Allan Kardec, Revista Espírita 1858 Periódico de Estudios Psicológicos

OBSESADOS Y SUBYUGADOS

8°) Por su voluntad el hombre puede siempre sacudir el yugo de los Espíritus imperfectos, porque, en virtud de su libre albedrío, puede elegir entre el bien y el mal. Si el constreñimiento ha llegado al punto de paralizar su voluntad, y si la fascinación es tan grande que obnubila su juicio, la voluntad de otra persona puede suplirla.

Antiguamente se daba el nombre de posesión al dominio ejercido por los Espíritus malos, cuando su influencia llegaba hasta la aberración de las facultades; pero, a menudo, la ignorancia y los prejuicios han tomado como posesión lo que no era más que el resultado de un estado patológico.

La posesión sería, para nosotros, sinónimo de subyugación.

Si no adoptamos este término es por dos motivos: el primero, porque implica la creencia en seres creados para el mal y perpetuamente consagrados al mal, mientras que no hay sino seres más o menos imperfectos, siendo que todos pueden mejorarse; el segundo, porque igualmente implica la idea de una toma de posesión del cuerpo por un Espíritu extraño, una especie de cohabitación, mientras que no hay más que un constreñimiento.

La palabra subyugación expresa perfectamente el pensamiento.

De esta manera, para nosotros, no hay poseídos en el sentido vulgar de la palabra, sino que hay obsesados, subyugados y fascinados.

Es por un motivo semejante que no adoptamos la palabra demonio para designar a los Espíritus imperfectos, aunque frecuentemente esos Espíritus no valgan más que los llamados demonios; es únicamente a causa de la idea de especialidad y de perpetuidad que está ligada a esta palabra.

De esta manera, cuando decimos que no hay demonios, no pretendemos decir que sólo hay Espíritus buenos; lejos de eso; sabemos pertinentemente que los hay malos y muy malos, que nos solicitan para el mal, que nos tienden trampas y esto nada tiene de sorprendente, ya que ellos han sido hombres; queremos decir que no forman una clase aparte en el orden de la Creación, y que Dios deja a todas sus criaturas el poder de mejorarse.

Bien aclarado esto, volvamos a los médiums.

En algunos el progreso es lento, incluso muy lento, y a menudo ponen a una ruda prueba su paciencia.

En otros son rápidos, y en poco tiempo el médium llega a escribir con tanta facilidad y, a veces, con más prontitud de lo que lo haría en el estado habitual.

Es entonces cuando puede entusiasmarse, y ahí está el peligro, porque el entusiasmo lo vuelve débil, y con los Espíritus es preciso ser fuerte.

Decir que el entusiasmo lo vuelve débil parece un paradoja; y, sin embargo, nada es más cierto.

Dirán que el que está entusiasmado marcha con una convicción y una confianza que le hacen superar todos los obstáculos; por lo tanto, tiene más fuerza.

Sin duda; pero se entusiasman tanto por lo falso como por lo verdadero; aceptad las más absurdas ideas del entusiasta y de él haréis todo lo que quisiereis; por lo tanto, el objeto de su entusiasmo es su punto débil, y por el cual podréis siempre dominarlo.

Al contrario, el hombre frío e impasible ve las cosas sin encandilarse; calcula, evalúa, examina con madurez y no se deja seducir por ningún subterfugio: es esto lo que le da fuerza.

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