El Espíritu es puro en su origen, porque Dios no puede hacer nada imperfecto, y si este Espíritu al ser creado fuese a habitar en los mundos de la luz:
¡Donde la vida es una sonrisa!
¡Donde la penalidad no se conoce!
¡Donde el organismo está libre de dolencias, y el alma de remordimientos!
¡Dónde la inteligencia del Espíritu abarca con una mirada todo cuanto se puede saber en millones y millones de existencias!
Si el alma al ser creada la dejasen en ese edén, ¿Qué mérito tendría su virtud?…¿Qué valor tendría su talento si el amor y la ciencia alfombraban su camino de flores, y como en los cuentos de Hadas, los genios le ofrecieran todo cuanto pueda soñar el deseo?
¿Qué vida sería la de estos seres sin haber conocido el dolor?
¡Sin saber lo que vale una lágrima, no se sabe apreciar una sonrisa!
¿Cómo vivirán estas generaciones sin haber experimentado una contrariedad?
Probablemente en el éxtasis de los ángeles católicos.
En la inacción, en el quietismo de la saciedad.
En esa contemplación seráfica sin recuerdos y sin aspiraciones.
En ese anonadamiento de nuestras más hermosas facultades, que conduce irremisiblemente al hastío.
¡La vida sin deseo dejaría de ser vida!
Decía un sabio “que vivir sin ansiedad no era vivir”, que hasta las épocas aisladamente tenían un deseo infinito; porque el tiempo era la ansiedad de los siglos, ¡Que siempre corren buscando un más allá!
La vida de perfecta satisfacción es pobre, ¡Muy pobre!
¡Falta en ella la lógica!
¡Falta en ella la vida!
¡El incentivo del trabajo!
¡El deseo de lo desconocido!
¡La sed de la ciencia!
¡La sed del infinito!
El Espíritu no ha nacido para la contemplación estática, que ha recibido la inteligencia para utilizarla, para que le sirva de intermediaria entre Dios y él, por esto, los espiritistas creemos muy posible que el alma entró en la lucha de la vida semejante al niño (en su inocencia), con completa libertad de acción y su rudimentaria inteligencia encontró mundos rudimentarios también; lo mismo que el niño de la Tierra tiene una vida en sus primeros años, apropiada a sus conocimientos y al desarrollo de sus fuerzas; pero como en el hombre hay un principio de origen divino, porque su Espíritu es un átomo luminoso desprendido de la aureola de Dios, el hombre llevaba en sí el germen del progreso, y no necesitaba más sino que la varita mágica del trabajo le ayudase en su empresa, y antes que todo, adquirir cierta sensibilidad, para sentir el hambre, la sed, el frío y el calor, y tener necesidad de otro ser para compartir las horas de su vida, y este lento desarrollo, se fue verificando sin adelantar un segundo, ni retrasar un minuto el reloj de la eternidad, y el alma, educada por ella misma, aspiró a mejorar la condición de su existencia y las mejoró y engrandeció su esfera de acción, y el ser humano llegó a ser un hombre civilizado.
En este supuesto no es ningún absurdo creer que el hombre al dejar su envoltura, y al encontrarse frente a frente consigo mismo, pida nueva luz para alumbrar su camino y mundos mejores para colonizarlos.
La vida así, tiene un objeto racional.
Tiene una tendencia a la perfección.