Regla general. El que obtenga malas comunicaciones espíritas escritas o verbales está bajo una mala influencia; esta influencia se ejerce sobre él, ya sea que escriba o no, es decir, sea o no un médium. La escritura da un medio de asegurarse acerca de la naturaleza de los Espíritus que actúan sobre él, y de combatirlos, lo que se hace con tanto más éxito cuando se llega a conocer el motivo que los hace actuar. Si él es demasiado ciego como para no comprenderlo, otros pueden abrirle los ojos. Además, ¿es necesario ser médium para escribir absurdos? ¿Y quién dice que entre todas las elucubraciones ridículas o peligrosas, no están aquellas cuyos autores son impulsados por algún Espíritu malévolo? Las tres cuartas partes de nuestras acciones malas y de nuestros malos pensamientos son fruto de esta sugerencia oculta.
Si el Sr. F… no fuese médium, se preguntará si se habría podido hacer cesar la obsesión. Seguramente; sólo los medios habrían diferido según las circunstancias; pero entonces los Espíritus no hubiesen podido acercárnoslo, como lo han hecho, y es probable que la causa hubiera sido dejada a un lado si él no hubiese tenido una manifestación espírita ostensible. Todo hombre que tiene voluntad y que es simpático a los Espíritus buenos puede siempre, con la ayuda de éstos, paralizar la influencia de los malos. Decimos que debe ser simpático a los Espíritus buenos porque si él mismo atrae a los inferiores, es evidente que es querer cazar lobos con lobos.
En resumen, el peligro no está propiamente en el Espiritismo, ya que éste, al contrario, puede servir de control y preservarnos sin cesar del peligro que corremos, sin nosotros saberlo; está en la propensión de ciertos médiums en creerse muy ligeramente los instrumentos exclusivos de Espíritus superiores y en una especie de fascinación que no les permite comprender las tonterías de que son intérpretes.
También los que no son médiums pueden dejarse llevar por esto.
Terminaremos este capítulo con las siguientes consideraciones:
1º) Todo médium debe desconfiar del arrastramiento irresistible que lo lleva a escribir sin cesar y en los momentos inoportunos; debe ser señor de sí mismo y no escribir sino cuando él quiere;
2º) No se domina a los Espíritus superiores, ni siquiera a aquellos que, sin ser superiores, son buenos y benevolentes; pero se puede dominar y domar a los Espíritus inferiores. Quien no es señor de sí mismo no puede serlo de los Espíritus;
3º) No hay otro criterio para discernir el valor de los Espíritus sino el buen sentido. Toda fórmula dada a este efecto por los propios Espíritus es absurda y no puede emanar de Espíritus superiores;
4º) Se juzga a los Espíritus como a los hombres: por su lenguaje. Toda expresión, todo pensamiento, toda máxima, toda teoría moral o científica que esté en contra del buen sentido o no corresponda a la idea que uno se hace de un Espíritu puro y elevado, emana de un Espíritu más o menos inferior;
5º) Los Espíritus superiores tienen siempre el mismo lenguaje con la misma persona y jamás se contradicen;
6º) Los Espíritus superiores son siempre buenos y benevolentes; en su lenguaje nunca hay acrimonia, ni arrogancia, aspereza, orgullo, fanfarronería o tonta presunción. Hablan con simplicidad, aconsejan y se retiran cuando no se los escucha;
7º) No se debe juzgar a los Espíritus por su forma material ni por la corrección de su lenguaje, sino sondar su sentido íntimo, examinar sus palabras, evaluándolas fría y maduramente, sin prevención. Todo lo que se aparte del buen sentido, de la razón y de la sabiduría no puede dejar duda sobre su origen, sea cual fuere el nombre con el que se enmascare el Espíritu;
8º) Los Espíritus inferiores temen a aquellos que examinan sus palabras, a los que desenmascaran sus torpezas y a los que no se dejan llevar por sus sofismas. A veces pueden intentar resistir, pero terminan siempre desistiendo cuando se ven más débiles;
9º) En todas las cosas, simpatiza con los Espíritus buenos aquel que obre teniendo en cuenta el bien, elevándose con el pensamiento por encima de las vanidades humanas al expulsar de su corazón el egoísmo, el orgullo, la envidia, los celos, el odio, perdonando a sus enemigos y poniendo en práctica esta máxima del Cristo: «Hacer a los otros lo que quisiéramos que se nos haga»; los malos temen esto y se apartan de aquél.
Al seguir esos preceptos nos protegeremos de las malas comunicaciones, de la dominación de los Espíritus impuros y, aprovechando todo lo que nos enseñan los Espíritus verdaderamente superiores, contribuiremos –cada uno por su parte– con el progreso moral de la Humanidad.
Allan Kardec
REVISTA ESPÍRITA PERIÓDICO DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS Año I – Octubre de 1858 – Nº 10