Tiene un desarrollo que guarda armonía con las leyes de la creación, porque los árboles primero se cubren de hojas, después de flores, y por último dan el fruto, y todo tiene su tiempo fijo y su periodo determinado.
¿Por qué, pues, no ha de tenerlo el progreso del Espíritu?
¿Por qué éste ha de vivir sin el sacerdocio del trabajo?
La misma naturaleza nos enseña que el trabajo es la ley de la vida, que todo tiene su desenvolvimiento laborioso; por lo tanto las almas no son terriblemente castigadas, porque creemos los espiritistas que su progreso ha sido obra de siglos.
Nosotros no estamos por las teorías de la gracia; somos partidarios de las teorías de la justicia.
Creemos, como decía Cremutio Cordo, que lo que no se gana no se obtiene , y encontramos más razonable el trabajo incesante del Espíritu que la perfección del alma con un goce sin recuerdos; y además, que la misma vida, las diversas aptitudes intelectuales que vemos en los hombres, los genios precoces, las inteligencias gigantes que de vez en cuando aparecen como fugaces meteoros, todo demuestra que el alma viene de muy lejos, que no ha comenzado a vivir ahora, y por último, la comunicación de los espíritus ha venido a decirnos el por qué somos libre-pensadores y es que las generaciones del siglo XIX se componen en su mayor parte de los reformadores de pasados siglos; de aquellos que por decir la verdad al pueblo ignorante, el mismo pueblo gritaba a los inquisidores ¡Matad, matad a los herejes! Y de aquellos herejes, el fuego de la Tierra destruyó sus cuerpos, pero quedó el fuego inextinguible de sus almas, ¡Llamas eternas que son el calórico de la Creación!
Los herejes de ayer somos los racionalistas de hoy; y encontramos por medio de la comunicación ultra-terrena una ley de continuidad, un efecto razonado de una causa suprema, una justificación necesaria para las anomalías que el hombre pensador halla en la Tierra, donde se representa un drama cuyo argumento es incomprensible.
Así es que el Espiritismo tendrá sus escollos porque es una escuela que no ha sido aún bien estudiada, y de la cual podrán apoderarse algunos pobres charlatanes.
¡De qué no se apodera la vulgaridad!
Pero comentada, analizada, como debe analizarse, se encuentra en ella la lógica, la razón y la verdad; y cuanto hagan las religiones para desprestigiarla será como predicar en el desierto.
¿A qué vino Jesús ha este mundo?
Vino, a comenzar un gran trabajo que desgraciadamente no dejó concluido; pero que el progreso lo concluirá.
Vino a echar a los mercaderes del templo; mas, ¡Ay! Que después de su muerte, los mercaderes han seguido dentro de la casa del Señor.
¿Acaso es válida una creencia por su vetusta antigüedad?
¿Son válidos los absurdos que durante mucho tiempo imperaron sobre la astronomía?
Creemos que no; las antiguas teorías astronómicas de cuando los pueblos estaban en su infancia, no sirven hoy más que para hacer reír a los niños y para hacer suspirar a los sabios, recordando las ilustres víctimas que sellaron con su sangre preciosa el testamento de la verdad.
De la antigüedad, de ese caos de civilizaciones y de ruinas, de ese mundo tenebroso donde lucharon todas las pasiones, todos los delirios, todos los ideales de la humanidad, sólo una luz pura, sólo una fuerza eterna, sólo un poder providencial se eleva majestuosamente dando vida con su aliento a la creación entera, y esa savia prodigiosa de la naturaleza, ese fluido vital que es el alma de cuanto existe, bautizado por los hombres con el nombre de Dios, es lo único que en la noche de los tiempos aparece siempre grande e inmutable en sus leyes de soberana justicia.
¡Sólo Él! ¡Sólo Dios destaca cual astro luminoso en el negro horizonte del Pasado! Las demás instituciones políticas y religiosas todas han caducado, teniendo una existencia más o menos larga; todo ha estado sujeto a la ley de las sucesivas transformaciones, y querer violentar las leyes inalterables de la vida, es pretender subir por medio de una escala a las inmensas bóvedas del cielo.
El dogma del infierno tuvo su época, disfrutó de su terrible soberanía:
cuando las humanidades, esclavas de su ignorancia, necesitaban el látigo del terror para no encenagarse en el crimen.
Ayer quizá fue verdaderamente necesario, hoy… hoy ya no tiene, gracias al progreso, razón de ser.
¿Se quiere una explicación más anticientífica, más antiracional, que la que hacen las religiones para el día de la consumación de los siglos?
¡Todo un Dios juntando huesos!…¡Todo un Dios componiendo las osamentas humanas!…
¡Cuán pobre es el Dios de la Teología!
Que un pequeño sabio de la Tierra desbarata sus cálculos; demostrando que la materia se disgrega en el inmenso laboratorio de la creación, y que nuestro organismo disuelto en átomos, vuelve a la madre Tierra para la fecundación universal.