Los Espíritus malévolos –que saben eso tan bien o mejor que nosotros– saben también aprovechar esto para subyugar a aquellos que quieren tener bajo su dependencia, y la facultad de escribir como médium les sirve maravillosamente, porque es un poderoso medio de captar la confianza, y es por eso que no la desaprovechan si no se sabe ponerse en guardia contra ellos; felizmente, como veremos más adelante, el mal lleva en sí su propio remedio.
Ya sea por entusiasmo, por fascinación de los Espíritus o por amor propio, el médium psicógrafo es generalmente llevado a creer que los Espíritus que se comunican con él son Espíritus superiores, y tanto más cuando esos Espíritus, viendo su propensión, no dejan de adornarse con títulos pomposos, y –si fuere preciso y según las circunstancias– toman nombres de santos, de sabios, de ángeles, incluso de la virgen María, desempeñando su papel como comediantes disfrazados con las ropas de los personajes que representan; sacadles la máscara y se volverán un don nadie como eran antes; esto es lo que es necesario saber hacer con los Espíritus como con los hombres.
De la creencia ciega e irreflexiva en la superioridad de los Espíritus que se comunican, a la confianza en sus palabras, no hay más que un paso; así también es como entre los hombres.
Si consiguen inspirar esta confianza, la mantienen a través de los sofismas y de los razonamientos más capciosos, que frecuentemente son aceptados con los ojos cerrados.
Los Espíritus groseros son menos peligrosos: se los reconoce inmediatamente y no inspiran sino repugnancia; los que son más temibles, tanto en su mundo como en el nuestro, son los Espíritus hipócritas: hablan siempre con dulzura, adulando las inclinaciones; son halagadores, melosos, pródigos en expresiones de ternura y en demostraciones de devoción.
Es preciso ser verdaderamente fuerte para resistir a semejantes seducciones.
Pero se dirá: ¿Dónde está el peligro con Espíritus impalpables? El peligro está en los consejos perniciosos que dan bajo la apariencia de benevolencia, en las actitudes ridículas, intempestivas o funestas que hacen emprender.
Hemos visto a ciertos individuos correr de país en país en busca de las cosas más fantásticas, con el riesgo de comprometer su salud, su fortuna y hasta su propia vida.
Hemos visto dictar –con todas las apariencias de seriedad– las cosas más burlescas, las máximas más extrañas.