Amalia Domingo Soler

¡LOS MUERTOS VIVEN!

Nosotros sabemos perfectamente que el ciego no puede apreciar la belleza de los colores, ni el sordo se puede encantar con la arrebatadora armonía de una orquesta que ejecute una obra de Beethoven.

Dejamos a cada cual que siga con sus ideas y monomanías, plenamente convencidos de que no por mucho madrugar, amanece más temprano; dejamos que cada hombre siga su rumbo y nosotros seguimos el nuestro, que en la creación todos tenemos derecho para manifestar lo que sentimos.

El organismo humano es perfecto relativamente para este mundo de prueba y de dolor, donde la felicidad boga en un mar de lágrimas, pero la mente, la razón natural, concibe que existieran seres más felices que nosotros, que estén libres de las penalidades que aquejan al cuerpo humano, lleno de dolores, lleno de miseria y de podredumbre, ¡Sucio y feo cuando nace! ¡Sucio y feo cuando muere!

¿Qué es la mente del hombre para concebir las incalculables maravillas que guarda la creación?

Pero a esas mansiones de luz llegarán los espíritus regenerados por su propio trabajo, por su incesante progreso, no por la gracia santificante. En Dios no puede caber más que una gracia: la de habernos dado la vida, y con ella el progreso indefinido.

¡La vida! ¡La verdadera vida! No se puede modelar en el pobre taller de la Tierra

¿Qué es la Tierra en la creación? En nuestro mismo sistema solar, para Saturno nuestro mundo es casi invisible, es un punto telescópico que pasa cada quince años por delante del Sol.

¡Para Urano es completamente invisible!

¡Para Neptuno completamente desconocida!

¿Y en este átomo del Universo se puede formar el modelo del hombre de todos los mundos?

¡Cuántas anomalías! ¡Cuántas inexactitudes! ¡Cuántos anacronismos!

¡Y pensar que las multitudes han estado sujetas tantos siglos a esa fe ciega! ¡A ese mutismo vergonzoso! ¡Haciendo abstracción de ese don divino! ¡De esa herencia sagrada! ¡De ese destello santo! ¡De esa aspiración sublime! ¡De esa luz eléctrica dimanada del foco de Dios… que en lenguaje vulgar se llama razón humana!

Y los hombres reputados por sabios en los actos más solemnes de la vida, repiten como loros enseñados, una relación estúpida que ni exalta la cabeza, ni conmueve el corazón.

¡Oh! Ya era tiempo que el racionalismo dijera y demostrara que hace diez y nueve siglos vino a la Tierra el filósofo de los filósofos, el moralista de los moralistas, el mártir de los mártires a sembrar el amor y la caridad, que es la fraternidad universal.

Ya es hora que se sepa que una gran parte de la humanidad de hoy, es hija de la siembra que hizo Jesús, y hoy dan su fruto sazonado; pues vienen a decir y a probar los racionalistas, que ellos son los verdaderos creyentes de Jesús; porque no quieren (como quieren los teólogos) ni la ignorancia ni el exterminio, quieren la luz y la ciencia.

Queremos la tolerancia, la armonía en la diversidad, queremos que irradie la verdad; y como ésta siempre la rechaza el oscurantismo, los racionalistas vienen hoy a abrir una tumba inmensa, en la cual el pasado caerá empujado por el tiempo.

¡El tiempo es la exacta fotografía de la ciencia de Dios! Y la ciencia de Dios justo es que arranque de raíz la cizaña que ha enfermado los sembrados de los siglos.

¿Qué es el hombre en la Tierra?

Un poco de barro deleznable, que al menor accidente se fractura un miembro, que cuando menos lo piensa se queda ciego, que una erupción cutánea destruye su belleza, que una impresión violenta trastorna su razón; y este pobre ser tan débil de cuerpo y de alma, ¿Puede ser semejante a las demás criaturas de la creación?

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