyugado que la voz de la razón era impotente sobre él. Su padre, en Espíritu, le hizo escribir notablemente esto: «¡Sí, hijo mío, coraje! Sufres una ruda prueba que será para bien en el futuro; infelizmente nada puedo hacer en este momento para liberarte, y eso me aflige mucho. Ve a ver a Allan Kardec: escúchalo, y él te salvará».
En efecto, el Sr. F… vino a verme; me contó su historia; lo hice escribir delante mío y, desde el principio, reconocí sin dificultad la influencia perniciosa bajo la cual se encontraba, ya sea en las palabras o en ciertos signos materiales que la experiencia da a conocer y que no nos pueden engañar. Volvió varias veces; empleé toda la fuerza de mi voluntad para llamar a los Espíritus buenos por su intermedio, toda mi retórica para probarle que él era un juguete de Espíritus detestables; que lo que escribía no tenía sentido común, y además era profundamente inmoral; para esta obra caritativa me uní a uno de mis más dedicados compañeros, el Sr. T…, y ambos conseguimos paulatinamente hacerle escribir cosas sensatas. Él tomó aversión por su mal genio, rechazándolo por propia voluntad cada vez que él tentaba manifestarse, y poco a poco sólo los Espíritus buenos lograron sobreponerse.9 Para mudar sus ideas, se entregó de la mañana a la noche –según el consejo de los Espíritus– a un trabajo rudo que no le dejaba tiempo para escuchar las malas sugerencias. El propio Dillois terminó por confesarse vencido y expresó el deseo de mejorarse en una nueva existencia; reconoció el mal que había querido hacer y dio pruebas de arrepentimiento. La lucha fue larga, penosa y ofreció particularidades verdaderamente curiosas para el observador. Hoy que el Sr. F… se siente liberado, es feliz; parece haberse sacado un peso de encima; recuperó su alegría y nos agradeció el servicio que le hemos prestado.
Ciertas personas deploran que haya Espíritus malos. En efecto, no es sin un cierto desencanto que se encuentra la perversidad en este mundo, donde nos gustaría encontrar sólo seres perfectos. Puesto que las cosas son así, nada podemos hacer: es preciso tomarlas tal cual son. Es nuestra propia inferioridad que hace que los Espíritus imperfectos pululen a nuestro alrededor; las cosas han de cambiar cuando seamos mejores, como sucede en los mundos más avanzados. A la espera de esto, y mientras estemos en las camadas inferiores del universo moral, somos advertidos: está en nosotros mantenernos alerta y no aceptar, sin control, todo lo que se nos dice. Al esclarecernos, la experiencia debe volvernos circunspectos. Ver y comprender el mal es un medio de preservarse de él. ¿No habría cien veces más peligro en hacerse ilusiones sobre la naturaleza de los seres invisibles que nos rodean? Sucede lo mismo en este mundo, donde a cada día nos hallamos expuestos a la malevolencia y a las sugerencias pérfidas: son otras tantas pruebas a las cuales nuestra razón, nuestra conciencia y nuestro juicio nos dan los medios para resistir. Cuanto más difícil sea la lucha, mayor será el mérito del éxito: «Quien vence sin peligro, triunfa sin gloria».
Esta historia, que desgraciadamente no es la única de nuestro conocimiento, plantea una cuestión muy seria. Para este joven, se dirá, ¿no fue un fastidio el haber sido médium? ¿No es esa facultad la que ha causado la obsesión de la cual era objeto? En una palabra, ¿no es ésta una prueba del peligro de las comunicaciones espíritas?
Nuestra respuesta es fácil y rogamos meditarla con cuidado.
No fueron los médiums los que han creado a los Espíritus; éstos existen desde todos los tiempos, y desde todos los tiempos han ejercido su influencia saludable o perniciosa sobre los hombres. Por lo tanto, no es necesario ser médium para esto. La facultad medianímica no es para ellos sino un medio de manifestarse; a falta de esta facultad lo hacen de otras mil maneras. Si este joven no hubiese sido médium, no por eso habría estado menos bajo la influencia de ese Espíritu malo, que sin duda lo habría hecho cometer extravagancias que se hubieran atribuido a cualquier otra causa. Felizmente para él, su facultad de médium le permitió al Espíritu comunicarse por palabras, y por esas palabras el Espíritu se puso al descubierto; éstas han permitido conocer la causa de un mal que podría haber tenido para él consecuencias funestas, y que nosotros hemos destruido –como se ha visto– por medios muy simples, muy racionales y sin exorcismo. La facultad medianímica ha permitido ver al enemigo –si podemos expresarnos así– cara a cara, y combatirlo con sus propias armas. Por lo tanto, con absoluta certeza se puede decir que fue ella que lo ha salvado; en cuanto a nosotros, solamente hemos sido el médico que, habiendo juzgado la causa del mal, aplicamos el remedio. Sería un grave error creer que los Espíritus sólo ejercen su influencia a través de comunicaciones escritas o verbales; esta influencia es de todos los instantes, y aquellos que no creen en los Espíritus están expuestos a ella como los otros e incluso más expuestos que los otros, porque no tienen un contrapeso. ¡A cuántos actos no se es llevado, infelizmente, y que podrían ser evitados si se hubiera tenido un medio de esclarecerse! Los más incrédulos no se dan cuenta que dicen una gran verdad cuando hablan lo siguiente de un hombre descarriado por obstinación: Es su mal genio que lo empuja a la perdición.