¡La intolerancia religiosa, abismos siembra y en abismos cae!
Hablando con un filósofo, del movimiento filosófico de nuestros días y de la necesidad que tenía el hombre de instruirse para comprender su misión en la Tierra, dijo nuestro sabio amigo, “que el estudio como la historia es indeterminado, y mientras más estudiemos mejor conoceremos el valor de lo aprendido, y de lo que aún tenemos que aprender”.
Es verdad; cuando el hombre lee, cuando se entrega al estudio, cuando se abisma en sus consideraciones, se ve como átomo perdido en la inmensidad.
El infinito le rodea y comprende que si leyó una página, le quedan por leer los innumerables volúmenes de la ciencia universal.
En este supuesto, nos decía nuestro amigo: “La escuela que asegura saberlo todo, decid que se ha vuelto loca; la escuela que siente como verdades lo que no son más que hipótesis, podéis estar seguros que ella misma se entierra en sus ruinas”.
“Así como no se puede decir “he hallado la última cantidad”, del mismo modo no se puede decir que se posee la última y única verdad; y el que tal diga, y el que tal crea, niega todas las verdades”.
Efectivamente; nadie es el depositario de la verdad única, nadie puede creerse el elegido para saber más que otros; todo el trabajo del hombre; todo el afán de su inteligencia, toda la actividad de su genio, no es bastante para llegar a ser el intérprete de Dios; lo que pueden hacer las humanidades es progresar lentamente, porque de otro modo es imposible.
Si penosa es la infancia del cuerpo material, es aún mucho más la del Espíritu, que algunos para dar un paso adelante necesitan siglos y siglos de lucha; por esto, cuando oímos a las religiones que cada una de ellas quiere ser la única poseedora de la verdad, nos sonreímos con lástima y nos parece que deliran como si tuvieran calentura.
Decía nuestro amigo “que los grandes absurdos hacen la misma tarea que las grandes verdades, porque cada proposición de los primeros, refutada por las segundas, levantan una cruzada social”.
Y esto es lo que hace falta, que las ideas se agiten, que, como ya hemos dicho otra vez, forma la perla el agua que se agita, y el agua que se estanca forma cieno. Tiendan las ideas su vuelo, porque ellas son las águilas del infinito.
Hablando del gran papel que habían representado las religiones en la civilización universal, nos decía nuestro entendido interlocutor, “que las religiones han de ser exactas si quieren subsistir; y la escuela que se aventura en afirmar hipótesis cae vencida por su misma debilidad.
El porvenir de la humanidad es la exactitud matemática en todo y por todo, y la escuela que pretende regir los destinos de la Tierra necesita poseer las grandes verdades para poder ser el faro de todas las generaciones”.
Nosotros escuchábamos con religioso silencio a nuestro sabio amigo, y nos preguntábamos entonces y nos preguntamos ahora.
¿Y dónde está esa escuela superior a las demás?
Hasta la presente ninguna reúne las condiciones necesarias para elevarse sobre las otras.
Pobre y débil es la escuela que pretende engrandecerse humillando y menospreciando a las demás.
La institución que tiene vida propia, vive por sí sola; no necesita de la vida ajena.
Los verdaderos espiritistas no tienen miedo alguno; ¡No le temen a la muerte, que es lo que más le asusta al hombre, porque ven tras de la tumba la continuidad de la vida!
Comprenden que cuanto sufren en la Tierra es expiación merecida o prueba pedida por ellos, no pueden temer a nada, es ilógico el miedo en los espiritistas porque saben que es justo cuanto les acontece, y porque tienen la íntima convicción que el porvenir es suyo, que el Más Allá, como dice un célebre naturalista alemán, ES EL HOMBRE MISMO metamorfoseado por el progreso, engrandecido por su propio trabajo.
No tienen miedo los espiritistas, no pueden tenerlo, porque saben que todos los efectos obedecen a una causa.
Dicen que “los reyes tienen miedo a los pueblos, los pueblos tienen miedo a los reyes; unos pueblos tienen miedo a otros pueblos; y todos mutuamente vamos teniendo miedo”.
¿Qué pasa? ¿Qué sucede? Yo os lo diré: es que no estamos regidos por el Espíritu de Dios.
La verdad es que, si los hombres practicaran la ley de Dios, no se hubiese derramado tanta sangre inocente, no se hubieran encendido tantas hogueras, ni se hubiese celebrado tantos autos de fe.
No se hubiera martirizado a los grandes sabios, no se les hubiera quemado a unos, y humillado a otros, exigiéndoles retractaciones vergonzosas como pasó con Galileo.
No estamos regidos por el Espíritu de Dios, no; porque en todas las épocas se ha violentado la conciencia del hombre, y se ha castigado más el delito de pensar libremente, que el de cometer cien asesinatos premeditados.
Si en el presente se nota cierta efervescencia en todas las esferas, no es porque reine Satanás, ya que no puede tener soberanía quien no ha existido jamás, no es tampoco esa agitación porque el Espiritismo tiende su vuelo al infinito; lo que sucede, es que asistimos a la muerte del ayer y al nacimiento del porvenir; el anciano se queja al expirar, y el niño llora al nacer, y el estertor del moribundo y el llanto del recién nacido al confundirse producen una extraña discordancia, que causa una sensación inexplicable a los que quieren que el pasado sea el soberano inamovible del mañana.
¡El ayer se va con sus misterios!
¡El porvenir llega con sus razones!
¡Los dos trenes que conducen a los eternos viajeros, chocan y descarrilan el uno y el otro!…
¡El tren del pasado quiere volver a entrar en la vía!
El mañana, con máquina nueva, tiene más velocidad, y la humanidad, como es lógico, mira a los viajeros del tiempo y se divide en fracciones.