Amalia Domingo Soler

¡LOS MUERTOS VIVEN!

Cuán bien decía un ilustre pensador:

¡Para el Dios pequeño de las religiones, basta un templo de piedra!

Y no es extraño que ese Dios tenga que acudir a las sepulturas para juntar los huesos, y darles nueva vida para el gran día de la resurrección.

¡Qué Dios tan pequeñito!…¡Qué microscópico es todo eso!…El Dios de los racionalistas no tiene un día de resurrección; para nosotros la resurrección es continua; todo hombre que se moraliza, renace; todo hombre que se instruye, resucita, ¿Qué son los malhechores y los ignorantes, más que cadáveres galvanizados?…

Si al materialista le dicen: eres un pecador relapso, y para el dogma religioso si no abjuras de tus errores, serás condenado a una eternidad de dolor, en tanto que para la escuela espiritista tienes el infinito por patrimonio, y te deja tiempo para pensar y trabajar, y elevarte desde el cieno de tu ignorancia, hasta el capitolio de la ciencia, ¿Cuál de estos dos caminos es más a propósito para el incrédulo? ¿El de una conversión a ciegas? ¿El de un acto violento? ¿El de un arrepentimiento forzoso? ¿El trabajo del raciocinio? O ¿La gimnasia de la razón, dando tiempo al tiempo? ¿Por qué la fruta verde no madura cuando se arranca del árbol?

De lo que nos asusta se huye, y lo que nos causa respeto nos atrae insensiblemente; y la prueba está a la vista.

De las fábulas antiguas huyen los pueblos civilizados, sacuden su yugo, no quieren su presión; los hombres quieren pensar por sí mismos; la abolición de la esclavitud teocrática, ha sido admitida por las naciones adelantadas; esto es lo que ha conseguido el fanatismo religioso con sus horrores, con sus martirios, y con su terrible intolerancia.

La humanidad considerada sin ayer, y sin porvenir, es un conjunto monstruoso, es un caos donde el alma busca a Dios; y no lo encuentra, y como el hombre sin Dios no puede vivir, por esto hoy se dedica a buscar sus huellas divinas en todo lo creado; y la escuela espiritista (especialmente), pregunta:

¿Dónde está Dios?

Y formuló un credo filosófico para preguntarlo, y aunque otros credos vendrán después, quedará un principio inamovible.

¡La comunicación de los espíritus! Considerada como verdad inconcusa y como mandamientos eternos de la ley de Dios, que el bien se debe hacer por el bien mismo, que sin el progreso individual no hay progreso colectivo, sin caridad no hay salvación.

¡Esta ley de los tiempos, es la apoteosis de Dios!

El bello ideal del hombre en todas las edades ha sido esperar en el mañana; y el mañana del cielo es inverosímil y monótono, el mañana del infierno es absurdo y horrible; y el mañana del progreso, es armónico, grande, sublime, digno de Dios; porque el porvenir de la humanidad debe corresponder a la omnipotencia y a la misericordia del que con su aliento formó la luz.

El aniquilamiento de la vida, lo puede soñar el hombre en su delirio, pero nunca lo realizará Dios.

La eternidad no es un tiempo muerto, por lo contrario, es una acción eterna, un trabajo incesante, un progreso indefinido.

La eternidad es el tiempo, ¿Y qué hacemos en el tiempo? Trabajar en la Tierra, trabajar en la erraticidad, trabajar en mundos mejores, trabajamos siempre, porque el trabajo es la vida.

El límite de la perfección ningún ser lo ha poseído, porque entonces sería igual a Dios y Dios es único; y el extremo del mal tampoco se puede fijar.

El santo puede aumentar su gloria, y el culpable puede aumentar su culpa; la vida germina siempre.

El Espiritismo racional, no tiene tendencias ni a la superstición ni al fanatismo, porque el trabajo de la filosofía racionalista es cultivar las plantas preciosas que regaron con su sangre los mártires de la historia.

Nosotros seguimos las indelebles huellas de los grandes reformadores de ayer; somos la ampliación de la reforma; queremos el progreso universal, el reinado de paz sobre la Tierra, la ley del amor, código del mundo; queremos, en fin, la fraternidad en acción, y no pueden ser supersticiosos y fanáticos los que sólo admiten a Dios como causa, a la creación como efecto, y al progreso como intermediario entre Dios y el hombre.

Sabemos muy bien que las víctimas de la intolerancia religiosa, son tan innumerables, que si las contáramos durante siglos y siglos no podríamos nunca llegar a fijar la suma total del número de ellas; por esto creemos que la intolerancia religiosa es el germen de todos los abusos sociales, porque contraría lo que no puede contrariarse: las leyes naturales.

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