Camilo Flanmarión, astrónomo, fundador de la Sociedad Astronómica de Francia.
Herman Goldschurit, que ha descubierto catorce planetas.
Willian Crookes, químico afamado, inventor del radiómetro.
Doctor Buchanan de Kentucky, muy conocido como antropologista y anatomista.
Arzobispo Wately, famoso lógico.
Luis Fignier, gran escritor y hombre de ciencia.
Víctor Hugo, hoy el más grande de los filósofos modernos, que dará su nombre al siglo actual.
Emilio Castelar, ¡Poeta que escribe en prosa! Y tantos y tantos otros genios eminentes, cuyos nombres no nos es posible enumerar, que miran la escuela espiritista como una evolución filosófica, como un adelanto inherente al progreso actual.
El Espiritismo no ha venido a pronunciar la última palabra ni en ciencia, ni en religión, ni tampoco pretende apoderarse de las conciencias.
Nos dicen que “el Espiritismo es en su concepto, la nodriza encargada de alimentar en su seno el monstruo cuya cabeza conocemos con el nombre de comunismo y socialismo”.
Estas palabras sólo inspiran risa y lástima; porque, ¿Quién no se ríe, y no compadece al mismo tiempo al que tiene la debilidad de proferir semejantes absurdos?…cuando:
¡Si hay algún hombre resignado en la Tierra con su suerte!
¡Si hay algún ser que se reconozca culpable!
¡Si hay algún habitante de este pobre planeta, convencido de que Dios es justo!
Sin duda alguna, este individuo, es el espiritista racionalista.
Es el que conoce que si hoy es pobre, es porque ayer fue un mal rico.
Es, el que comprende que si hoy vive solo, es porque ayer no supo amar.
Es, el que mira su presente y se avergüenza de su pasado, exclamando:
¡Dios es justo! Porque a cada uno da, según sus obras.
El Espiritismo es, ¡Grande! ¡Sereno! ¡Armónico! ¡Religioso y racionalista!
Seguirá encontrando dificultades y avanzará entre ellas, que nunca el progreso avanzó por caminos de flores; pero no se detendrá, seguirá a través de los siglos su eterno viaje.
¡Verá caer algunos templos!…
¡Verá extinguirse algunas civilizaciones!…
¡Verá sobre las ruinas levantarse otras nuevas catedrales, y otras nuevas multitudes rezarán por las almas que se fueron!…
¡Verá envejecer a esos pueblos! ¡Asistirá al entierro de sus hombres!
¡Verá caer las gigantes Basílicas!…
¡Verá germinar la vida en los escombros de los templos, y fábricas grandiosas elevarán sus torres hasta el cielo, y en ellas , en esos santuarios perdidos entre las nubes, los sacerdotes de los mundos (vulgo astrónomos) estudiarán en las páginas del infinito!
¡El Espiritismo no es una religión!
¡Es la vida de la humanidad!
¡Es la razón de nuestro ser!
¡Es la verdad que atestigua la existencia eterna del Espíritu!
¿Por qué, pues, confundirle con las instituciones de la Tierra?
¿Por qué decir si quiere o no quiere cultos? ¿Qué le importan al Espiritismo el comercio de las religiones? ¡Si éste no viene más que a decir a los hombres, ¡La muerte no existe! ¡No hay más que una metamorfosis, continua y reproducción universal!
Dice un gran escritor que lo que varía no es la verdad; es muy cierto, y las religiones son una variación continuada, una reforma incesante, mientras que la comunicación de los espíritus siempre es la misma; esa no varía nunca, por eso es la verdad.
Desde los tiempos más remotos, desde que la cultura del hombre puede leer y grabar en la piedra los pensamientos de Dios como sucedió con las tablas de Moisés, las humanidades comprendieron que seres invisibles velaban por su destino, y siempre han escuchado voces lejanas que le han repetido los pensamientos de la Ley de Dios.
¡El Espiritismo es eterno porque es la comunicación de los espíritus! ¡Es el lazo que une a la gran familia universal!
No es una escuela sedienta de gloria o de míseras ganancias; está muy por encima de esas pequeñeces terrenales; y la guerra que le hacen las religiones, demuestra claramente que son sus sacerdotes espíritus atrasados, que no tienen la menor intuición de la vida futura del alma.
¡Seguid luchando, religiones positivas! ¡Seguid disputándoos el terreno de este planeta, y dejad al Espiritismo que no os hace sombra! Él no quiere vuestras catedrales ni vuestras lujosas vestiduras, no quiere vuestras riquezas ni vuestro poder; sólo desea que vuestros sacerdotes imiten fielmente el ejemplo de Jesús, y que sigan los sabios consejos del apóstol San Pablo, el cual, describiendo lo que debe ser un obispo, le dice en su primera carta a Timoteo, capítulo tercero:
“Conviene, pues, que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, solícito, templado, compuesto, hospedador, apto para enseñar”.
“No amador del vino, no heridor, no codicioso de torpes ganancias, sino moderado; no litigioso, y ajeno de avaricia”.
“Que gobierne bien su casa, que tenga sus hijos en sujeción con toda honestidad.
Porque el que no sabe gobernar su casa, ¿Cómo podrá gobernar la iglesia de Dios?”
Este sacerdote desea el Espiritismo, cuyo modelo pintó admirablemente el gran escritor cristiano, el gran apóstol, el inolvidable San Pablo.
El Espiritismo sólo quiere el progreso en todas las esferas sociales.
¡Quiere que los ricos amen a los pobres! ¡Quiere que los pobres no envidien a los ricos!
¡Quiere que se odie el delito, pero que se compadezca y se instruya al delincuente!
¡Quiere el amor, la tolerancia, la compasión, la humildad, la paciencia, la resignación y la esperanza, en las grandes amarguras de la vida!
Quiere que el hombre cuando eleve su plegaria a Dios, no mire a la Tierra, sino que sintiendo su Espíritu sed de luz, fije su mirada en el infinito.
¡Religiones terrenales! El Espiritismo sólo quiere ¡Razón y Fe! ¡Ciencia y Caridad!
Amalia Domingo Soler