-Fuera de la caridad y la ciencia no hay adelanto posible, no hay progreso verdadero; y el hombre que no progresa es una pobre cosa, es un juguete de los siglos que las civilizaciones hacen rodar a su antojo.
Léanse las obras de Allan Kardec, léanse los volúmenes escritos por Flanmarion, Pezzani, Lombroso, León Denis; léanse tantas y tantas obras como se han escrito sobre Espiritismo, estúdiese bien su tendencia sin prevención, sin encono, y verá todo el que quiera ver, que el Espiritismo es el racionalismo religioso que busca el por qué del por qué; que no se contenta con ver morir a un genio, tributarle honores y levantarse estatuas que el tiempo destruirá mañana.
Quiere algo más duradero, más real, más positivo, más lógico, más en armonía con la misericordia y la grandeza de Dios, y por esto exclama:
¿Todo se disgrega en la tumba?
¿Todo muere al morir el hombre?
¿Nada queda de su virtud y de su ciencia?
¿Es acaso la vida fragmento de una historia sin prólogo ni epílogo?
¿Y este noble deseo, esta santa aspiración, esta sed de inmortalidad, puede ser nociva al progreso de los pueblos, porque muchos espiritistas no se contentan con las fábulas de la religión católica?
El que tal crea, carece de sentido común.
La escuela que ame a Dios, y vea en el progreso al primogénito del Omnipotente puede ser la primera moralista del Universo.
No se le acuse pues al Espiritismo de inmoral, que no puede serlo.
Creemos que lo que no está basado en la moral más pura, no tiene razón de ser, y toda la sabiduría es letra muerta si los sabios no consiguen mejorar las costumbres de los pueblos.
De nada sirven las academias y los ateneos si antes no se crean escuelas de instrucción primaria gratuitas y obligatorias; para que las masas populares se instruyan y se moralicen.
El Espiritismo quiere la reforma social, y no pretende levantar la gran fábrica del adelanto comenzando por hacer la veleta de la torre, quiere principiar por los cimientos, por esto prefiere la moral a toda la sabiduría del Universo, porque donde no hay moralidad, no hay verdadero progreso.
El hombre que no sabe mejorar sus costumbres no podrá nunca mejorar la sociedad, y el Espiritismo no quiere una vida artificial, quiere la realidad del bien; no admitimos como artículo de fe, más que aquellas comunicaciones o revelaciones que nos inducen a ser buenos, humildes y compasivos.
¡Bendigamos al siglo XX, porque con el ingenio del progreso disipó las brumas del pasado, coloreó el alba del porvenir, y anunció el día sin noche del infinito!
La humanidad de la Tierra en sentido intelectual adelanta fabulosamente, y en el orden moral, si bien no está al mismo nivel con todo, ¡Cuán distinto es el hombre de hoy del hombre de ayer!
Leamos la historia, preguntemos al pasado por las sombras de Juan Huss y Jerónimo de Praga, evoquemos los espíritus del almirante Coligny y los tres mil hugonotes que le acompañaron en la noche de San Bartolomé, pidamos a Miguel Servet que nos cuente la historia de su terrible suplicio; escuchemos atentamente y aún oiremos como el eco repite las palabras de Galileo, del inmortal astrónomo e ilustre físico, cuyos descubrimientos habían asombrado al mundo, rodeado de aquellos estúpidos frailes y orgullosos cardenales, en presencia de numerosa concurrencia, a los 70 años de edad, de rodillas y en alta voz tuvo que pronunciar la abjuración de aquellos errores que hoy todo mundo sostiene como una firme verdad.
“Yo Galileo, (dijo el ilustre anciano) a la edad de 70 años, de rodillas delante de vuestras eminencias, teniendo delante de mis ojos los Santos Evangelios, que toco con mis propias manos, abjuro, maldigo y detesto el error y la herejía del movimiento de la Tierra”.
Preguntemos, preguntemos al pasado, y legiones de mártires se levantarán de sus tumbas para decirnos que ayer en el mundo sólo imperaban dos poderes:
La guerra como razón, y el fanatismo como ley.
La fuerza bruta para el cuerpo, y la fuerza bruta para el alma.
Hoy, si bien no ha concluido la guerra, tiene sus intervalos, esto es innegable, hoy los hombres dialogan y a veces se entienden; y en cuanto a las creencias religiosas pasó el horror del absolutismo; se apagó el fuego de las hogueras de la Santa Inquisición, y su resplandor siniestro nunca volverá a iluminar la Tierra.
El progreso se abre paso majestuosamente; su mirada divina penetra en todos los corazones, su voz poderosa encuentra eco en todas las conciencias, y a su mandato supremo obedecen todos los hombres del universo; que, como dice muy bien Víctor Hugo, “de cuatrocientos años a esta parte el género humano no ha dado un paso sin dejar huella”.
Entramos en los grandes siglos.
El siglo XVI habrá sido el siglo de los pintores, el XVII el siglo de los escritores, el XVIII el siglo de los filósofos, el XIX el siglo de los apóstoles y de los profetas.
Sí, sí, en el siglo XX, los hombres sabrán por los espíritus que las almas viven eternamente trabajando sin tregua en su perfeccionamiento; y la escuela espiritista, grande, armónica y consoladora, enlazará a las humanidades y formará una sola familia universal.
Lo que a muchos parece hoy una utopía, será la hermosa realidad de mañana.
Las escuelas deben ser siempre las que alumbren la humanidad.
Deben ser los grandes focos de la sabiduría; y en sana lógica, no puede admitirse más que lo que es irrefutable en la demostración; y el cielo católico, el infierno bíblico, y el especulativo purgatorio, no hay sabio astrónomo, no hay geólogo, no hay hidrógrafo que pueda demostrar dónde están esos tres lugares fabulosos, porque ni el astrónomo en el espacio, ni el geólogo en las diversas capas de la Tierra, ni el hidrógrafo en las profundidades del mar, ninguno podrá decir: Aquí están las moradas prometidas por la teología; de consiguiente la escuela teológica sienta principios falsos, y su dios es más pequeño que cualquier sabio de la Tierra.